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EL VALOR DE LA FILOSOFÍA POLÍTICA AD PORTAS DE ELECCIONES

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

Ciertamente que los sucesivos cambios en el escenario histórico-cultural plantean el desafío de  generar diferentes modelos políticos  según sean las circunstancias  vitales, en particular las relacionadas con ideas tales como libertad, poder, igualdad. Por tal causa es inevitable sostenerse en la hipótesis que los antecedentes son  históricos además de filosóficos por necesidad de explicación y comprensión del sentido o significado de la respuesta política dada a los afanes humanos por mayor bienestar, es decir, destinados a resolver del mejor modo –según tiempo, según espacio y según persona- lo propio del orden social a causa que no sólo se entiende que ahí está la posibilidad del bien, también se postula que efectivamente es ahí y no en otro lugar donde cada persona canaliza su intención al bien.  Incluso en los modelos libertarios hay un orden social propuesto si en cuanto descubierto en la propia acción. Por ello que el interés filosófico destinado a resolver el  problema significa de los modelos de orden social nos acompañan desde los tiempos clásicos griegos.

Es innegable que la preocupación por el orden social da como resultado un modelo ideológico; modelo que muchas veces es sólo una visión pragmática del mundo como efecto del hecho de tener que pensar la realidad en base al ser de la persona y de la verdad ahí desvelada en el proceso de habérselas con el significado del momentum público. Siendo así, la forma de proceder filosófica al abocarse a la interpretación de los diferentes modelos políticos, los ve desde la fecundación, su gestión, su arquitectura y su desarrollo. Por tanto observa  -desde una perspectiva hermenéutica- las  varias formas arquetípicas y epistémicas que –y de modo procedimental- han no solamente recolectado la materia que compone el acto político, sino que han dan origen a postulados en el campo de la ética y la cultura. Se puede sostener que todo ocurre en un continente teórico que da por entendido que en los modelos se encierra una concepción doctrinal de la polis y de la persona, y cuyo efecto es  una visión ideológica sostenible como propuesta de desarrollo. Al menos aquí la visión no es negativa.

Lo que se escribe se refiere a aquello que se puede estimar como sello de identidad de  un pensador que califica de filósofo, por consecuencia, poseedor de  una forma particular  de entender la realidad socio histórica con pretensiones no sólo de universalidad, sino de presente y, por tanto, de futuro. Ciertamente sería una ingenuidad negar la pretensión universal del pensador político.

Al momento que un pensador político consigue la amalgama del postulado como propuesta de modelo de orden social, lo propone entonces al colectivo humano; éste, y en la medida de su adscripción al modelo propuesto,  sirve precisamente de material para la implementación del postulado socio-político (se podría indicar que se presta para aquello). El asunto que  esta situación explica en parte lo que entendemos por una verdad histórica; y quizás  en ello radique el por qué la aproximación a la comprensión de la verdad varíe de tiempo en tiempo. En efecto, la verdad sobre lo histórico es algo inconcluso, pues la mirada a la historia es “óptica”, vale decir, intencional o referencial puesto que no está libre de consideraciones teóricas y prácticas que modelan la mirada, la episteme y el juicio sobre la historia en la pretensión de definir su sentido, situación que muy bien lo enseñan, por ejemplo, Jaspers, Löwith, Ricoeur entre otros filósofos de la historia y de la memoria.

No niego que toda mirada y juicio están cautivos  de los cambios de perspectivas a causa que se van modificando por razones de realismo los objetivos humanos, simplemente a propósito de transformaciones en la intencionalidad con las cuales se recoge el material calificable de histórico y político. Pero,  además, a las tablas de valores relacionadas con los cambios de perspectivas axiológicas, pero también –y con mayor fuerza incluso que lo axiológico – a las variaciones de las creencias. Es ya evidente que no siempre importa lo mismo o lo mismo no siempre importa igual tanto para un sujeto como para el colectivo, pues al final las perspectivas no se fijan para siempre, pues están sujetas al tiempo subjetivo y a condiciones también objetivas.

Al final hay que aceptar que nos movemos en no pocas circunstancias interpretativas  según el dictamen de los avatares, pues estos no en pocas ocasiones son libres de control. Por ello es preferible entonces hablar de la contingencia de las formas de la verdad por su estatuto de posibilidad (Simon, J., 1983, p. 258, La verdad como libertad. El desarrollo del problema de la verdad en la filosofía moderna, Salamanca, Sígueme). Mas,   es precisamente esta situación la que subyace a la permanencia del valor de la filosofía política. Valor que en víspera de elecciones debería sumar, en especial cuando el escenario de propuestas de modelos se confunde con demagogia y, peor, lejos de la mayoría de la población en condiciones de optar por uno u otro candidato, vale decir: por un u otro modelo de sociedad y que es lo realmente importante.

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