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EL CAFECITO DOMINICAL

H. Maroto, desde Canadá

Tomar un café,  es algo que hago y disfruto todos los días y dependiendo de cómo se vaya desarrollando el día es algo que a veces hago varias veces al día. Sin embargo, el cafecito dominguero es distinto; y distinto por muchas razones.

A diferencia de los cafecitos de la semana, el cafe del domingo no es un compañero de reuniones o conversaciones complejas, sino que se transforma en una verdadera experiencia de vida. Y no exagero!

El cafecito del domingo comienza a eso de las 10 de la mañana cuando ya salido de la ducha y vestido como corresponde a un día domingo me dispongo a partir rumbo a mi café. Después de dar varias vueltas por el departamento escojo un buen libro, tomo mi iPad (ya que sé que inevitablemente terminare contestando algunos mensajes o escribiendo) y parto caminando al encuentro de este momento.

Caminar hacia mi café es parte importantísima de este ritual. Son solo algunas pocas cuadras hasta llegar a mi cafetería favorita, pero son cuadras intensas; una verdadera preparación para lo que viene. Mientras camino pienso en lo agradable que se sintió el agua caliente de la larga ducha que me di hace una hora atrás. Disfruto de ver a la gente paseando por el parque; se les ve más relajados que en la semana y eso me relaja a mí también. Me alegra ver a los niños jugando y los perros (fieles compañeros) que se debaten entre seguir obedientemente a sus amos atados por una correa o incorporarse a tirones a los juegos de los niños. El sol, que los domingos calienta de una manera diferente, suave y acogedor, me hace siempre recordar a mi querida Madre que partió hace ya casi tres años y que desde algún lugar me acompaña. Y las flores, que son parte del telón fondo y que subrepticiamente se cuelan en el paisaje para introducirle chispazos de  alegría, recordándome que no importa que tan compleja haya sido la semana, siempre hay motivos para sonreír. Y finalmente la gente, las parejas que caminan por la avenida (algunas con bebes en sus coches); los ancianos que con su lento caminar pareciera que van dejando a su paso una estela de recuerdos; los transeúntes que caminan rápido con cara de malas pulgas y los que se nota que salieron sin rumbo fijo; las señoras y señores con sus bolsas; y los jóvenes con su música pegada a los oídos.

Y llego entonces a una de mis cafeterías preferidas, que con un aire afrancesado y sus mesitas dispuestas en la calle me invita a sentarme. El cafecito del domingo tiene que ser en una mesa de la calle, porque en los días domingos la calle se transforma y nos entrega una variedad increíble de estímulos visuales. Y ya sentado, se acerca el mozo que amablemente me ofrece mi cappuccino de siempre.

Y aquí comienza la segunda parte de este ritual; la cafetería a medio llenar está inundada por un intenso aroma a café y baguettes recién horneadas que pone todos mis sentidos en alerta. Veo una danza de tazones con café o chocolate caliente, jugos naturales de fruta, infusiones de té en sus más diversos tipos y pasteles! O si, los pasteles! Que por cierto hoy me resistiré a probar, pero que generan en mi paladar una explosión de estímulos a mis papilas gustativas.

Mi taza de café ya está en la mesa, coronada por esa espuma suave que hoy en día decoran con formas de corazón (o será que la barista me está enviando un mensaje subliminal?).

Y tomo el primer sorbo y me pierdo; observo a la gente de las mesas vecinas; escucho sin mucha atención sus conversaciones. Captan mi curiosidad esos papás que con tres hijos pequeños a dos mesas de la mía tratan de mantener ese delicado equilibrio familiar para evitar que estalle una batalla campal donde más de algún jugo terminara en el suelo. Veo a la viejita que siempre se sienta en la mesa de la esquina con ese peinado a la antigua y sus manos arrugadas que me producen nostalgia; nostalgia de los que han partido y de los que están lejos. Y los enamorados; siempre en alguna de las mesas hay alguna pareja que se ve enamorada, tomados de la mano, intercambiando miradas y sonrisas cómplices; y debo reconocer que me dan envidia, de esa envidia sana. Me encanta mirarlos y disfrutar de esa mezcla de alegría y ternura que irradian como diciendo, tenemos el mundo por delante. Y pienso…

Pienso en la semana que se va, en lo que hice y dejé de hacer; pienso en los momentos complicados que tuve, en como algunos de ellos me quitaron el sueño y en lo irrelevantes que me parecen ahora; pienso en lo que logre, victorias y derrotas grandes y chicas; pienso en lo que crecí. Pienso en mis hijos a los que extraño siempre; los tengo en mi corazón pero me hacen falta; repaso los mensajes y llamadas que intercambiamos estos últimos días y me aseguro de haberles dicho mil veces que los amo. Pienso en mi Padre y en lo ingrato que soy; en lo importante que son para el las llamadas y mensajes de sus hijos y las video-llamadas… Si! Me sonrió de solo acordarme lo alegre que se ve mi Padre cuando hablamos por FaceTime, y me comprometo a llamarlo y escribirle más; y decirle que lo quiero.

Pienso en todas las oportunidades que tuve en la semana y en lo que deje pendiente, y me alegro al sentir que mi saldo es positivo. Y doy gracias; como podría no dar gracias.

Reflexiono sobre las noticias que leí y como algunas de ellas me causaron preocupación y tristeza; pienso en lo insignificante que es mi aporte frente a estos temas pero también en lo importante que es para mí hacerlo. No podría irme a dormir tranquilo sin sentir que algo he aportado, aunque sea un pequeño grano de arena, en ayudar a que vivamos en un mundo mejor. Y escribo; sí, es aquí cuando escribo, interrumpido por el pasar de la gente, los ladridos del perro que ataron a la pata de la mesita al lado de la mía, los ofrecimientos de los vendedores ambulantes que paran a ofrecerme dulces, encendedores, cordones de zapatos y un sinfín de cosas. Escribo, leo y releo y escribo.

Y sin dame cuenta como pasó el tiempo miro el reloj y ya son cerca de la una y mi segundo cappuccino ya se acabó. El café ya está lleno de gente nueva; la pareja y la viejita se fueron hace rato. Pido la cuenta y me voy de regreso al departamento. Con mi libro bajo el brazo, que en esta oportunidad no abrí pero que me sirve de apoyo.

Y me siento contento; cerrando una semana y listo para empezar la próxima.

Sí; el cafecito del domingo es definitivamente distinto a todos los demás cafés de la semana.

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1 Comentario en EL CAFECITO DOMINICAL

  1. Qué lindo artículo, tan sentido y lleno de detalles, esos miles de detalles que nos hablan, que deleitan nuestros sentidos y emocionan nuestro corazón, cuando muestra mirada contempla, no sólo con la vista, también con el sentir, con nuestros afectos y emociones.
    ….Puedo ver, oler, sentir lo que nos narras, sonreír con esa barista que parece guiñarte en el café, …., y pienso hoy, al recordar también mis propios cafecitos, que para esos mágicos y bellos momentos, hay un espacio, un lugar que nos acoge, que conspira con nosotros para escucharnos y dejarnos fluir, y donde la vida que se despliega y pulsa a nuestro alrededor se hace cálida compañía.
    Gracias cariñosas …..desde Santiago de Chile.

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