«Aquellos o aquellas que creen que la política se desarrolla través del espectáculo o del escándalo o que la ven como una empresa familiar hereditaria, están traicionando a la ciudadanía que espera de sus líderes capacidad y generosidad para dar solución efectiva sus problemas.»

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EDITORIAL. Un aniversario doloroso

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Este lunes 11 de septiembre se cumplirán 50 años del golpe de Estado que, junto con derrocar al gobierno constitucional, dio origen a una larga dictadura cuyas secuelas permanecen aún flotando en el ambiente constituyendo una herida que marcará para siempre el  devenir de nuestra historia.

Es asombroso pero casi nadie está dispuesto a asumir sus propias responsabilidades en todo lo sucedido, como si todos los hechos fueran culpa de los demás, lo que estaría demostrando que constituimos una sociedad inmadura que no está dispuesta a hacer un juicio de valor objetivo sobre los acontecimientos.

Si pretendemos hurgar en los vericuetos de la vida de Chile como nación en las últimas décadas, bien podríamos coincidir en la determinación de algunos elementos que son las piezas fundamentales que tenemos la obligación de asumir con objetividad si en verdad queremos liberar nuestra conciencia colectiva de la carga política, moral y emocional que hasta hoy está condicionando la marcha del país.  

Una mirada pre – golpe no puede eludir, en nuestra opinión, algunos antecedentes irrefutables: a) la sociedad chilena era una sociedad con profundas desigualdades, injusticias y carencias en vivienda, educación, salud, seguridad social, cuyo símbolo más ostensible era el mundo rural con el vergonzoso sistema de inquilinaje, realidad que no fue alterada sustantivamente ni por los gobiernos del Frente Popular ni de la Democracia Cristiana; b) Salvador Allende accedió al poder con solo un poco más de  36% de los votos y su gobierno fue siempre un gobierno de minoría, política y socialmente; c) las fuerzas que  lo sustentaban muy pronto separaron aguas, entre quienes aspiraban a “consolidar lo avanzado” (PC) y quienes optaban por un  camino más revolucionario: “avanzar sin transar” (Mapu, MIR, Izquierda Cristiana y el grueso del Partido Socialista), sin que el Presidente tomara un definición clara al respecto.

Eso por un lado.

Al frente, desde el mismo 4 de septiembre de 1970, una derecha que, pese a su soberbia actitud en cuanto a que se debía reconocer el triunfo relativo de la primera mayoría, complotó desde el inicio de los tiempos para impedir el reconocimiento de Allende, sin titubear en cuanto a los medios a utilizar. El iter criminis se inició con el asesinato del general René Schneider y la visita del propietario y director del diario El Mercurio a Washington para complotar junto a Richard Nixon, Henry Kissinger y la CIA, en el marco de una trama cuya totalidad de sus detalles aún no logra descifrarse cabalmente. Con la complicidad de los poderes fácticos chilenos se urdió una telaraña que era fácilmente detectable y cuyo objetivo final era perceptible a simple vista.

Lo paradojal de esta situación lo encontramos en que, teniendo a la vista todos estos antecedentes, sabiendo o debiendo saber hacia dónde caminábamos,  la propia coalición oficialista actuó en función de las estrategias de los grupos opositores, nacionales o estadounidenses. El presidente Allende reiteradamente planteó a sus partidos diversas alternativas de salida política y todas ellas fueron rechazadas sin ofrecer nada a cambio.

Así, en líneas generales, se pavimentó el camino al golpe de Estado.

La tragedia que vino después, es de sobra conocida.

La instalación de una larga dictadura con un fárrago de torturados, asesinados, detenidos desaparecidos, es algo que ya no está en discusión. Lo grave, aunque ello no se quiera asumir, es que a la sombra del régimen se desarrolló una horda de cómplices pasivos que se benefició política y económicamente y que, por supuesto, se niega a reconocer sus propias culpas, en un afán bastante inmoral de desligarse de todo lo que estuvo sucediendo durante los diecisiete años.

Es evidente que no será posible cerrar este drama, mientras sus actores no tengan el coraje moral de confesar su participación en los hechos y de entregar los antecedentes que permitan conocer el destino final de los desaparecidos.

Es imposible reconstruir confianzas mientras se persista en el ocultamiento de la verdad que puede ser muy terrible pero que para la sanidad de la comunidad nacional es indispensable.       

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