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CRÓNICAS: LOS DESCANSOS DE RANGUELMO.

CRÓNICAS DE LA VIDA COTIDIANA.

Por Lorena Hormazábal Carrasco, Socióloga.
Co-directora de Sinergia Interacción Consultoría.
sinergia.interaccion@gmail.com

“LOS DESCANSOS DE RANGUELMO.
Aprendiendo a observar memoria y tradición en el  siglo XXI”.

En mi última breve visita a Ranguelmo, en febrero pasado, algo nuevo ocurrió.  Esta vez hice una invitación para el viaje. Junto al compañero de ruta, nos  bajamos del bus que nos dejó en la vía Concepción-Coelemu. Cruzamos la carretera y enfilamos en bajada caminando. Para mi acompañante el lugar era una incógnita. Le sorprendió que estuviese tan cerca de Concepción, la capital regional. Y que a  pesar de esa  cercanía  en tiempo y distancia, la vida cambiara de forma tan evidente en cuanto a ritmo, aromas y  sonidos. Los  ruidos citadinos, eran ocupados por el crepitar del bosque artificial. Por aromas a tierra, pan y pasto. Por  gallos cantores eternos. Por perros curiosos que avisan la llegada de  gente  ajena. El tiempo, el ritmo invitaba  a ir más lento.

Ranguelmo, es un pequeño villorrio, con familias que se conocen de por vida. Está emplazado en el valle del río Itata y pertenece a la  comuna de Coelemu, provincia de Ñuble, región del Biobío, en el sur de Chile. En antaño, fue conocido por ser zona vitivinícola y triguera, con gran movimiento de productos y habitantes que se desplazaban gracias a la extensa red ferroviaria. Desde los años ’70, es simplemente territorio de plantación forestal. En la actualidad, constituye zona de riesgo por incendios de bosques -artificiales-, con alta vulnerabilidad socio ambiental por  la ausencia de agua en sus napas -historia tristemente repetida no sólo es esta  zona-. Reciben el recurso por camiones que lo suministran diariamente. La  antigua red ferroviaria es sólo  un recuerdo para los mayores.

A simple relato, pareciera que nada más especial tiene Ranguelmo. Donde sus habitantes, transitan entre tecnologías del siglo XXI y costumbres rurales tradicionales. Se desplazan como todos a sus trabajos o lugares de estudio dentro o fuera del poblado en su mayoría. Usan vehículos, buses, o se trasladan internamente en bicicleta. Tienen teléfonos  tradicionales y celulares. Un día a día que se entremezcla  con cabras, patos, cohabitando con móviles inteligentes con “whatsapp”, gansos, “facebook”, familia, hijos y otras aves o animales que se pueden cruzar en el camino. O con algún  habitante que se moviliza  a caballo. Un lugar  donde  el  despuntar del alba  es antecedido por  un  gracioso  coro de gallos que día a día  recuerdan  que la vida se renueva.

Al villorrio se accede recorriendo un camino pavimentado de 1 km. aproximadamente. Ahora, si la ruta se hace caminando, la aventura se vuelve entretenida ya que en cada cruce  con algún lugareño, se recibe un saludo cordial. La antigua y grata costumbre rural de saludar “al afuerino”. Y no faltará quien sea más  curioso y demande más información preguntando -…y usted ¿a quién  viene a ver?-.

Las animitas, que  no son tales.

Así fuimos descendiendo hasta el poblado  emplazado en un valle, recorriendo un  camino curvo. El tranco se detenía entre  foto y foto que registraba mi curioso y entusiasmado acompañante. De pronto, en una de esas curvas de la  ruta, reparamos en unas cruces instaladas en una vereda. Asumimos que se trataban de las clásicas “animitas”, signo de la tradicional cultura material popular chilena que pone hitos públicos marcando una vida arrebatada por atropello u otro accidente vial.

Las conocidas animitas que recorren de norte a sur las carreteras del país, pueblos, villas, poblaciones populares. El recuerdo de los  vivos para quien violentamente perdió la  vida en el punto determinado por la instalación de esas casitas blancas.

Continuamos caminado y aparecían, -en lo que insistíamos en llamar- “nuevas animitas”, en las veredas. Mi acompañante me consulta si esto lo había  visto  antes. Respondo que no. Que no lo recordaba de las previas ocasiones que  había llegado al poblado ya sea caminando o en vehículo.

Nuestra peculiar auto explicación derivó en que ya sea fuese culpa de los habitantes o visitantes, esto era testimonio de una pésima responsabilidad al  conducir o caminar. Por lo tanto teníamos que tener mucho cuidado porque en cada esquina estaba el signo de alguna colisión o atropello con resultado de muerte  -como decir suele la autoridad policial-.

Finalmente, con entusiasmo y calor, llegamos a la casa  de la querida matriarca  familiar. De inmediato nos recibieron con cariñosos saludos, abrazos, presentaciones, invitación a comer, etc. Toda la afectuosa  generosidad que aún preserva la cultura rural y que permite cerrar  los ojos, respirar y aún sentir esperanza en el ser humano.

El Descanso: una forma de recordar.

Tras todo este hermoso ritual de arribo,  compartimos caminatas y conversaciones  con mis familiares. Esto nos permitió salir de nuestro pintoresco error interpretativo  sobre  el sentido de las “cruces- animitas y la mala conducción o caminar peatonal”.

Nos explicaron que lo que estábamos viendo se denominaban “descansos”. Y que a diferencia de las  animitas, los descansos constituyen un recordatorio material que instalan los familiares en recuerdo de algún ser querido fallecido. No se vincula con que la persona haya perdido la vida en ese lugar producto de un accidente. El descanso es una tradicional y  antigua  forma de evocar en la cultura rural, pues, al no existir  cementerio en Ranguelmo, los difuntos han de ser sepultados ya sea en Coelemu – que  cuenta con el cementerio más cercano-; o bien en  otra  comuna. Por lo tanto, los descansos son la forma de recordar en el día a  día. Son un puente de acercamiento de simbolismo material, ya que la distancia impide la visita frecuente al cementerio.

Así entre  caminatas y  conversaciones, fuimos  conociendo diversas historias tras los descansos. Algunos ya son casi poco  visibles, producto de la intervención de mejoras viales. Conocimos descansos dedicados a adultos, jóvenes y niños. Donde se expresan gestos amorosos e íntimos para recordar al ser ausente. Alguna esquina del poblado. Una vereda, una subida al cerro. Todo  espacio  público está tácitamente disponible para recibir un descanso. Un momento de parada para recordar. A veces se instala cerca de la casa de  los familiares  vivos. O cerca de  donde vivió  quien falleció.

Buscando información sobre la tradición de animitas y descansos, me  encontré con antiguos trabajos de Oreste Plath que dan cuenta de estas expresiones culturales en diversos poblados del país. Así como con recientes estudios de jóvenes investigadores  que, desde  la antropología cultural, estética o folclor, indagan en estas formas tradicionales de expresión popular de  cultura  material y espiritualidad simbólica.

Del saber observar.

Reviso las  fotografías y pienso en la capacidad de captación del entorno desde el maravilloso sentido de la vista. Y recuerdo que alguna vez traté de comunicar en clases a jóvenes estudiantes universitarios de Diseño, sobre los niveles de ver, mirar y observar. Ver, como la capacidad biológica básica de organismos vivos, ya sean humanos, mamíferos, etc. Mirar, como un grado de mayor  focalización o llamado de atención en un aspecto del entorno habitado. En el sistema natural salvaje, el mirar y ver están vinculados con las pulsiones biológicas de la reproducción, alimentación, cuidado de las crías y defensa  ante el peligro.

Así observar, para el sistema social humano, emerge como el estadio  superior  de esta escala. Es la capacidad de atender a  detalles de ese  entorno. Es la aventura de descubrir, conocer y aprehender con atención y curiosidad. Por lo tanto, caminar por la vida educando el observar es fundamental para comprender signos y símbolos de la cotidianeidad. Observar, para saber decodificar las señales de la interacción social. Poder observar los signos de los tiempos, constituye un inestimable tesoro tanto sociocultural, como de  supervivencia para la capacidad de adaptación.

Con el ejercicio de la observación constante, ingresamos a  un estado de conciencia mayor en el ser y estar. Nos tornamos más humanos al bajar la velocidad  que nos hace correr hacia ningún lugar. Nos detenemos a  comprender y valorar los gestos, detalles, signos y símbolos que le brindan a la vida el real acto de sentido existencia: la interacción desde el afecto presente. Y evocar desde la memoria esa ausencia-presente.

En esta visita, mi  acompañante, en su inquieta curiosidad y  sin proponérselo me empujó a observar lo que antes no vi, no miré y no observé.

“Ya se va para los cielos
ese querido angelito
a rogar por sus abuelos,
por sus padres y hermanitos.
Cuando se muere la carne,
el alma busca su sitio
adentro de una amapola
o dentro de un pajarito…”

(“Rin del angelito” de Violeta Parra – la gran observadora de la memoria de Chile-)

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