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DE EMPATÍA Y SUFRIMIENTO

En su novela “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, Philip K. Dick escribía que la empatía era un rasgo inherente a la raza humana. Según él, incluso un arácnido puede presentar cierto grado de inteligencia, pero no es empática. La explicación radicaría en que “la facultad empática probablemente exige un instinto de grupo definido; para un organismo solitario, como la araña, no tendría la menor utilidad, es más, incluso perjudicaría su capacidad de superviviencia. La volvería consciente del anhelo de vivir que tiene su presa. Por esa razón, todos los depredadores, incluso los mamíferos más desarrollados, como los gatos, podrían morirse de hambre”. Aunque la experiencia demuestra que nunca falta quien, ante la más mínima oportunidad, puede llegar a obrar ocasionándole dolor a otro. No me refiero sólo al dolor físico, sino que también al moral. Aquel que incluso puede demorar mucho más en sanar y extenderse más allá de algunos momentos. Es el tormento o calvario que debe sostenerse como consecuencia de la desilusión o del desengaño que nos conduce hacia el abismo de la desesperanza y la angustia. Es la conducta que ocasiona un daño a un semejante, ejecutado a veces con mucho pesar, a veces con indiferencia y no en pocas oportunidades incluso con placer por los más torcidos de espíritu.

Las atrocidades que se causan unos contra otros se excusan o tratan de justificarse invocando motivos ideológicos, religiosos, correctivos, y no faltará el que se escude en razones éticas. Se levantaran sotanas, uniformes o se blandirán banderas, cruces, medias lunas o cualquier otro artefacto como símbolo, para adornar lo que si desnudamos de cualquier fanatismo, no es otra cosa que maldad, de aquella que nos aleja de todo sentimiento de empatía, que se va perdiendo no sólo respecto de quien directamente produce el daño, sino que también en el que lo presencia y ni siquiera se conmueve. Del que explota y se deleita con el espectáculo del dolor ajeno. Sin excluir al apático, al más terrible de todos: al indiferente. Aquel que aun sabiendo del dolor ocasionado a otro, nada dice y nada hace. Pasa de largo y mira hacia otro lado.

Cuando perdemos la conciencia de la empatía y provocamos dolor a otro o lo contemplamos sin ninguna conmoción, no sólo estamos cosificando a la víctima, sino que también nos estamos deshumanizando nosotros.

La crueldad está potencialmente presente en todos, tal como lo está la piedad. De allí que resulte necesario denunciarla, combatirla y prevenirla, para no darle espacios a quienes se desenvuelven sirviéndose voluntariamente y sin remordimiento por medio de ella.

Andrés Cruz Carrasco.
Abogado.
Magister en Filosofía moral.
Magister en Ciencias Políticas.

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