Existir es fácil, vivir un tanto más complejo. ...Pero vivir comprometido con un cambio de las injusticias sociales, humanas, económicas y medioambientales, eso sí es difícil, pero realmente valioso, eso es vivir de verdad!!!
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Editorial: Entre la tribulación y el desconcierto

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Ayer llegó marzo. Un mes que tradicionalmente ha estado marcado para los estudiantes por el poco grato retorno a clases y, para madres y padres, por una avalancha de cuentas derivadas de la compra de uniformes y útiles escolares, del vergonzoso abuso en los precios de los textos, del pago de permisos de circulación y de los gastos estivales que superaron todo lo previsto.

Pero este marzo de 2020 amenaza con ser distinto. Gravemente distinto.

El llamado “estallido social” ha creado una realidad diferente. La inmensa mayoría de la población, ese noventa y tantos por ciento que vive de su trabajo y subsiste gracias a su endeudamiento crónico, se encuentra en un estado de ánimo de desorientación y perplejidad. Al analizar lo que está sucediendo en el país, se coincide en afirmar que las demandas que la calle ha puesto sobre la mesa son plenamente justificadas. También se coincide en que si los reclamos no van apoyados por un cierto nivel de fuerza, las elites gobernantes y las clases económicas dominantes no avanzarán un paso en reformas estructurales indispensables en una sociedad democrática que tiene el deber insoslayable de garantizar principios básicos de equidad y de respeto a la dignidad de las personas.

¿Significa lo antes dicho que se debe justificar el uso desquiciado de la violencia contra las personas y las cosas? ¿Significa que para alcanzar pisos mínimos de justicia es necesario destruir a diestra y a siniestra? La respuesta negativa a ambas cuestiones es evidente entre personas con sentido común.

Entonces, vale la pena preguntarse: ¿Por qué estamos enredados en este intríngulis de marca mayor? Simplemente porque no queremos aceptar un hecho indudable: Que en Chile coexisten dos países diversos.

Uno, minoritario y exclusivo, atrincherado en tres o cuatro comunas del barrio alto de la metrópoli, aquel que compra autos de doscientos o trescientos millones de pesos, departamentos de mil millones de pesos, que gasta en una noche de casino diez o más millones, que se siente con el derecho de acceder a la segunda y tercera vivienda de recreación y que se indigesta con solo escuchar la palabra sindicato.

Otro, inmensamente mayoritario, repartido entre derruidos y decadentes barrios y poblaciones y campamentos marginales en que los niños se crían entre el lodo y la mugre y en que se carece de agua, de luz, de sistemas de eliminación de excretas.

Por supuesto, pueden conjugarse otros parámetros como la inequidad entre el mundo urbano y el mundo rural; salud y educación para pobres y para ricos; el abandono permanente de pensionados y, en general, de las personas de la tercera edad. Pero, con lo dicho, por ahora es suficiente.

Lo claro es que tanto el Ejecutivo y la alianza que lo sustenta, como los sectores políticos críticos a su gestión insisten, al parecer con bastante éxito, en demostrar su absoluta incomprensión de lo que está sucediendo. Cuando el Presidente de la República, horas antes del 18 de octubre, proclama con soberbia que Chile es un verdadero “oasis de paz” en América Latina, está evidenciando que tanto él como su equipo de gobierno (conformado por integrantes procedentes de un ámbito clasista y cerrado) no ven, o no quieren ver, lo que sucede. Cuando figuras derivadas de la ex Concertación enfocan la crisis con una superficialidad abismante (orden público, crecimiento económico, medidas sociales) quiere decir que no han sido capaces de entender que el país ha cambiado y que la exigencia de cambios de fondo es ineludible. Cuando sectores del Frente Amplio enfrentan lo que sucede con eslóganes voluntaristas, difícilmente lograrán validarse como una alternativa seria ante la ciudadanía.

Hay que ser claros: Por ahora, el control del descontrol lo tienen grupos minoritarios que, mediante sus amenazas y ataques irracionales y sin sentido, buscan generar el caos, el temor y la incertidumbre. Su meta, para el corto plazo, es superar toda acción pública que persiga restablecer el orden. Y para ello cuentan con la colaboración generosa de un Gobierno que cada día los provoca y de una policía que ha demostrado ser incapaz de conjugar procedimientos de control con el indispensable respeto a los derechos de las personas.

Un proceso de restablecimiento de la paz social no puede sustentarse en la formalidad del orden y la tranquilidad. Necesita, indispensablemente, abordar problemas estructurales que constantemente han sido eludidos para no afectar los intereses y privilegios de unos pocos. Es una tarea difícil y compleja. Si eso no lo tenemos claro, las consecuencias pueden ser devastadoras.   

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