El desarrollo de la nación debe estar presidido por el respeto al Medio Ambiente.
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EDITORIAL

Oídos bien cerrados…

El conflicto social originado en la Región de Los Lagos se ha extendido ahora a la aledaña Región de Los Ríos y genera réplicas en diversos puntos del territorio. Los estudiantes han salido, asimismo, a manifestarse en las calles de las grandes ciudades del país. Los taxistas básicos y los colectiveros bloquean las calles de la capital y de otras urbes protestando en contra de las nuevas aplicaciones de Uber y de Cabify. Los residentes de Atacama reclaman un bono que nivele sus remuneraciones conforme a los altos niveles de precios que tienen en su zona los artículos de consumo diario. A lo anterior, se pueden sumar numerosos problemas particularmente en los planos medioambiental y habitacional.

Las personas, y en especial los adultos que procuran llevar una vida ordenada, sujeta a ciertos parámetros de vida y de gastos, que soportan heroicamente sus estrecheces diarias, observan con desconcierto esta realidad que a sus ojos termina por aparecer como caótica.

En verdad, lo que acontece en Chile no constituye ninguna sorpresa. Las sociedades modernas, ya sean desarrolladas o se encuentren “en vías de desarrollo”, enfrentan permanentes desafíos en los planos político, económico, social y  cultural. Estos desafíos proceden de los constantes desajustes entre las realidades concretas de las personas y sus aspiraciones. Si bien durante largos períodos de bonanza numerosas familias se desplazan hacia estadios  más o menos superiores en particular en el aspecto económico, estos nuevos niveles logrados les van siendo difíciles de sostener y ven con angustia la posibilidad de retroceder y perder lo duramente conquistado.

Sin embargo, las causas del descontento se deben ver desde otros ángulos bastante más amplios.

Los “movimientos sociales” reclaman constantemente prebendas, satisfacciones y beneficios “al Gobierno” como si éste tuviese en sus manos la disponibilidad infinita de recursos para atenderlos. Se olvidan en ese instante dos aspectos importantes: Uno, que Chile – salvo por las épocas de bonanzas del salitre y del cobre – es, en general, un país pobre; Otro, que la única forma de salir adelante como nación es a través del trabajo, la disciplina y la responsabilidad.

Los “Gobiernos” – éste, los anteriores y los posteriores – , por su parte, olvidan que su deber es el de “conducir” trabajando por el “bien común” del país y cumpliendo una verdadera “pedagogía social” al hacer presente, sostenidamente en el tiempo, que las personas al mismo tiempo que reclaman derechos tienen la obligación de atender a sus deberes.

Es claro que quienes han sido elegidos para ejercer el poder tienen una tendencia incontrolable a buscar la simpatía y la popularidad expresadas en las próximas encuestas. Olvidan que su primordial obligación es la de hablar a su pueblo con la voz de la verdad expresando las cosas tal como son y atendiendo a los requerimientos de la comunidad con la debida priorización.

El Estado, y con mayor razón el gran empresariado que controla un porcentaje más que significativo de los recursos del país, tienen la obligación de invertir en aquellos sectores de la economía nacional que reclaman una atención preferente para avanzar en el desarrollo, aportando lo que corresponda a la equidad social y manteniendo una sobriedad de funciones y de vida.

La amarga realidad es que se prefiere atender las necesidades de los “grupos de presión”, manifestadas en las calles y amplificadas hasta el cansancio por los medios de comunicación social, dejando atrás las de aquéllos “que no tienen voz” para gritar ni fuerza para presionar.

Los problemas del país son, ante todo, problemas políticos que, como tales, reclaman una mirada un poco más elevada y generosa. Lamentablemente, los partidos, consumidos por un patético clientelismo y un permanente darse vuelta dentro de sí mismos, hasta ahora han demostrado no estar a la altura. Tienen los oídos cerrados, no escuchan el sordo rumor de la gente.

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