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El libre albedrío o la voluntad (Parte I)

Jonathan Marcial Mendoza

Licenciado en Derecho con Especialidad en Formación Docente

La persona humana cuenta con libre albedrío, es decir con libertad de optar o decidir respecto al ideal o los ideales que la identifican, incluso de desecharlos, siempre que sea un fin propio y personal, sea positivo o negativo (Mario I. Álvarez Ledesma, Introducción al Derecho, 1996). Existen dos puntos de vista para entender el principio de la voluntad, una de ellas (en esta primera parte) es la perspectiva filosófica y la otra es la perspectiva jurídica.

La voluntad, en sentido filosófico, se entiende como la facultad de la persona para decidir u ordenar su propia conducta. De esta forma, se dice que cuando el individuo o sujeto actúa o decide situaciones conforme al deber o deberes que surgen de su propio pensamiento o que actúa o decide situaciones conforme a lo que piensa, entonces él o ella actúan con voluntad (Eduardo García Máynez, Filosofía del Derecho, 1983). En ese mismo sentido, pero en el ámbito filosófico, existen dos importantes orientaciones a la hora de abordar el tema de la voluntad o de la autonomía: a) La postura de Immanuel Kant y b) la postura en el campo de la ética.

Para Immanuel Kant, la obligación moral se basa en la razón, con independencia de cualquier situación empírica o circunstancial (Ana María Gutiérrez Arcos, Filosofía II, 1998). En este sentido establece que el deber es la expresión de una exigencia que se encuentra situada por encima de la necesidad natural (Secretaría de Educación Pública [SEP], Textos filosóficos II, 2000). Por ello, para Kant todo deber debe pasar la prueba del principio de universalidad. Yolanda Angulo y Mauricio Lugo explican esto en los términos siguientes:

“Todo el que obra de una forma u otra debe preguntarse si está dispuesto a que ese acto se convierta en ley universal, que sea practicado por todos…tiene como eje al hombre mismo, pues Kant señala […], que se debe usar a la humanidad siempre como fin y nunca como medio (Ética, 2000, página 21)”.

En el anterior orden de ideas, Kant sostiene que actuar con voluntad implica actuar conforme al deber, es decir, que la persona actúa con voluntad cuando ajusta su conducta a aquello que la razón le impone, no importando si esto le resulta, o no, agradable o deseable. La voluntad quiere y busca el deber como necesidad de una acción por respeto a la ley moral. Para Kant la voluntad es la facultad formal y es a ella a la que le corresponde la orientación de nuestros actos hacia el perfeccionamiento, es decir constituye la guía para orientarnos hacia el ser que realmente somos, el ser racional, emotivo y volitivo que nos separa de los animales, consiste en querer lo que es útil, lo que es bueno, lo que es bello, lo que es verdad (SEP, 2000).

Kant señala que cuando la persona actúa como hombre que es, siempre tenderá con su voluntad, hacia el bien supremo y es entonces cuando verdaderamente somos seres en trance al perfeccionamiento, pues actuamos con voluntad libre (García Máynez, 1983). En suma, puede decirse que en el pensamiento kantiano la voluntad es la facultad de determinar el propio obrar, con base en la ley moral, por respeto a ella misma, bajo el convencimiento de su validez racional, y actuando por la ley misma y no por motivos ajenos a ella (Luz del Carmen Méndez et al., Ética y valores I, 2007).

El pensamiento de Kant es recogido, en parte, por la ética. ¿Qué se entiende por ética? En términos generales es aquella “disciplina que tiene por objeto de estudio a la moral” (Luz del Carmen Méndez et al., página 24), cuyo propósito fundamental es conocer la naturaleza y carácter de los valores. De ahí que se diga que la ética es el estudio de la naturaleza de los valores morales.

Ahora nos adentraremos a la voluntad en sentido ético. Una persona para poder calificar moralmente algo como correcto o incorrecto debe actuar con autonomía, esto es, por cuenta propia, sin que medie ninguna presión externa que la obligue a proceder de tal o cual manera. La voluntad en sentido ético es pues la actitud o disposición moral para querer algo. En este sentido Méndez González et al., sostiene que la autonomía, entendida como sinónimo de voluntad: “…deriva del griego autós, que quiere decir sí mismo, y de nomos, que significa ley; se utiliza para calificar a quien vive según su propia ley. En la ética es un concepto con mayor propiedad al referirse a la voluntad del hombre, que se rige por la ley moral y es libre” (página 58).

Lo anterior es de la mayor relevancia en el campo ético, pues sólo los actos libres pueden ser juzgados moralmente, por lo tanto, para ser juzgada moralmente una acción debe cumplir con dos requisitos: voluntad y libertad. Ahora bien, es importante destacar que así como existe la autonomía, también se da la heteronomía, la cual consiste en el sometimiento a un poder o a la voluntad de alguien distinto a uno mismo. En ella la voluntad del individuo carece de autonomía para decidir a qué leyes ha de someterse ya que dichas leyes le han sido fijadas de antemano.

En resumen, la voluntad ética, implica la firme decisión de la persona de hacer algo (por y en libertad) que es considerado como objetivamente bueno o justo (aquello que se dicta objetivamente desde la ley moral). Ella implica la autonomía del individuo, es decir, la capacidad de éste de regirse según su propia ley (tamizada por el principio de universalidad kantiana), y como tal de preservar su propia individualidad frente a la colectividad (Luz del Carmen Méndez et al., Ética y valores II, 2008). La autonomía (o voluntad de la persona) es la base de la moralidad y requisito indispensable sin el cual no puede darse la elección libre y responsable.

En la siguiente entrega nos enfocaremos en la perspectiva jurídica.

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