«La violencia debe ser desterrada de la vida nacional… esto no se resuelve con respuestas técnicas, burocráticas ni policiales por sí solas, todas las expresiones de violencia que vivimos, tienen un origen político, social, cultural , sociológico y, sus respuestas pasan por propuestas que apunten a  cambios culturales, cambios conductuales y planes integrales de salud mental para la ciudadanía. Los profesionales del área, las universidades, las instituciones todas y el estado deben hacerse cargo del tema, con autocrítica y real compromiso con el tema.»

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Editorial. ¿Tendremos un futuro distinto?

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

No cabe duda en cuanto a que nuestro país se encuentra en una encrucijada, punto de nuestra trayectoria vital del cual se puede salir por una vía sustancialmente positiva o, por el contrario, por un camino plagado de ripios y cascajos que pueden dificultar nuestro proyecto como nación y dañar profundamente nuestra convivencia hacia adelante.

Si algo puede ser rescatado de los diecisiete años de dictadura gremialista – militar, es el hecho de que paradojalmente sus atrocidades (que hoy muchos sectores tratan de ocultar o procuran que el silencio constante las diluya y las evapore) fueron útiles para formar una conciencia colectiva acerca de la significancia de los derechos humanos y la imprescindible necesidad de crear un clima de respeto a las personas.

El tema central radica en la capacidad de que podamos desarrollar una cultura y sostener en el tiempo valores civilizatorios que impregnen un sistema democrático en que sea normal aceptar el legítimo derecho de “los otros” a pensar distinto sin que ese hecho o circunstancia los transforme en enemigos a los cuales hay que injuriar, denostar, agredir y destruir.

Lo dicho se traduce en vivir a diario una ética social de tolerancia mutua que muestre nuestra capacidad personal de aceptar la diversidad y, por lo tanto, de entender que en nuestro adversario puede haber un poco o un mucho de razón.

Gran parte de los últimos años han estado marcados por una ilimitada muestra de agresividad mutua que hace imposible todo diálogo racional y razonable en que se confronten posiciones discrepantes y en que las contrapartes vislumbren a lo menos la posibilidad de confluir en algunos acuerdos o coincidencias que hagan posible avanzar en la resolución de situaciones coyunturales.

Si bien muchos analistas concuerdan en cuanto a que este ambiente de exasperación y amedrentamiento ha sido alimentado por el mundo de las redes sociales que fomenta la simplificación de todos los problemas y que por su naturaleza contribuye a una polarización extrema de las opiniones u opciones políticas, ideológicas, morales, pareciera ser evidente que en esa realidad influyen asimismo otros factores. Por diversas razones largas de enumerar, el hogar y la familia, la escuela, los medios de comunicación social, las entidades religiosas y filosóficas, etc., han fracasado en cuanto a la posibilidad de persuadir a los integrantes de cada comunidad humana de que es posible convivir.

Sería absurdo negar el hecho incuestionable de que la elite política se ha ido transformando en una verdadera casta familiar y hereditaria y que esa circunstancia la transformó en un círculo endogámico incapaz e incompetente para comprender y atender las demandas ciudadanas, con la consecuencia lógica de que “el pueblo” procedió a buscar cualquiera vía para hacerse oír por los detentadores del poder. Pero en la actualidad, se vive en una sociedad más abierta e incluso la presencia de medios de comunicación alternativos ha obligado al gran duopolio de la influyente prensa – papel a abrir sus espacios (aunque sea contra sus deseos más íntimos) a los diversos problemas que sufren las grandes mayorías.

En las últimas décadas, lamentablemente, se ha incrementado el uso atrabiliario de la agresión verbal y física como medio para imponer determinados puntos de vista. Las funas, que han pasado a constituir comportamientos habituales, en numerosos casos se sustentan en acusaciones poco sólidas y pueden derivar en daños graves personales y familiares. El ataque físico a gobernadores, convencionales, médicos, enfermeras, profesores, ministros y hasta al propio Presidente de la República, nos demuestran que estamos normalizando una existencia desquiciada. Como dijo en un momento un ex presidente argentino, “la fuerza es el derecho de las bestias”, lo que nos permite constatar que tal como existe un estalinismo de derechas también existe un fascismo de izquierdas, y que uno y otro son incompatibles con la subsistencia de una sociedad humanista.      

Moralina

Funas amedrentar

Agredir ataque a Marcos Barraza por militante UDI franja, a gobernador regional de CCP, a Ministra Sitches. a Piñera

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