Las personas y la ciudadanía deben estar conscientes de los pasos que se dan, para orientar el desarrollo o para estancarse y retroceder... El próximo plebiscito, es una oportunidad de desarrollo para la ciudadanía y para dignificar al ser humano y transformarlo en soberano.
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IRA CONTRA LOS COSAS

Yerko Strika

Psicólogo Clínico, Psicoterapeuta.

“La vida es un tornado, paz, furia y de nuevo paz.”
Anónimo.

Me preguntaron: “¿Qué factores sociales o individuales llevan a un sujeto o sujeta a perder la razón y a volcar su ira contra las cosas?”; pregunta, imagino, vinculada al llamado “estallido social” y la búsqueda de explicaciones desde diversas disciplinas, a lo que estamos viviendo desde hace cuatro meses y fracción.

Antes de ofrecer una mirada al respecto (humilde, como siempre), veamos algunos datos sobre delitos denunciados durante el año 2018, a nivel nacional, según datos del Ministerio Público.

  1. Robos no violentos: 196.657
  2. Robos: 114.285
  3. Delitos contra la propiedad: 80.781
  4. Hurtos: 143.388

Total: 537.111 (quinientos treinta y siete mil ciento once).

A lo anterior, hay que sumar la “cifra negra”, es decir, delitos que no se denuncian. A nivel internacional se estima que la criminalidad real es aproximadamente el doble de la registrada. Entonces, en Chile al año hay alrededor de un millón de delitos asociados a los ítemes nombrados.

En términos demográficos, según el censo del año 2017, en el país había 11.774.582 personas entre los 15 y 65 años, rango que tomaremos arbitrariamente  como individuos en edad “activa de delinquir”, de los cuales, haciendo el cruce con  cifras del Ministerio Público, da poco más de un millón de personas que delinquen habitualmente. Lo anterior, considerando que cada delito es cometido por un individuo, lo que en términos reales no es tan así, pues se  sabe que un mismo sujeto, perpetra varios delitos.

De este análisis somero y por cierto con errores de estadísticos, me interesa ilustrar que en condiciones “normales”, en nuestra sociedad cerca del diez por ciento de su población, comete algún tipo de delito vinculado a robos, hurtos y delitos contra la propiedad. Es decir, hay compatriotas que de manera habitual y bajo el imperio de la ley, trasgreden la norma. Personas que en sí mismas están configuradas en un sistema valórico en el cual la violencia es un componente importante de su historia vital.

Entonces, ante la pregunta “¿Qué factores sociales o individuales llevan a un sujeto o sujeta a perder la razón y a volcar su ira contra las cosas?”, mi primera aproximación tiene que ver con factores estructurales que se inician con la SOCIALIZACION, que “es el proceso mediante el cual el ser humano aprende, en el transcurso de su vida, los elementos socioculturales de su medio ambiente y los integra a la estructura de su personalidad bajo la influencia de experiencias, sucesos y de agentes sociales”. En esa socialización, está en primer lugar la familia (socialización primaria) y luego la educación de las instituciones (socialización secundaria), principalmente la escuela. Como se ve, para variar la causa está en experiencias de aprendizaje tempranas que arraigan en el individuo.

En una socialización “deficiente”, no se incorpora satisfactoriamente la noción de límite, empatía, respeto, manejo de impulsos, identidad con el bien común, entre otros. Por supuesto, que ese es trabajo de la familia y ¿adivinen qué? Sí, son familias vulneradas (no vulnerables); vulneradas por el propio sistema que está a cargo de su protección, que no ofrece condiciones para el desarrollo humano de sus individuos (trabajo, educación, salud, pensiones), con un costo de vida que parece una burla de solventar con un ingreso mínimo de $301.000.

De este modo, “la ira contra la cosas”, es una respuesta consecuente al tipo de socialización recibida; socialización que se mezcla con la crianza y la ausencia de adultos amorosos, disponibles y con competencias parentales mínimas.

En mi opinión, lo que estamos viviendo, como manifestación conductual, obedece a un modelo que colmó la paciencia de sus integrantes, haciendo mucho más visible la capacidad latente destructiva de los mismos, cuyo desarrollo se dio en un sustrato carente de sentido, asociado a una pobreza material, intelectual y emocional, consonante con las fuentes de socialización disponibles. En una analogía, es como recibir una crianza maltratante, lo que genera mucha frustración y daño, distorsionando la autoimagen y el concepto de valía personal.

Así, el modelo social actual, posee una carga de VIOLENCIA ESTRUCTURAL,  muy alta.

Las manifestaciones de la violencia estructural, son tres, lo que se conoce como el triángulo de la violencia:

  1. Violencia directa: Es lo más visible y tiene que ver con la destrucción de la hemos sido testigos estos últimos cuatro meses. Son comportamientos
  2. Violencia institucional: es como nos tratan el estado y los privados a través de sus instituciones: Salud, educación, seguridad social, transporte, infancia, trabajo, etc. Es la negación de las necesidades.
  3. Violencia cultural: Esta forma de la violencia hace referencia a aspectos de la cultura que la legitiman a través del arte, la religión, la filosofía, el derecho, etc. Genera actitudes.

Así, la interacción actual de los factores que conforman la violencia estructural, son caldo de cultivo para que este porcentaje de la población habituado a delinquir, exacerbe dicha conducta y se vuelque en descontrol a destruir, respuesta, insisto, que es la expresión de factores biopsicosociales de desigualdad y marginalidad e insatisfacción de necesidades básicas sostenidas a través de su desarrollo.

Tampoco se pueden dejar de lado, a los que delinquen de manera esporádica, “oportunistas” que aprovechan las condiciones de anonimato que provee la masa y destruyen o se hacen de bienes materiales, asumiéndose como víctimas del modelo, para justificar sus actos. Esas personas, en un proceso reflexivo, pueden llegar a presentar una disonancia que los haga criticar su actuar, generando una posibilidad de cambio.

La violencia es una respuesta “muy humana” y está potencialmente presente ante cualquier conflicto cuando no se han entrenado canales de resolución alternativos, gran deuda de nuestra educación, que en términos generales prepara para alcanzar un resultado cuantitativo y no para enfrentar escenarios complejos del ciclo vital, actualizando la vieja yuxtaposición entre educación e instrucción.

En lo relativo al individuo, es poco probable encontrar respuestas unívocas, pues tras su actuar subyacen complejos procesos afectivos, cognitivos, familiares, sociales y culturales; entramándose en un sistema que lo absorbe y a veces, asfixia.

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