Imperativo ético: la ciudadanía y los demócratas consecuentes, deben impedir la presencia de fuerzas Neo Fascistas en Chile.
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Editorial: ¿O pais máis grande do mundo?

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Falso de falsedad  absoluta. Brasil no es el país más grande del mundo ni en superficie ni en población. Con 8.511.965 kilómetros cuadrados es el quinto en superficie del planeta (tras Rusia. Canadá, Estados Unidos y China) y también el quinto en población con 210 millones de habitantes  (tras China, India, Estados Unidos e Indonesia). Sin embargo, es la nación más gravitante de América Latina tanto política como económicamente.

El   próximo domingo 28 de octubre, en Brasil se   realizará el balotaje entre el ultraderechista Jair Bolsonaro y el centro izquierdista Fernando Haddad, quienes obtuvieron el 46% y el 29% respectivamente en la primera vuelta del domingo 14. Ese día, de 147.299.000  votantes habilitados, sufragaron 117.364.000, cantidad  correspondiente casi al 80%.

Bolsonaro, actual diputado y ex capitán de Ejército, no ha disimulado sus posturas ni siquiera de cara a la segunda vuelta,  convencido de que está a un tris de alcanzar la presidencia.

Su repertorio discursivo lo refleja de cuerpo entero. “Yo a usted no la violaría porque no se lo merece” (enfrentando a una diputada adversaria); “La dictadura debería haber matado 30.000 personas más, comenzando por el Congreso y el presidente Francisco Henrique Cardoso” (1999); “Yo sería incapaz de amar a un hijo homosexual, prefiero que muera en un accidente de coche” (2009); “Un policía que no mata, no es policía” (2017); sobre la dictadura brasileña: “teníamos democracia, lo que no teníamos eran elecciones”, “el error fue torturar y no haber matado más” (2016); “Pinochet debería haber matado más”.

Salvo un milagro (a veces los milagros existen) que logre convocar a la totalidad de los votantes de las diversas candidaturas secundarias o a una parte de los no sufragantes tras el nombre de Haddad (quien requiere afirmar su propia personalidad política), Jair Bolsonaro será presidente concretando, así, una situación verdaderamente kafkiana. Siguiendo sus banderas, el gran empresariado financiero ha reconocido filas sin vergüenza junto al ex militar,  demostrando palmariamente que a los detentadores del dinero no les importa la democracia en absoluto mientras se aseguren un clima de libertad económica propicio a sus buenos negocios. Lo incomprensible es que las mujeres (que constituyen más del 51% de la ciudadanía) y que han sido denigradas, ofendidas, maltratadas, por el postulante favorito, y también  la población negra que ha sido víctima de sus burlas y de sus discursos racistas y xenófobos, actúen como si no les importara y le favorezcan con su preferencia. Más aún: es sorprendente ver como el mundo evangélico de ese  país,  pisotee los principios más fundamentales del cristianismo para sumarse a esta campaña que se encuentra en las antípodas  de una concepción humanista de la sociedad. El general Hamilton Mouráo ha sido explícito: el subdesarrollo brasileño se debe principalmente a la “indolencia de los indígenas”, al “carácter malandro” de los africanos, por lo que considera indispensable avanzar en un “emblanquecimiento” de la raza brasileña.

El peso político de Brasil en Sudamérica es innegable. Por esa misma razón, resultan profundamente preocupantes las repercusiones en Chile.   Si bien de extremistas como José  Kast es lógico esperar ciertas definiciones (Bolsonaro “es el triunfo de la libertad”),  actitudes  como las del senador José Manuel Ossandón (la buena noticia es que “el candidato por la seguridad y los valores arrasó”) y la del propio presidente Piñera que sin matiz alguno señala que el camino de Bolsonaro es el “correcto”,  resultan inaceptables. Las explicaciones posteriores no sirven de nada pues ha quedado claro que para uno y otro,  el ideologismo conservador y el economicismo  prevalecen  por sobre la dignidad de las personas, los derechos humanos.

La pregunta ineludible es: ¿cuáles son las razones que causan esta regresión populista-autoritaria en nuestro sub-continente?

Vale la pena, para responderla de forma adecuada, tener presente que los diferentes gobiernos que pudieron ser calificados como “progresistas” (Venezuela, Brasil, Argentina, Chile, Ecuador…) desde el punto de vista histórico, es decir de la huella transformadora que han dejado en sus respectivos países, generando las condiciones para el surgimiento de sociedades más democráticas, más humanistas, más solidarias,  han fracasado. Su éxito electoral ha durado mientras ha durado la bonanza de las materias primas alimentando bonos, beneficios, y espectáculos grandiosos, pero se ha diluido de inmediato al paso de los primeros aires de tormenta.

El capitalismo financiero ha permanecido incólume,  grupúsculos elitistas han creado un populismo ilustrado que se ufana de gobernar para la gente pero sin la gente, la ineficiencia se ha enseñoreado en el ejercicio de la función pública, se han implantado  caminos de participación que son sin duda más aparentes que reales, se ha tolerado la corrupción, se ha evitado dejar en claro que tanto la justicia y la equidad como el progreso material  exigen compromisos personales y responsabilidad. El discurso reivindicativo  que todo lo espera del Estado,  puede ser manejado coyunturalmente (lo que permite la subsistencia electoral de cada régimen)  pero eso en nada cambia la realidad sustantiva.

Si a lo dicho se suman las flaquezas de una clase política que se deleita en la chimuchina cotidiana,  los riesgos que corre una democracia real son inminentes.

Aunque aún  es tiempo de enmendar el camino, si no empezamos ahora puede que muy pronto sea demasiado tarde.

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