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El recurso de la memoria para la reparación humana

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

 (A propósito del conflicto Estado – Pueblo Mapuche)

Gabriel Marcel, el existencialista, en un artículo que lleva por título El concepto de herencia espiritual, escribe sobre el sentido de la humanidad lo siguiente: “(…) ser un hombre no es sólo tener las características biológicas de cierta especie. Significa vivir humanamente, y esta palabra, a pesar de su uso corriente, tiene un significado bien preciso, por lo menos para la filosofía del espíritu: Significa vivir bajo condiciones en las que el ser no está aplastado por el peso de la zozobra, en las que se puede desarrollar una conciencia que no es sólo conciencia de sí mismo, sino también de otros y también de la realidad que trasciende a esta antítesis” (en libro Dilema de la sociedad. Organización, 1976, artículo, 1967, p. 72, PAIDOS, Bs. Aires).  ¿A razón de qué traigo aquí la cita? A razón de la situación deshumanizante que acusan los pueblos originarios. Se puede criticar el actuar agresivo de algunos integrantes de los pueblos originarios, sin embargo, no se puede desconocer que existe responsabilidad social y política de todos nosotros en la discriminación histórica. Por ello al hablar de notas de humanidad recurro al simple  hecho del deseo de vivir humanamente, y por la simple razón que en general ese vivir no es el  que ha primado.

El medio para descubrir las responsabilidades como las vías de construcción de un nuevo modo de vivir comunitariamente, exige como paso el reconocimiento de la matriz cultural que identifica a los pueblos originales. Se sabe de la riqueza de sus formas culturas; hay formas icónicas que en su observancia y contemplación descubren significados orientativos, desnudan marcas referenciales, horizontes comprensivos sobre el espacio y sus habitantes. Sin embargo, sin un buen uso de la memoria eso se pierde, pues se extravía la capacidad de distinguir lo pleno y distinto de cada entidad cultural. Si ha de producirse el encuentro entre dominador y dominado a fin de superar esta perversión social, puede suceder que el resultado del encuentro tenga mayor significación de humanidad si se realiza honestamente un examen de la memoria. Ricoeur puede ayudarnos a descubrir las pistas de cómo hacer este examen. Éste, al respecto, en su texto  La memoria, la historia, el olvido, se atreve con una fenomenología de la memoria. Su lectura y reflexión me lleva  a pensar que el filósofo francés nos facilita el proceso del encuentro, pues nos guía en la realización del exorcismo a la realidad teniendo como telón de fondo los males sufridos por el Mapuche. ¿Por qué? Ricoeur distingue entre memoria interior y memoria exterior sobre la primera hay que decir que es la que nos permite al acordarse de algo que  uno se acuerda de sí, por ejemplo: percepción del tiempo fundacional, valorización de las culturas referenciales, estructuras teogónicas, modelos cosmogónicos, etc. De aquí que en el recorrido por la memoria interior uno se religue a otros dando paso al diálogo entre personas pues nos pone al descubierto aquello construido por todos, pero también lo deconstruido de la humanidad, por tanto de la responsabilidad de cada uno en ambos procesos. Todo es plausible a causa que la memoria interior es singular, los recuerdos son de uno no de otros. Por cierto que en la memoria parece residir el vínculo original de la conciencia con el pasado (enganche cultural descubierto en productos y en la lengua madre). Por gracia de aquello elaboramos muchos de nuestros juicios sobre los otros, a veces no muy fieles a la realidad por falta de conexión empática producto de un desconocimiento de las matrices de sentido referencial de aquel que vemos distinto. Todo esto sucede como un movimiento continuo y dialéctico en cuyo centro está el olvidar que la memoria orienta a la comprensión del pasado pero mirando al futuro. Hay que entender que claramente la memoria nos impulsa, en cierto modo según la flecha del tiempo del cambio, y también del futuro hacia el pasado, según el movimiento inverso del tránsito de la espera hacia el recuerdo, a través del presente vivo.

Pero ¿qué pasa con  la memoria exterior? Escribe Ricoeur: “para acordarse, necesitamos de los otros”; cierto: sin la figura de los otros, sin la presencia de los otros que nos llevan a recordar, la memoria pierde su significante esencial como es servir de fuente en la creación de humanidad. Por ello nuestra historia la que vamos a crear debería ser un ejercicio de modos de reconciliarnos con los mal-tratados. De ahí  cada ejercicio que nos lleve a vivir humanamente se resguarde  en la memoria, memoria colectiva (exterior) personal interior y exterior a la vez. Sin esta memoria individual y social  no hay futuro de humanización para los pueblos mal-tratados, para nadie que habite este territorio.

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