Desarrollo Humano: En nuestras comunicaciones y en las Relaciones Humanas, es vital potenciar los elementos que "nutren" estas relaciones e intentar reducir , hasta eliminar aquellos elementos contaminantes.
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Elogio de la pandemia

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Los eternos días de la pandemia quedarán grabados para siempre en la historia de Chile. O, a lo mejor, con el transcurso del tiempo su huella se irá borrando y de ellos no quedará registro sino en unas cuantas líneas en los manuales escolares.

Todos los que estamos viviendo este proceso estamos abrumados y, además, perplejos y desorientados.

La información pura y dura nos aplasta, sobre todo porque nadie tiene claro cómo combatir y detener los contagios, cuándo terminará todo esto y cómo será el mundo que se configurará a ´partir del día después.

Por ahora, percibimos una actitud contradictoria.

Por un lado, están quienes buscan exagerar lo que está pasando, persiguiendo restringir libertades y derechos ciudadanos, provocar temor generalizado o elevar sintonías o audiencias. En la vereda contraria, se encuentran quienes persisten en acciones comunicacionales que tienen por finalidad procurar el pronto restablecimiento de las actividades económicas o demostrar la eficacia de las gestiones gubernativas en pro de obtener algunos dividendos políticos.

Pero, no parece adecuado achacar a la pandemia solo consecuencias negativas.

La tranquilidad hogareña que nos brinda la obligada reclusión dispuesta por la autoridad, nos da tiempo para evaluar la clase de gobernantes que cada país tiene. De los rankings diarios han desaparecido naciones como Alemania que se ha distinguido por sus políticas oportunas, eficaces, eficientes y, por sobre todo, humanitarias e integradoras, y que, precisamente por la actitud de sus gobernantes, ha logrado obtener una disciplina social adecuada a través de la convicción y no de la sanción y la amenaza. En el otro extremo, encontramos a países como los Estados Unidos y Brasil, con los gobiernos populistas de claras tendencias autoritarias de Trump y Bolsonaro, con 3,7 y 2,1 millones de contagiados respectivamente, caracterizados ambos por su irresponsabilidad y su nula preocupación por la vida de las personas.   

Esa pincelada nos permite deducir que no da lo mismo a quien elijamos.

Pero, la tan cuestionada pandemia ha traído significativos progresos en todos los campos de la actividad humana.

De partida, todos (o casi todos) hemos progresado, obligadamente, en la actividad digital, lo que no es poco.

El confinamiento obligado nos ha abierto un mundo que no conocíamos, o no queríamos conocer. Los papás, cuyos deberes parentales siempre fueron más teóricos que prácticos, descubrieron que el trabajo doméstico era pesado y agotador. Que lavar y secar la loza, que cocinar, que hacer las camas, que ordenar todo el hogar, que llevar la ropa a la lavadora y luego planchar, no eran entretenciones sino actividades fatigantes después de las cuales no había espacios para descansar ni ánimo para ver futbol o telenovelas o para paladear una cerveza. La labor sacrificada de las cónyuges o parejas, y de las trabajadoras de casa particular (para quienes pueden pagar ese lujo) debió ser reconocida a la fuerza lográndose de paso una dignificación del trabajo de los demás. Y cuando al atardecer creemos haber concluido la jornada, se nos aparecen las tareas que los hijos deben resolver para mañana y que, hasta ahora, eran preocupaciones maternas.

Hemos economizado sumas importantes en locomoción y hemos visto como nuestras calles se han descongestionado. La enfermante contaminación acústica y de gases, provocada por buses, camiones y todo tipo de vehículos motorizados, se ha reducido a niveles sorprendentes y se han dejado de observar los insoportables gestos neuróticos de conductores desesperados. Las cifras de importación de vehículos livianos se reducirán de 417.000 en 2018 a 195.000 para este 2020.

La vida al interior de nuestros hogares ha experimentado cambios sustanciales, ya que los espacios acotados nos han presionado para socializar, convivir y elevar nuestros niveles de tolerancia y respeto. Inventar actividades para los niños, compartir juegos de salón.

Sin duda que nuestra existencia ha cambiado. Esas películas que en otra época nos conmovieron, las hemos redescubierto. Sin movernos de nuestro hogar, hemos ido al teatro y a los conciertos, hemos descubierto a un Shakespeare desconocido, e impulsados por el aburrimiento nos hemos encontrado con la belleza de los libros.

Nuestra mente ha ido adquiriendo paulatinamente una capacidad de enjuiciamiento crítico. Ya no soportamos pacientemente una televisión abierta con su monotonía informativa, con la mediocridad de sus panelistas, con la indisimulada selección política de sus invitados. La carencia de seriedad y racionalidad de nuestros parlamentarios y gobernantes nos espanta y nos lleva a preguntarnos: ¿Es este el país que queremos?  ¿Tenemos alguna responsabilidad personal en lo que está sucediendo?  ¿Trabajaremos para que esto cambie?

La pandemia será un punto negro y doloroso en nuestra vida como nación.  Sin embargo, debemos reconocerle que nos ha permitido descubrir, no como un número estadístico sino como una realidad humana indesmentible, la pobreza y el hacinamiento, la desocupación y la cesantía, la segregación social, el hambre y las ollas comunes.

Nuestra vida en familia se ha enriquecido. Los parientes y amigas y amigos lejanos, ahora los sentimos más cerca porque nos hemos preocupado por ellos y necesitamos demostrarles con afecto y con palabras que están presentes en nuestras vidas y que los recordamos.

Por supuesto que nos inquieta lo que está por venir. Pero, mal que mal, la tragedia sanitaria nos ha enseñado a comprender que nuestras vidas encerradas en el egoísmo y el individualismo no están bien encaminadas. Así como nuestra salud depende en mucho de las conductas de los demás, una sociedad distinta depende de cada uno de nosotros.

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