Las personas y la ciudadanía deben estar conscientes de los pasos que se dan, para orientar el desarrollo o para estancarse y retroceder... El próximo plebiscito, es una oportunidad de desarrollo para la ciudadanía y para dignificar al ser humano y transformarlo en soberano.
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Editorial: 1 de enero de 2020

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Uno de enero de 2020. El primer día de cada año implica un alto en el camino. Un momento que se repite cada 365 días y que permite que muchas personas y grupos sociales se detengan para echar una mirada retrospectiva al pasado, evaluando qué tal nos fue en el año que ha terminado y cómo vislumbramos el año que comienza al cual, en una actitud muy humana, cargamos de sueños y esperanzas.

Irresponsablemente, en ocasiones como éstas, olvidamos que los tiempos en último término los construimos nosotros mismos, ya sea con nuestras conductas y acciones individuales o colectivas.

Si miramos hacia atrás, el hecho que resalta es, sin duda, el estallido social que irrumpió en octubre pasado. Esta explosión “nadie la vio venir”, según expresaron las elites. Como señala el profesor Diego García de la U. Alberto Hurtado, simplemente “eso no es verdad”, recordando que ya en 2012, en Carta pastoral del Episcopado chileno, se decía que “en Chile el nivel de desarrollo económico alcanzado convierte a la realidad desigual en algo explosivo”. La morbosa insistencia de una prensa escrita y televisiva en cuanto a que vivíamos en un país exitoso, en un “oasis de paz” como expresó el presidente, no servía sino para ocultar la dura realidad de una sociedad fracturada entre grupos minoritarios que se vanagloriaban de la ostentación y el abuso, y mayorías que a duras penas sobrevivían con salarios indignos, pensiones misérrimas, endeudamientos crecientes, en un medio en que hay de todo pero en el cual todo se compra incluso la educación, la salud, las esperanzas de vida y la dignidad humana, razón por la cual la accesibilidad a bienes y servicios y a derechos básicos, está condicionada a la capacidad económica de cada uno o a su capacidad de acceder a onerosos créditos.

El país vive formalmente en un régimen democrático con abundantes limitaciones pero democrático al fin y al cabo. Las expresiones manifiestas de descontento han sido usuales en nuestra historia. La novedad, en esta oportunidad, la aportaron el violentismo descontrolado, la proliferación de variadas demandas sociales y las notorias carencias de liderazgos racionales.

Hasta ahora, las múltiples explicaciones que han buscado esclarecer las razones por las cuales reventó esta crisis, prácticamente no han explicado nada. La institucionalidad democrática tastabilla amenazada por el malestar económico, por la corrupción impune, por la ineficacia de los sucesivos gobiernos que durante las campañas o en los altisonantes discursos siembran el país de promesas que a los pocos meses se diluyen dejando como secuela una frustración generalizada.

Por supuesto, a estas alturas aparecen los corifeos del simplismo que atribuyen a uno u otro factor específico las causas de lo que está sucediendo, en un afán desesperado por evadir las propias responsabilidades que a cada uno le caben en un acontecer que es a todas luces multicausal.

El mundo adulto, acostumbrado a sobrellevar sus penurias salariales, de pensiones, de tortuoso acceso a la salud, de endeudamiento de nunca acabar, y que a diario sufre el atropello a su dignidad de persona, ha permanecido en una actitud pasiva en razón de su edad y sus condiciones sociales. Los jóvenes, ese mundo amplio de los ninis, esos grupos que han tenido la posibilidad de estudiar para acceder a un cartón que los habilita para un puesto de trabajo remunerado con salarios mínimos, han encontrado la oportunidad para hacer presente un desencanto que hasta ahora permaneció quejumbroso y encapsulado. Un tercer mundo, ese 35% que habita en la pobreza de la ruralidad y de las carencias de agua, de alcantarillado y de electricidad, de educación, de salud, permanece ignorado por el dominante poder que los excluye de las páginas de la prensa, de las largas horas de insulsa farándula televisiva que solo los muestra cuando son sujetos de una anécdota o de un drama.

Ese quebrado paisaje humano tuvo la oportunidad de mostrarse a rostro descubierto pero en medida importante se maleó tanto por las expresiones de violencia irracional como por la heterogeneidad de demandas difícilmente procesables.

En la vereda del frente estaban todas las caras de las elites políticas, económicas, sociales, comunicacionales y culturales que, tras una semana de pavor en que se mostraron dispuestas a subir salarios y a renunciar a algunos de sus privilegios, regresaron a la forma de actuar que es tan propia de su naturaleza: reprimir para poder así retornar al mundo del orden que les garantiza buenos niveles de lucro y de exclusividad.

El Presidente de la República se equivoca rotundamente cuando con soberbia proclama que estamos retornando a la paz social. Categóricamente eso no es así. Su expresión es una desatinada muestra de voluntarismo.  La paz social sólida y estable solo puede asentarse en un profundo sentido de la justicia y de respeto irrestricto a la dignidad humana. Eso requiere cirugía mayor que, según se ha visto, no están dispuestas a aceptar las castas privilegiadas. Mientras sigamos viviendo sobre una pasajera tranquilidad que esconde los síntomas de una enfermedad grave, solo estaremos escondiendo el problema. Ni la violencia ni la represión auguran nada bueno. Solo la presencia responsable y comprometida de una ciudadanía que exige sus derechos pero que también cumple sus deberes, podrá abrirnos un futuro como comunidad.

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1 Comentario en Editorial: 1 de enero de 2020

  1. Me llama agradablemente esta editorial, llena de cordura, objetividad, sensatez y madurez de análisis.
    Había leído otras muy buenas, pero esta , me permito destacar como excelente.

    Felicitaciones la ventana.

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