Imperativo ético: la ciudadanía y los demócratas consecuentes, deben impedir la presencia de fuerzas Neo Fascistas en Chile.
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¿En serio? ¿Estamos en crisis?

René Fuentealba Prado, abogado.

Elementos presentes en la realidad actual, parecieran alertarnos del peligro, No se trata solo de una economía bastante paralizada,  ya sea por causas externas o internas o por ambas. Hay también gran desasosiego por la  incapacidad de los personeros de la institucionalidad política para abordar con claridad y convicción problemas mayúsculos que son evidentes. La culpa, obvio, no es únicamente del Gobierno actual,  pero es éste el que tiene la primera responsabilidad en construir vías de salida.

En el tiempo que se vive, existen evidencias irrefutables. La política enfrenta  crisis de credibilidad y, en consecuencia,  de confiabilidad muy graves. La corrupción ha hecho estragos en casi todos los sectores tradicionales. Y,  si en un momento se pensó que el financiamiento empresarial a las colectividades de Derecha era un escándalo, peor aún es  que se haya descubierto que empresas ligadas al yerno de Augusto Pinochet hayan estado financiando por largo tiempo a personeros y colectividades de centro-izquierda por la inmoralidad e inconsecuencia que ello significa. La economía vive una larga etapa de estancamiento. El “sueldo de Chile” llega a los niveles más bajos  y queda  demostrado que ningún gobierno ha tenido la voluntad y la audacia de cambiar, con los excedentes del cobre precisamente, la matriz productiva. De la educación, más vale no hablar ya que el espacio es breve. En síntesis, se ve un clima de pesimismo y frustración que genera agobio y desesperanza.

El saneamiento de la actividad política es solo superficial. Los partidos se niegan a dar un vuelco real en sus conductas y los esfuerzos por la democratización y el financiamiento público de la política resultan a todas luces estériles enfrentados a personajes y colectividades que consagran sus esfuerzos a mantener y consolidar parcelas de poder. La reforma estructural a la educación se dirige al ámbito del nivel superior fundamentalmente, se nota inorgánica y confusa, confunde burdamente “lo público con “lo estatal” y, como si lo anterior fuera poco, enfrenta un grave problema de financiamiento.

Si a lo dicho se suman los problemas endémicos del “sector salud” (gestión, capacidad de atención y financiamiento del sector público; negocio muy lucrativo del sector privado); la persistencia del núcleo de la pobreza dura; el desempleo y las bajas remuneraciones de los asalariados; la concentración creciente del poder económico y financiero; el indignante trato social a los menores vulnerables; el abandono de los adultos mayores, y varios etcéteras más, el panorama se advierte poco optimista,

Hace más de medio siglo, el economista Jorge Ahumada Corvalán falleció dejando en ciernes sus apuntes sobre la realidad nacional, los que, en 1965, fueron publicados bajo el título de “La crisis integral de Chile”. Debe destacarse que ya entonces, se habla de una “crisis integral”.

Pues bien, Ahumada señalaba que el país de su época vivía una crisis de participación, una crisis de representatividad y una crisis de solidaridad.

Definía la participación como el grado de poder que alcanzan los diversos miembros de una sociedad y que les permiten influir decisivamente en las determinaciones  que afectan la vida del grupo.

Definía la representatividad como la capacidad de los dirigentes para interpretar cabalmente las aspiraciones y las preferencias de sus dirigidos que han sido quienes los eligen, y de encauzar los esfuerzos del grupo a objetivos deseados por éste,  con el mínimo costo posible.

Definía la solidaridad como el sentimiento que une a los miembros del grupo social en torno a valores y afectos comunes y que impide que el grupo se desintegre.

Los tres puntos antes señalados constituyen un buen punto de partida para evaluar la realidad actual.

Por una parte, no cabe duda alguna en cuanto a que los niveles de participación son deficientes o derechamente malos, La baja participación electoral es solo un termómetro que indica la fiebre denunciando el desinterés, la apatía y la pobre valoración de la democracia como sistema político. Lo grave, radica en que la inmensa mayoría de los chilenos carece de poder efectivo como para influir realmente en las decisiones que interesan a la comunidad. El poder político, económico, financiero, comunicacional y aun religioso,  está radicado en grupos cerrados y endogámicos en los  que los “demás” no tienen cabida.

Por su lado, está el aislamiento persistente de las elites dirigentes respecto de quienes les eligieron directa o indirectamente. Su incapacidad para reconocer e interpretar las prioridades y urgencias dramáticas de grandes sectores de la población, es notoria, Hasta sus modos de vida y lugares de residencia muestran su desafección permanente por los problemas reales de la comunidad.

Finalmente, es fácil comprobar que se vive en una sociedad fragmentada. Mientras importantes sectores subsisten con niveles de ingreso y de vida propios del tercer mundo, grupos privilegiados hacen ostentación de niveles propios de los grupos más elevados del primer mundo. Las ofertas de viviendas de 600, 700, 800 millones de pesos; la importación de vehículos de 300 o más millones de pesos; el comercio que ofrece “distritos del lujo”; son todos símbolos de esta fractura.

Si hubiese voluntad de trabajar más a fondo estos conceptos, sería fácil concluir que, después de más de medio siglo, al parecer estamos donde mismo.

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