La dignificación de la ciudadanía,construyendo su constitución es un buen camino a la libertad y justicia que necesitamos.
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El plebiscito tarda pero llega

A partir de hoy, estamos a un mes de la realización del plebiscito constitucional. Se trata, no hay duda alguna, de que se trata de un evento significativo que, por sus características, puede afirmarse que no tiene antecedentes en nuestros más de dos siglos de historia republicana.

La pregunta obvia que muchos se plantean es: ¿Estaremos en este proceso a la altura de las circunstancias?

Los sondeos de opinión coinciden en detectar un elevado interés ciudadano por participar en esta consulta que teóricamente convoca a catorce millones de personas, pero, si se afina la puntería, un alto porcentaje de los eventuales votantes (como sucede con frecuencia en votaciones de este tipo) no tiene mucha claridad sobre los temas de fondo. Lo que sí creemos es que existe una convicción generalizada de que “algo” necesita morir para poder abrir camino a otro “algo” que debe nacer.

Si nos detenemos a analizar algunos hechos que han quedado de manifiesto en estos meses, surgen preocupaciones no menores.

El Gobierno, que por su naturaleza institucional y política debiera estar llamado a desempeñar un liderazgo natural en la deliberación pertinente, aparece hasta ahora como un zombi, un hombre muerto caminando. Sustentado en una coalición ambigua e indecisa, ni siquiera ha mostrado capacidad para definir algunos principios metodológicos fundamentales que sean útiles para encauzar una discusión madura que es imprescindible. La última minuta hecha pública por el Presidente no es más que un refrito cuyo aporte ha resultado tan carente de sustancia que, tanto los partidos de derecha como la prensa adicta al oficialismo, han optado por guardar silencio. En la práctica, parece la expresión de un intento desesperado de la autoridad por incorporarse a un debate nacional al cual no se siente invitado. La coalición oficialista poco aporta ya que hoy por hoy aparece dividida y subdividida y asoma ante la opinión pública como un muro de contención más preocupado de la salvaguarda de los mismos intereses privados de siempre que de la generación de un nuevo orden más democrático y participativo indispensable para un mejor desarrollo de la sociedad.

La Oposición (o “las oposiciones”, sería más preciso) no logra abrir un camino racionalmente construido y política y socialmente sustentable.  Pese al discurso pertinaz, cada día muestra mayores niveles de debilidad o de temor en cuanto a aceptar la participación real, efectiva, de los ciudadanos en este proceso. Las colectividades tradicionales del sector (que convocan, por inercia, a un importante sector del electorado), tales como el PS, el PPD, la DC, el PR, trasuntan en su conducta pública los problemas que se viven al interior de los partidos: elites desligadas del Chile real, del país de las carencias, las inequidades y las ollas comunes., en una especie de “despotismo ilustrado” que se preocupa de los pobres pero sin participación de los pobres. Por su parte, el Frente Amplio, que hasta hace pocos años fue visto como la esperanza de renovación de la política nacional, se debate entre sus múltiples micropartidos, sin dar hasta ahora muestra alguna de madurez programática. El sociólogo y académico Carlos Ruiz Encina, padre ideológico del Frente, no ha dejado de hacer pública su preocupación y desencanto ante un movimiento que, sobre la base de una cuestionable moralina, ha exhibido notoria incapacidad de avanzar hacia acuerdos sólidos para enfrentar el futuro y transformándose en un actor funcional al surgimiento de posiciones de extrema derecha.

El panorama descrito, nada de optimista por lo demás, se conjuga con ciertos hechos preocupantes. El siglo XXI ha hecho presente la irrupción fuerte de las redes sociales lo que, si bien tiene aspectos positivos desde el punto de vista relacional, conduce a una simplificación de la política, deja de lado toda deliberación argumentativa y conduce fatalmente a una polarización nefasta. La televisión abierta, controlada en gran parte por grupos de interés y cuya cobertura es significativa especialmente en tiempos de pandemia, ha contribuido de manera importante a degradar un debate que por su naturaleza debiera ser trascendente,

Romper este esquema, funcional al sostenimiento del statu quo, exige un esfuerzo superior. En nuestra opinión, actores respetados y respetables de la vida nacional, tales como las universidades con vocación pública, debieran asumir un rol conductor generando metodologías de trabajo no para ofrecer respuestas tecnocráticas sino para que la participación ciudadana sea eficiente y eficaz.

Las Constituciones no son pomadas milagrosas que dan soluciones a todos los problemas y respuestas a todas las demandas, sino marcos regulatorios a través de los cuales se pretende lograr una convivencia justa entre los diversos sectores de la sociedad. De ahí, la necesidad de comprometerse en esta tarea.   

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