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EL PACTO PATRIARCAL AMENAZADO.

Maroto

Desde Canadá.

Las marchas y tomas de quienes reclaman igualdad de género han logrado instalar en la agenda nacional al movimiento feminista y sus demandas. Ya no es posible, para políticos, autoridades de gobierno y la ciudadanía en general, sustraerse de este debate, silenciando una realidad compleja o ignorando los petitorios presentados por movimientos estudiantiles en la mayoría de las universidades y colegios emblemáticos de nuestro país.

Las denuncias sobre abusos, discriminación y desigualdad en el trato han forzado una discusión por largos años postergada, y que resulta no sólo necesaria, sino que urgente para seguir avanzando como país en la construcción de una sociedad más moderna y justa.

Las reacciones y opiniones frente a estas demandas han sido muy diversas; lo que era esperable, al tratarse de un tema sensible, que cuestiona uno de los pilares sobre los cuales se ha edificado nuestra sociedad y desarrollado nuestras instituciones: el machismo.

Una mirada rápida a las opiniones vertidas en los medios de comunicación y las redes sociales deja en evidencia el temor que los hombres, y particularmente el hombre machista, siente con relación al feminismo. La reacción muchas veces visceral y defensiva frente a las demandas por igualdad de género, confirman la existencia de ese miedo innato, que ve al feminismo como una amenaza, de la cual hay que defenderse.

Frente al miedo que el feminismo le provoca, el hombre machista salta y corcovea, y reacciona con esa solidaridad de genero mal entendida, que lo lleva a salir en defensa del pacto patriarcal y de sus compañeros de manada. El hombre machista no acepta y se molesta cuando una mujer denuncia a uno de sus pares; el agravio es tomado en forma casi personal y esa molestia se manifiesta en una malentendida empatía que lo lleva, en la mayoría de los casos, a colocarse de manera casi inconsciente del lado del victimario en lugar de solidarizar con la víctima.

Ese corporativismo machista se expresa de muy diversas formas: a través de la relativización y justificación de las agresiones a la dignidad de la mujer; la normalización y aceptación de situaciones de acoso; la descalificación y ridiculización de las demandas y reclamos por igualdad de género; el intento burdo por desviar la discusión hacia cuestiones de forma más que de fondo; y la burla grosera y muchas veces violenta hacia quienes, con esfuerzo, se han atrevido a denunciar situaciones de abuso.

¿Y porque miedo? ¿Miedo a que?

El hombre machista, como sabiamente señalara Galeano, le teme a la mujer sin miedo; esa mujer que no tiene temor a pararse para exigir sus derechos; esa mujer que levanta la voz para, de igual a igual, hacer valer su opinión; esa mujer que reivindica el espacio que le corresponde en la sociedad; esa mujer que dice basta a siglos de postergación y reclama en contra de una organización social, política y económica centrada en el sujeto masculino; esa mujer que demanda cambios.

El hombre machista siente miedo ante la posibilidad de perder el control; un control heredado de generación en generación y que le ha permitido ser la parte privilegiada en una sociedad eminentemente patriarcal; un control que le ha otorgado la prerrogativa de crear, sin mayores contrapesos, una sociedad basada en una subjetividad masculina que consagra la superioridad de un género por sobre el otro; un control que condiciona las posibilidades de desarrollo y éxito al sentido de pertenencia, no a una clase, sino que a un género.

El hombre machista siente miedo ante la amenaza de perder sus privilegios; en el seno de la familia, en colegios y universidades, en las organizaciones empresariales, en las instituciones de gobierno y en la política, siglos de una sociedad patriarcal han consagrado privilegios de género; y la sola posibilidad de perderlos, asusta. El hombre machista, acostumbrado a una masculinidad hegemónica, se resiste a perder su status y con y desde el miedo, contraataca.

El hombre machista, se siente incómodo frente al movimiento feminista; una incomodidad que reafirma la importancia y pertinencia de un debate que no tiene por objetivo culpabilizar al hombre en cuanto a hombre, sino que censurar al patriarcado que, como uno de los pilares de nuestra sociedad, ha servido de justificación para incontables injusticias y violencias que por siglos han sufrido mayoritariamente las mujeres.

En la medida que el hombre machista sea capaz de liberarse de sus miedos, podrá aportar al debate de ideas desde una perspectiva constructiva y no meramente defensiva; una perspectiva diferente, que le permita observar al feminismo y sus demandas como una oportunidad para el cuestionamiento y crecimiento personal y no como una excusa para victimizarse y mantener el status quo.

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