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LOS DERECHOS Y LOS DEBERES

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Aunque un sector importante de la sociedad proclame con fatuo orgullo que el próximo domingo 19 de noviembre simplemente no concurrirá a sufragar, resulta una obligación ineludible intentar hacer una reflexión a este respecto.

Como se ha venido señalando en oportunidades anteriores, la construcción de la democracia ha sido fruto de una evolución cultural y valórica que ha estado marcada no solo por luchas sociales seculares sino incluso por represiones sangrientas. La frase, tan en boga en nuestros tiempos, para justificar y defender este sistema de generación de la autoridad diciendo que “es mejor contar las cabezas que cortar las cabezas”, no solo  constituye una ingeniosa expresión sino una síntesis muy gráfica  de la historia de la humanidad.

Sin lugar a dudas, la democracia constituye el sistema político que mejor garantiza el respeto a los derechos fundamentales de las personas y, a pesar de sus problemas y deficiencias, tiene en sí misma la capacidad de renovarse en forma permanente precisamente a través del ejercicio de las libertades básicas.

No puede desconocerse que bajo el paraguas de su nombre, en la época moderna se han construido regímenes totalitarios bajo la denominación de “democracias populares” o de “democracias protegidas”,  lo que no constituye sino el cínico mal uso de un valor que, hoy por hoy, está inserto en la cultura política de las naciones más civilizadas. Sin embargo, más allá de estos casos que son evidentes y que pueden ser juzgados por la notoria contradicción que existe entre su actuar y los principios que proclaman, el gran peligro que amenaza actualmente a los valores democráticos proviene de los grandes conglomerados económico-financieros que, respetando las formas propias de una institucionalidad de esta naturaleza han sabido encontrar los caminos adecuados para prostituirlos.

En el caso de Chile, la compra de adhesión ciudadana a través del cohecho constituyó una tradición que solo pudo ser frenada en 1957 a través de las normas sobre saneamiento democrático y el establecimiento legal de la cédula única. Sin embargo, a los pocos, imperceptiblemente, se fue avanzando en una política sistemática de cooptación de la voluntad ciudadana y de las instituciones de la República, a través de espurios procedimientos. La pretensión de comprar conciencias mediante el otorgamiento de pequeñas dádivas inmediatas, la corrupción de los partidos  a través del financiamiento delictivo,  la farandulización y desprestigio de la política, el control empresarial de los medios de comunicación de masas, la perdida de la naturaleza esencial de las colectividades políticas que transitaron de entidades de formación y participación a estructuras clientelares al servicio de la clase parlamentaria, constituyeron factores todos que desnaturalizaron la democracia y derivaron en la abulia, el desinterés y la ausencia de compromiso de las personas con la comunidad.

La recuperación de los valores cívicos exige, ante todo, un quiebre de esa trayectoria de indiferencia e indolencia   a través de un   actuar positivo mínimo manifestado en el sencillo acto de concurrir a sufragar lo que  implica tomar una decisión responsable, hacer presente que la generación del poder es nuestro derecho y, si se quiere proclamar nuestra disconformidad, se puede votar en blanco o anular deliberadamente.

No hacerlo significa dejar que sean “otros”, eventualmente los más audaces o los más corruptos, quienes se apoderen de algo que pertenece al conjunto de los ciudadanos, significa permitir que sean los violentos o los vociferantes quienes impongan su voluntad.

Cada elección significa, por lo demás, la oportunidad inapreciable de hacer de nuestro hogar, de nuestros colegios, de nuestra universidad, escuelas de formación ciudadana.  El solo hecho de tolerar que,  por nuestra desidia, sean los demás los que decidan por nosotros, constituye, aunque sea duro decirlo, un actitud de negligencia y  de cobardía moral injustificable. Por el contrario, si somos capaces de entregar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros compañeros, a nuestras familias, a las organizaciones sociales a las que pertenecemos,  un mensaje que los haga tomar conciencia de sus propias y personales responsabilidades en la gestión del bien de la comunidad, habremos hecho un aporte valioso a la recuperación de una democracia sana y  participativa.

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