El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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Editorial: Navegando en el mar de las desigualdades

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

La explosión social del pasado 18 de octubre dejó un país estupefacto que no atinaba a comprender los porqués de esta sorprendente respuesta que desde su inicio transitó por sendas de violencia inusitada.

Prácticamente todos los sectores de la sociedad coincidieron al señalar que nadie había podido prever lo que se venía. Gobierno y oposición, empresarios y centros de estudio, entidades religiosas y filosóficas, colegios profesionales y asociaciones gremiales, se mostraron desconcertados ante una situación bastante incontrolable.

Con el transcurso de los meses, fue apareciendo una significativa cantidad de análisis y opiniones que, paradojalmente, han coincidido en estimar que todos los elementos que permitían darse cuenta de que algo tremendamente inquietante estaba bullendo en el seno más profundo de la sociedad habían estado presentes por largo tiempo y que era responsabilidad de las elites políticas, intelectuales y académicas, no haber sabido o no haber querido leer y descifrar esos signos.

Trabajos de investigación de la propia Universidad Católica y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, entre muchos otros, mostraron con estadísticas incuestionadas la realidad que se estaba incubando y la creciente sensación de indignación y hastío que sentían las personas.

Entre los factores que asomaban directa o indirectamente como elementos motivadores de estas actitudes de descontento, estaban los abusos y las desigualdades que campeaban por todos los sectores.

La gente logró darse cuenta de que, más allá de la delincuencia común que en un porcentaje no menor concluía con el encarcelamiento de sus autores hasta por faltas leves como la venta de discos o libros piratas, había una delincuencia limpia, de cuello y corbata, que era mucho más grave y que terminaba virtualmente impune. El financiamiento ilegal de la política, los atentados medioambientales y las colusiones masivas en productos esenciales, formaron parte del muestrario de este rostro silenciado o deslavado por la “prensa seria”.

Por otro lado, si bien para cada ciudadano resulta difícil comprender las razones que explicarían las enormes desigualdades de ingresos y de patrimonio vigentes en el país, más difícil aún resulta tener claridad acerca de cuáles son los caminos a seguir, para avanzar en profundos cambios estructurales.

Sin embargo, cada día surgen hechos que paulatinamente hacen tomar conciencia de que, sin duda alguna existe un país para ricos y un país para pobres.

En materias tan sensibles como la salud y la educación, está fuera de toda discusión que los sistemas respectivos brindan respuestas desiguales según sea el nivel de ingreso de los receptores de sus servicios.

Cuando la pandemia del Covid – 19 ingresó a Chile, llegó al barrio alto de la capital y desde esos sectores privilegiados se transmitió a las comunas populares. El núcleo originario, atendido por clínicas exclusivas, jamás eclosionó ni por locaciones, ni por medicamentos e insumos, ni por insuficiencia de profesionales y personal auxiliar, en tanto que los núcleos derivados colapsaron pese a una atención pública exigida al máximo por las innegables limitaciones y carencias en recursos humanos y materiales, dejando una secuela de víctimas fatales.

Cuando el Ministro de Educación insiste tozudamente en el retorno a las clases presenciales (pese a que la crisis sigue estando plenamente vigente), demuestra una ceguera inconcebible al negarse a reconocer un dato que nos dicta la fuerza de la realidad: el plantel pagado trabaja con cursos de veinte alumnos, en espacios amplios y aireados, con los medios necesarios para resguardar el cumplimiento de las normas sanitarias, en tanto que el establecimiento público cumple su función con cursos de cuarenta o más alumnos, muchas veces en edificios materialmente deteriorados, con insuficiencias de personal y en locales que no están ni cerca siquiera de hacer posible la separación y el distanciamiento.

Más, aún. Un incidente ligado al mundo de la farándula ha sido útil para develar el mundo de las desigualdades. El caso Calderón-Argandoña, en que un hijo, ya bastante adulto (24), ataca con arma blanca a su padre (al extremo que la Fiscalía define el delito como parricidio frustrado) y luego permanece prófugo durante una semana, aparece sorpresivamente en una clínica psiquiátrica de lujo y se le reconoce el derecho a cumplir su prisión preventiva en ese lugar. No se sabe quién lo ocultó durante dicho lapso ni quién contrató su costosa internación. Un canal de televisión, de propiedad del hombre más rico de Chile, al que según palabras del entonces cardenal Errázuriz se le vendió el canal porque representa los valores de la Iglesia, silencia los hechos y luego otorga amplia cobertura a la madre del hechor para que, entre lágrimas pida comprensión para la tragedia que vive su familia. A esta actitud comunicacional, se suman en los días siguientes los diarios del periodismo tradicional con amplia y dolida cobertura

La chilena y el chileno comunes y corrientes, tienen entonces el justo derecho a preguntarse: Si el autor del delito perteneciese al mundo de la pobreza ¿habría recibido idéntico trato?

La prensa extranjera trae, al menos, una noticia reconfortante. Los tribunales de California condenaron a penas de privación efectiva de libertad, a empresarios, actores y actrices, que fraudulentamente lograron que sus hijos ingresaran a la Universidad mediante una red de tráfico de influencias y de falsificación de documentos, a lo que se agregan algunos cientos de horas de trabajo comunitario también efectivo (cuidado de enfermos, aseo de baños en hospitales públicos, etc.)

Solo el día en que en nuestro país se viva la igualdad de trato a todas las personas, más allá de su fortuna, de sus apellidos o de sus redes, el país habrá empezado a caminar hacia una sociedad nueva. ¿Cuánto falta para eso?

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