La ciudadanía debe estar altamente participativa y comprometida con el proceso constituyente.

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De elecciones y convencionales

Andrés Cruz Carrasco

Abogado. Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca). Magister en Filosofía moral (Universidad de Concepción). Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa (ANEPE). Máster en Política Criminal (Universidad de Salamanca).

Abogado
Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca)
Magister en Filosofía moral (Universidad de Concepción)
Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa (ANEPE)
Máster en Política Criminal (Universidad de Salamanca)

El desafío de colaborar en la redacción de una nueva constitución es enorme y de carácter colectivo, más allá de los convencionales ungidos. Hay muchas esperanzas, que en ningún caso pueden ser confundidas con el buenismo, la ingenuidad, los extremismos ideológicos o identidades cerradas e intolerantes.

No podemos perdernos en la borrachera del triunfo. La baja participación de la ciudadanía en un proceso tan importante, en el que vayan que existían alternativas de entre las que elegir, constituyen un urgente llamado de atención. La crisis política y de la democracia representativa nos exigen actuar con moderación, con templanza y mucha prudencia, para impedir que nuestros sueños se transformen rápidamente en pesadillas, de las que uno no sabe después como salir. La dispersión de votos entre una gran cantidad de candidatos nos permite sin embargo concluir que ninguno puede arrogarse ser la voz del pueblo, concepto bien difuso y variopinto. Tampoco se puede excluir a quienes no resultaron electos, por cuanto, considerado el contexto, han obtenido una significativa votación, lo que implica que sus propuestas deben ser tenidas en cuenta. La irrupción de nuevos rostros y la pulverización de los partidos tradicionales nos impone observar como se ha estado desenvolviendo el ejercicio de la actividad política en otros espacios ciudadanos que han demostrado, con sus exitosos resultados, que constituyen una fuerza viva, que siempre ha estado, pero que ha sido permanentemente ignorada e invisibilizada.

            Esto no significa tampoco asumir que aquellos democráticamente elegidos son los mejores. Somos todos seres humanos: un mosaico de virtudes y vicios. Muchos reclaman contra el consumismo, pero se endeudan ante la primera oferta inútil. Muchos reclaman por más servicios, pero se quejan si suben los impuestos. Muchos se dicen tolerantes, pero rechazan al extranjero o al que piensa diferente.  En fin, como afirma Félix Ovejero: “Nos creemos con derecho al cielo pero no renunciamos al pecado”. Insultamos a las autoridades por las redes sociales y podemos abarrotar las calles para exigir una sociedad más justa, pero no votamos, por apatía, desinterés, ignorancia o mera irresponsabilidad. Por supuesto, en nada ayuda la pandemia y la falta de diligencia demostrada por el gobierno para promover la trascendencia histórica de estas elecciones. 

            No podemos dejar de luchar, no podemos claudicar ni perder la fe, pero ello nos exige asumir nuestras responsabilidades políticas ciudadanas, para poder consagrar derechos en concordancia con las urgencias y necesidades sociales.       

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