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¿Estamos fracasando como especie? (Parte 2)

Desde mediados del siglo XV, cuando Portugal y España se lanzan al mar en busca de nuevas rutas comerciales -pasando por la Revolución Industrial, que comenzó en Inglaterra en el siglo XVIII, y que cambió las relaciones laborales, la producción y el consumo, hasta los días en que vivimos- las relaciones humanas se han fundamentado cada vez más en aspectos materiales, sobre todo, en lo que cada uno tiene que ofrecer y a su capacidad de consumir.

Esto ocurre tanto a nivel de las relaciones individuales, como aquellas establecidas por las naciones. En el transcurso de los últimos siglos, ha creado condiciones para un significativo avance tecnológico, en proporciones jamás observadas en la historia humana, pero en la misma proporción, cada vez más, ha acelerado el proceso de autodestrucción de nuestro planeta y, consecuentemente, de nuestra especie.

Entiendo que tanto el referido avance tecnológico, como el acelerado proceso de degradación ambiental y humana que hemos llevado a cabo, especialmente, en los últimos cinco siglos, están directamente relacionados con el paradigma que viene pautando nuestras relaciones en todos los niveles.

 Me refiero a la lógica de mercado, es decir, a la idea de acumulación de capital por medio de un continuo proceso de producción y consumo, marcado por el característico estímulo liberal a la competición y al individualismo. A partir de la cual, las relaciones humanas pasaron a establecerse volviéndose efímeras y precarias, ante la constante necesidad de respuestas inmediatas, a las demandas de un mundo para el cual el éxito y el desarrollo económico deben ser alcanzados a cualquier costo.

En ese proceso, perdimos de vista aspectos que nos acercan como especie y reforzamos «fronteras» que tienden a acentuar distinciones y favorecer el aislacionismo. También perdimos la noción de que somos parte integrante de este planeta que nos ofrece todo lo que, de hecho, es esencial para nuestra existencia y desarrollo real, pero que hemos disfrutado de modo inconsecuente a partir de ese paradigma de mercado, o sea, como si a todo lo que en él existe se le puede atribuir un precio y, por lo tanto, ser comprado y fácilmente sustituido para aquellos que, en una lógica de competición y «meritocracia «, detentan las mejores condiciones económicas.

Al observar la trayectoria humana en estos últimos siglos, a los que me referí, podemos constatar que esas «fronteras» y esa lógica, fundamentada en la competición y en la acumulación de capital, constituyen algunos, si no todos, los escenarios más trágicos de nuestra historia. Desde que ese sentido se volvió hegemónico en las relaciones humanas en nuestro planeta, el desarrollo humano pasó a ser interpretado como algo directamente asociado a la capacidad de crecimiento económico de cada sociedad.

De este modo, en la disputa por recursos naturales necesarios para la producción y también por mercados consumidores -así como en la búsqueda de la satisfacción de intereses económicos específicos- millones de vidas humanas siguen siendo segadas y severos daños ambientales causados, en abominaciones cometidas contra nuestra propia existencia.

El bienestar humano y la preservación ambiental -como condiciones sine qua non para la supervivencia de nuestra especie- no son prioridades en un contexto donde lo que importa es la satisfacción inmediata de «necesidades» cuya principal función es generar cada vez más demandas por consumo y, por consiguiente, la producción.

Así, para que consigamos cambiar el modo en que nos relacionamos con el mundo, es necesario percibir que ese paradigma liberal de producción y consumo impregna todas nuestras relaciones, tanto interpersonales como con el ambiente. A partir de esa percepción podremos pensar en maneras diferentes de considerar al otro y el planeta en que habitamos, además de banderas, religiones, etnias, clases sociales, orientaciones políticas y, principalmente, intereses económicos. De manera que, consideraríamos inconcebibles las ideas de personas dejadas a la muerte en barcos en el mar o de la construcción de muros en fronteras para impedir que los seres humanos las cruzen, por ejemplo. O de que en un mundo donde hay superávit de producción de alimentos, medicamentos y ropa, personas mueren diariamente de hambre, peste y frío, respectivamente. Personas que están huyendo y / o tratando de sobrevivir a persecuciones étnicas y políticas, hambre, guerras, pestes y otros tipos de flagelos.

El precio de sus vidas, desde una perspectiva de mercado, no es lo suficientemente alto ante el costo de permitir que cruzen las fronteras o de buscar soluciones sostenibles para las causas de sus sufrimientos. Es más simple culparlas por sus desgracias, siguiendo la lógica de la meritocracia, y destituirlas de su humanidad, estableciendo rótulos sobre sus condiciones, como: refugiados, inmigrantes ilegales, latinos, negros, indígenas, musulmanes, mendigos, favelados y tantos otros.

Por lo tanto, ese apremiante cambio de paradigma debe iniciarse a partir del modo en que nos consideramos a nosotros mismos, en relación al mundo en que vivimos, y los demás seres humanos que en él habitan. Percibirlos como semejantes, independientemente de cualesquiera «fronteras» que se intente establecer, y nosotros mismos como parte integrante y responsable de este mundo, esencial para nuestra existencia como especie. La perspectiva liberal capitalista, que estimula la competición y el consumo desmedidos, colocando humanos contra humanos y llevando al planeta al colapso ambiental, no es la única opción para nuestra experiencia en este mundo.

Por último, como he dicho anteriormente, no puedo responder al cuestionamiento que presenté en su inicio. Y todavía pongo otros dos que, con el fin de estimular cada vez más reflexiones sobre temáticas tan importantes, espero, contribuyan al cambio del paradigma que se hace hegemónico actualmente. De ese modo, pregunto: «¿Cuál es el precio de una vida?» y «Cuando no nos afecta directamente, ¿el sufrimiento es siempre relativo?»

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1 Comentario en ¿Estamos fracasando como especie? (Parte 2)

  1. «Todos eramos humanos hasta que : La raza nos desconectó, la religión nos separó, la política nos dividió, y el dinero nos clasificó».
    Gracias por su reflexión sr. Wagner siga sembrando conciencia.

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