«Aquellos o aquellas que creen que la política se desarrolla través del espectáculo o del escándalo o que la ven como una empresa familiar hereditaria, están traicionando a la ciudadanía que espera de sus líderes capacidad y generosidad para dar solución efectiva sus problemas.»

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Editorial. Reflexiones inconclusas.

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

En el comentario editorial precedente, han sido expresadas diferentes consideraciones sobre el tema de la violencia social manifestada en plazas y calles y que sirve de paraguas para encubrir la violencia intrafamiliar, la violencia contra la mujer y quienes son distintos, la violencia escolar, la violencia mural, la violencia verbal que encuentra en el anonimato de las redes la mejor expresión de la cobardía humana.

La semana nos ha ´presentado dos casos dignos de estudio dentro de las patologías sociales. Un grupo de delincuentes (que presumía de estar homenajeando a los hermanos Rafael y Eduardo Vergara Toledo asesinados por una patrulla policial, en 1985, en plena dictadura gremialista –militar) descerraja el acceso a un viejo edificio, rompen puertas, acceden a un departamento del quinto piso, golpean brutalmente a un solitario residente de la tercera edad, destruyen y lanzan sus enseres a la vía pública, pues creen que desde ese lugar se habrían generado manifestaciones contrarias a los tradicionales hechos semanales de Plaza Italia. En Valparaíso, un grupo de alumnos del Colegio San Rafael somete por la fuerza a un compañero, lo maniatan y proceden a sacarle las pestañas.

En conversaciones sostenidas con personas que han participado en grupos focales de barrio, una mujer ha dicho: “No entiendo por qué destruyen bienes públicos (metro, semáforos, bancas…), no tiene sentido alguno”. Otra, ha comentado: “Falta mano dura de la autoridad y de los mismos padres de estos muchachos”. Una tercera persona, jefa de hogar, madre de dos varones, ha reconocido: “Yo ya no puedo hacer nada. No me hacen caso. ¿Cómo no los voy a recibir de regreso a la casa? ¿Los debo echar a la calle? Sería peor aún”.

Muchos profesionales del ideologismo, explican el fenómeno apuntando entre sus causas al individualismo y al afán de consumo generados por el dominante modelo neoliberal. Hurgando en diversos textos documentales, incluso de la propia UNESCO, muchos autores coinciden en destacar la fuerte presencia de una masiva inconformidad social que, por supuesto, no puede ser enfrentada mediante medidas punitivas y represivas e indican que las medidas de esta naturaleza apuntan más a los efectos que a las causas de lo que está sucediendo.

Por ahora, algo parece indubitado. Chile, al igual que otras naciones de América Latina e incluso del mundo anglosajón, experimenta un grave proceso de desintegración social. La segregación territorial (barrios y comunas para pobres y barrios y comunas para ricos) ha afectado tremendamente la vida comunitaria, las relaciones interpersonales, la convivencia en torno a propósitos positivos comunes. Los partícipes de grupos familiares se perciben como seres marginales, frecuentemente menospreciados, cuyas vidas carecen de un sentido que vaya más allá de la preocupación por la incierta subsistencia del día siguiente.

Lo dicho, se traduce en una actitud de sumisión y de resignación por parte de los adultos y en una actitud de violencia incontrolable por parte de los jóvenes.

Gran parte de estas nuevas generaciones sienten que “este mundo” no es “su mundo” y que provocar su destrucción no implica riesgo alguno salvo la posibilidad de seguir tal cual. Ellos no persiguen objetivos políticos, no buscan conquistar posiciones de poder, pues no lo vislumbran dentro de sus posibilidades.

La degradación de la vida social conduce irremisiblemente al rechazo e irrespeto de toda normativa, la que es vista como una imposición de “los otros” sobre “ellos”.

El tránsito hacia una sociedad menos violenta es duro y de muy largo plazo. Implica, aunque el término mismo es enjuiciado de manera simplona, acoger, asimilar, integrar, incorporar a tareas comunes, campo en el cual se reconocen como semejantes y se respetan mutuamente.

Las responsabilidades del caso son tanto personales como públicas. No se trata de iniciar y aplicar un proceso de disciplinamiento social sino de generar convicciones y compromisos que den suficientes razones para la vida en comunidad. 

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