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¿Es menester cambiar nuestro idioma?

Ana María Pandolfi Burzio

Docente Inglés, Alemán. Traductora Inglés-Español. Magister en Arte c/ Mención en Lingüística.

No lo es, a nuestro entender. Porque las normas de la gramática española que rigen el habla que manejamos son bien claras respecto al género, a saber, los sustantivos terminados en “a” son femeninos por definición y los terminados en “o”, masculinos. Así es que palabras como: mesa, silla, dama, niña, cocina, pieza, etc., llevan el artículo definido “la” – si se conoce concretamente el referente genérico – y el indefinido “una”, si éste no es conocido.

Lo mismo se aplica a los sustantivos masculinos terminados en “o” en palabras como: gato, perro, niño, cocinero, y sus referentes definidos e indefinidos son “el” y “un” respectivamente.

Claro que toda regla tiene sus excepciones y originalmente las palabras terminadas en “e” como: presidente, gerente, asistente, estudiante, eran “transgenéricas”, si se nos permite la homologación. Actualmente, como la mujer ha entrado de lleno al mundo laboral, el uso ha implementado los términos femeninos para las mismas funciones que antaño sólo desempeñaban los varones. Tenemos pues que es normal y correcto decir presidenta, gerenta, asistenta, estudianta y así sucesivamente.

Es usual que el hábito lingüístico de los hablantes impere sobre la norma, ciertamente que en ocasiones se detectan barbarismos, expresiones sub estándares en un  registro de lengua formal, o palabras de la jerga adolescente en situaciones de lengua culta  que no corresponden.

El punto central del presente comentario apunta básicamente a que los movimientos de personas transgénero, homosexuales masculinos y lesbianas, han adoptado una posición de lucha lingüística, aparte de las protestas que habitualmente se ve en las calles. Pero eso de llamar “les otres” o incluir “le” como artículo regular en el caso de “la niña / el niño / le niñe” suena a otro idioma, en los cuales existen esos artículos. Además, sin  querer apartarnos del idioma castellano, contamos con las palabras “le” y “les”, pero no como artículos, sino como pronombres del caso dativo o benefactivo, como sería, por ejemplo: “Juanito va a comprar fruta para su mamá” y si sustituimos al destinatario de “la compra”, decimos lo siguiente: “Juanito le va a comprar fruta”. Entonces, ¿qué pasa con el “le” que nos quieren introducir o con el plural “les”? ¿Cómo  vamos a distinguir entre el sujeto (caso nominativo) y el que recibe el beneficio de la acción (caso dativo)? Si bien es verdad que el contexto dirime el significado, pero ¿cómo sonaría y se vería un enunciado como el siguiente? “El Viejito Pascual les trae hermosos juguetes a les niñes del vecindario para Navidad”. Muy mal, porque el castellano que nosotros usamos permite la redundancia del caso dativo en todo contexto, pero la función en el ejemplo dado es diferente; o sea, no hay cambio de forma para el pronombre dativo “les” y el artículo definido plural “les”.

Nuestro razonamiento no es sexista ni discriminador, sino simplemente lógico. No sufrimos homofobia ni estamos criticando la diversidad de elección sexual. Creemos en el libre albedrío del ser humano y no por ello deja de ser “persona”, pero no nos cambien el idioma. Si hablamos del “hombre” como sustantivo genérico, incluye a la mujer, a los niños, adolescentes, transgéneros y otros que puedan venir; siguen siendo seres humanos pensantes y conscientes de sus elecciones diversas.

Queremos enfatizar un punto de vista muy personal: si un hombre siente como mujer, se viste y actúa como tal, el pronombre para denominarlo tendría que ser “ella” y viceversa, si una mujer hace lo mismo, lo que priman son los sentimientos y, al sentirse más masculina que femenina, su referente pronominal tendría que ser “él” si se viste como hombre o siente preferencia por este rol. La cirugía moderna puede hacer maravillas y hacer realidad que un hombre se transforme biológicamente en mujer y una mujer en hombre. Recuerden que ya hace muchas décadas se daba esta situación. Recordemos la película “La chica danesa” que dio su vida por ser diferente y querer parecerlo. Por otra parte, ya en el siglo XX la famosa escritora Simone de Beauvoir escribió una novela titulada “El segundo sexo”. Tampoco olvidemos a  Aurore Dudevant, más conocida como George Sand, por su afición a usar ropa masculina en los eventos de la bohemia francesa, quien en 1836 entabló una apasionada relación amorosa con el famoso compositor y pianista Federico Chopin. O la misma Françoise Sagan, escritora adolescente que se dio a conocer con su novela corta “Bonjour tristesse” en la década del 60, y quien profesaba su gusto por hombres y mujeres abiertamente. Es decir que este debate ya tiene siglos de existencia, pero no por ello vamos a cambiar la forma de hablar. Recientemente la actriz de la película  chilena premiada a nivel internacional, obviamente que nos referimos a Daniela Vega en “Una mujer fantástica”, fue muy entrevistada por los medios de comunicación escritos y visuales, y en ninguna ocasión se vio perturbada porque se referían a su persona con el pronombre “ella”; y asimismo se autocalifica “ella” en sus entrevistas: se siente mujer, se viste como tal, se expresa con delicadeza como una mujer verdadera, entonces ¿por qué deberíamos aplicarle el pronombre “elle” que en francés es “ella”? No hay razón. Aceptamos, tratamos de comprender, pero  modificar hasta ese punto nuestra tradición hispánica, manteniendo nuestro estándar castellano de Chile, nos parece poco probable que lo acepten los eruditos lingüistas de la Academia de la Lengua Española para incluir nuevas entradas léxicas en su Diccionario de la Lengua Española o DLE con su nueva sigla.

Convenimos que en este siglo, en el que aún nos toca vivir, han surgido grandes transformaciones a todo nivel, léase ciencia, tecnología, inteligencia artificial, diversidad de todo género en la convivencia humana, pero seguimos siendo seres humanos y como lo somos, no podemos dar en el gusto a todos nuestros congéneres, a pesar del partido que tome la mayoría. Todavía nos queda la posibilidad de estar de acuerdo con ciertos preceptos o desecharlos, si bien nos parece.

Por favor, no intentemos cambiar el idioma, porque eso sí traería mayor divergencia incluso a nivel de relaciones humanas, puesto que el lenguaje es la más importante de las facultades para comunicarnos y entendernos.

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3 Comentarios en ¿Es menester cambiar nuestro idioma?

  1. Me es muy interesante leer a la columnista Ana Maria PANDOLFI siempre clara precisa y muy amena ,felicitaciones totales.

  2. Respeto y apoyo cada pensamiento, cada sentir, cada actuar del ser humano en relación a su sexualidad dentro de un marco legal adecuado.

    Yo, tú, él, ella, ellos y ellas, nosotros, creo son suficientes, agregar artilugios al lenguaje es no entender o tergiversar innecesariamente el valor real de la discusión de fondo.

    El valor del ser humano es por su sola existencia, cada persona lleva consigo su propio y merecido respeto, no es por sus adornos, no es por sus vestimentas, es por su sola presencia de alma y espíritu que se hace merecedor de ser partícipe de todas las garantías de nuestra sociedad, sin condiciones y sin condicionantes.
    Esos son nuestros desafíos, luchar por encoger y hacer retroceder las condicionantes absurdas que cargamos en nuestras mochilas de viajeros ínfimos, la vida es mas llevadera sin esos lastres inútiles.

  3. Gráfico, pedagógico contundente enseñanza.
    Este artículo debería ser considerado por periodistas, medios de comunicación y los catedráticos de la lengua, defender nuestro idioma, no permitir que se siga deformando.
    Apoyar las causas de las minorías sexuales no requiere manosear nuestro vocabulario.

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