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EL BATAVIA

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

En 1629, el Batavia, un navío de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, naufragó al estrellarse contra un arrecife ubicado cerca de la costa australiana. Entre sus tripulantes estaba el boticario Jeronimus Cornelisz, un personaje mediocre y timorato, pero instruido.

 Al encallar, los sobrevivientes fueron distribuidos en 4 islotes, siendo el principal llamado “El Cementerio”, un triángulo cuya superficie estaba conformada por coral pulverizado, continuamente azotado por borrascas. Los oficiales de la embarcación, Pelsaert y Jacobsz decidieron ir por ayuda en la única embarcación auxiliar que poseía la nave, llevándose consigo a alrededor de 50 personas, haciéndolo a espaldas de los otros naúfragos, saliendo de un peñazco vecino que desde ese momento fue bautizado por los otros desamparados como la isla de “los traidores”.

 Luego, algo transformó al cobarde Cornelisz. No cambió su carácter apocado e indeciso y quizás por esto mismo devino en un sujeto extremadamento paranoico y cruel. Asumió el mando, disolvió el comité conformado por 5 notables y concentró el poder total. Al saberse apoyado por una minoría decidió adoptar una sencilla y sanguinaria solución: matar sobrevivientes para alterar esta desproporción.

De este modo, mandó asesinar mujeres, niños y a todos los enfermos. Engañó a otros, enviándolos a otra isla con la esperanza que murieran de hambre y sed. Sin embargo no fue capaz de degollar a un infante, debiendo ser auxiliado por uno de sus cómplices para culminar con su monstruoso objetivo.

Tampoco fue capaz de violar a una de las tantas mujeres que fueron violentadas sexualmente y conservadas con este macabro propósito. Otro de sus lugartenientes tuvo que mediar para que la mujer accediera a los apetitos degenerados del líder. Pese a todo, Cornelisz fue capaz de hacer surgir en un considerable grupo de individuos el psicópata que llevaban oculto.

Hasta un predicador siguió prestándole servicios espirituales, aún cuando el sujeto había ordenado que asesinasen a su mujer y a 6 de sus 7 hijos (la que sobrevivió fue prostituida). Hizo de las víctimas sus cómplices, en una masacre permanente en las que muchos hicieron lo que fuera por sobrevivir. Sin embargo, una expedición de rescate, con Pelsaert a la cabeza, logró rescatar a los náufragos, no sin antes tomar conocimiento de los crímenes perpetrados por el boticario, quien fue condenado a morir en el mismo lugar ahorcado y después de habérsele cercenado las manos.

Nadie quería llevarlo de vuelta ante el riesgo de verse seducidos por su cizaña e intrigas. Sólo 60 traumados supervivientes regresaron.        

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