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EL VALOR REFLEXIVO DE LA METÁFORA VISUAL Y/O LITERARIA.

En la historia no topamos con numerosos ejemplos sobre el valor de la metáfora  literaria o visual para hacernos de una inteligencia de los problemas asociados al desarrollo de la ciencia y técnica. De suyo, la imagen que la metáfora devela en algunas obras, por ejemplo, Tiempos modernos la película de Chaplin; WALL-E de Andrew Stanton, que puede ser perfectamente calificada como ejemplo de crítica a una sociedad que se revela a la deriva a consecuencia del desarrollo hiper-tecnologizado;  Yo robot de Alex Proyas basada en un guion de Jeff Vintar, titulado Hardwired, e inspirada en la obra de Asimov, concretamente en la ambientación, de la que se han tomado principalmente las Tres Leyes de la Robótica; o textos como Frankestein  de Mary Shilley; El mundo feliz de Aldous Huxley, entre muchos, refieren en todo su transcurso a problemas que atañen directamente al ser humano. Pero limitando el ejercicio a una esfera de lo humano, nos detenemos en un aspecto que apunta a rescatar  el valor de la imagen fílmica como literaria en su referencia a  la idea de poder, vale decir, como aquello que subyace en  una hermenéutica sobre el desarrollo mismo asociado directamente precisamente al sentido funcional del poder. Esto se  puede verificar poniendo atención a la dinámica del progreso y el curso de sus argumentos de legitimidad que ponen el acento en la variable de estabilidad. Más, pensamos, se trata de una estabilidad  conseguida al alero de un modo de entender la propiedad tecnológica que ha generado riqueza. Pero, y en vínculo a lo que se indica, está la  interpretación ética crítica a las   obras cinematográficas como literarias, y que es construida a partir del poder tecnológico y sus efectos. Esta interpretación crítica conduce a la génesis de  juicios negativos sobre la acción científica y técnica. El efecto de éste tipo de juicio, es una construcción  que acentúa es aspecto negativo sobre el futuro y, por tanto, sobre el progreso mismo que de la modernidad a esta parte se ha adueñado de la manera cómo se resuelven los naturales deseos de bien.

El fruto que nace del juicio, en cuanto juicio negativo, colabora en la percepción de que  la novela y el cine como expresiones concretas de la imaginación, sean muchas veces  considerados proféticos respecto del sentido de la ciencia y técnica, y  de cómo el mundo –si seguimos sus parámetros de comportamiento invasivos que el cine y la novela relatan- se dibuja a futuro (esta realidad incluye lo vivo y lo inerte). En este sentido, el juicio mismo sobre la obra como texto símbolo de lo que sucede o lo que inevitablemente sucederá, tanto se elabora como se explica por la imaginación; imaginación que  crea un mundo que, no por ficticio, deja de cumplir el propósito de ser una lectura crítica a lo que se visualiza si se sigue el camino trazado por la razón instrumental. Al respecto, es significativo el texto El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (2009); obra mayor de Haruki Murakami,  y que como obra literaria admite percibir el costo personal del uso de la razón instrumental. La obra es en sí un reflejo de la desazón existencial producto de la  situación de una conciencia manipulada al extremo de sus límites epistémicos por la ciencia, hasta el punto  de obligarla a recomponer significativamente la existencia en un mundo paralelo y   cuya esencia se perfila desde el sujeto hasta la eternidad. El juego de manipulación que la obra de Murakami relata, se elabora en base al cálculo, y cuya conclusión consiste en asumir que entre una acción humana (A) y la opuesta (B) existe una diferencia basada  en su eficacia intrínseca; de tal suerte que si esta diferencia se pierde, la pared que separa la acción A de la acción B acaba desapareciendo (p. 257). Mas Murakami logra que el lector, como cómplice de la obra (la actualiza en sentido  estricto), intuya que al ir leyendo es precisamente eso lo que ocurrirá.

La visión del pesimismo moral en Haruki Murakami,  se verbaliza en la autocrítica del protagonista al ver lo inevitable del proceso racionalista en el cual, sin mediar voluntad suya alguna, se ve involucrado como cómplice efectivo para la obtención de un resultado a todas luces traumático para la existencia en los dos mundos reales que la novela describe. De suyo, la peculiaridad de la obra es tal por la constante referencia al estado de cosas que,  como respuesta, denotan una complejidad vital por el desenlace inevitable de su propia existencia; de una atada a la arquitectura agónica de la existencia. Murakami se permite en la obra desnudar descarnadamente y, también, cínicamente,  la   realidad de una conciencia incapaz de mantenerlo activo, pues la vorágine del progreso lo impide, al convertirlo en un elemento más de una cadena inacabada de acontecimientos tecnológicos:(…) El mundo se ha ido complicando más y más: la energía nuclear, la división del socialismo, el avance de la informática, la inseminación artificial, los satélites espías, los órganos artificiales, las lobotomías…Incluso los salpicaderos de los coches han cambiado tanto que no hay quien los entienda. Lo que me sucede a mí, para decirlo brevemente, es que me he visto mezclado en la guerra de la información. Vamos, que soy un eslabón hasta que los ordenadores empiecen a tener su propio yo. Un recurso provisional (p. 437).

En fin, al amparo de los elementos de crítica que la narración de Murakami plantea, es plausible dar curso a una interpretación ética del desarrollo de la razón instrumental asociado a la potencia de un relato capaz de traducir las sensaciones humanas sobre el acontecer del día a día. El relato traduce efectivamente aquella sensación respecto de un hacer diario; de un hacer cuyo ser es gestionado por una forma particular de entender el progreso. Progreso logrado desde el parámetro de una razón científica técnica que determina la manera de asumir la ruta al bien definida por una razón; racionalidad propia de un sujeto caracterizado moderno a partir del triunfo de la idea de progreso). Progreso  que, en tanto acción puramente humana y gestionada con el sólo recurso de la razón instrumental, termina por superar largamente la idea motriz de la providencia, o lo que es lo mismo: la presencia e intervención de Dios en los acontecimientos humanos y físicos que, por larga historia, había sido el paradigma de elaboración de los discursos sobre el bien-vivir-feliz humano.

 

Rodrigo Pulgar Castro. Doctor en Filosofía.
Académico U. De Concepción.
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