“Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.” Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973.

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Editorial. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy?

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

 

La reconocida frase de Nicanor Parra ha pasado a formar parte de nuestro patrimonio cultural. Cuando el poeta afirmaba que no somos país sino que apenas somos un paisaje, no estaba construyendo una ingeniosa afirmación sino que nos entregaba un profundo análisis crítico de nuestra propia realidad.

Esta semana conmemoraremos 211 años de nuestra “independencia nacional”, fecha construida sobre la base de una artificiosidad forzada ya que es indiscutido que el 18 de septiembre de1810 fue solo una reunión de cabildantes integrada por la aristocracia santiaguina con el fin de dar gobierno a Chile durante el tiempo en que las fuerzas napoleónicas mantuvieron en prisión al rey español Fernando VII

Cuando han transcurrido más de dos siglos desde ese momento, bien vale la pena detenerse para efectuar una básica reflexión en torno a las interrogantes planteadas.

Para un sector importante de la población, las “festividades dieciocheras” se relacionan con un serie de hechos de escasa significación en sí mismos: poner banderitas en casas y en autos, bailar cueca, comer empanadas, elevar nuestro consumo de alcohol, eventuales aguinaldos para los trabajadores formales y una semana de vacaciones para los estudiantes,

Para los habitantes de las comunas del privilegio, implican disfrazarse con caros ponchos y sombreros alones, organizar rodeos semiprivados en sus territorios y apropiarse abusivamente del concepto de “chilenidad”.

Pero, lamentablemente, la cuestión es más de fondo. 

Un país no lo constituyen ni su suelo ni sus montañas, ni sus ríos ni sus mares. 

Tampoco sus caminos, ni sus ciudades, ni sus fábricas y ni siquiera sus escuelas.

Un país lo constituye la gente que lo habita y el cuadro de relaciones que esas personas construyen entre ellas. En otras palabras, un país llega a ser tal en la medida en que, haciéndose cargo de su historia, de su pasado, de los hechos que lo enorgullecen y también de aquéllos que lo avergüenzan, logra ser una comunidad.

Si como agrupación humana no somos capaces de asumir las exigencias propias de una sociedad que aspira a un destino común, simplemente seremos un proyecto fracasado como nación. El transcurso del tiempo hasta ahora pareciera conducirnos a una convivencia crecientemente agresiva, clima en el cual es muy difícil avanzar. 

Bueno sería que en el seno de nuestras familias, de nuestras escuelas y universidades, de nuestras entidades religiosas y filosóficas, de nuestros sindicatos y colegios, indujéramos una reflexión colectiva constante acerca de nuestros objetivos y propósitos como nación. Tarea difícil es lograr comprender el simple hecho de que somos una nación diversa y que si no erradicamos los nudos que entorpecen nuestro camino desplazando el privilegio y el abuso para sustituirlos por mínimos comunes de respeto absoluto a la dignidad humana, de justicia y solidaridad, continuaremos empantanados en una amarga vida de mera subsistencia.

¿Feliz Dieciocho?

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