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EVOCANDO A DON CARLOS RENÉ IBACACHE

Fernando Arriagada Cortés

Investigador y escritor.

Una antigua e invariable amistad me unió a este estimado escritor fallecido en junio pasado. Tuve el agrado de conocerlo hace casi 46 años, cuando él era un profesor recién llegado de Valdivia y quien escribe esta crónica, un muchacho que cursaba enseñanza media. Fue en diciembre, cuando fue invitado por el Grupo Literario de Ñuble a su ceremonia de clausura de las actividades de 1974. Don Carlos ya era una persona que se había ganado espacios laborales y periodísticos en Chillán, en donde escribía con el seudónimo de Cronos un texto que llamaba “Del diario vivir”. En esa oportunidad el señor Ibacache nos habló de sus actividades, nos instó a seguir cultivando la literatura en todas sus formas y nos obsequió un conjunto de ejemplares de la revista por él publicada en Valdivia, llamada Cauce Cultural.

Al año siguiente, se incorpora a nuestra institución y ver su amable persona era una grata alegría cuando nos encontrábamos en alguna actividad cultural o en el centro de la ciudad. Más tarde volví al grupo y él me invitó a presentar una ponencia sobre los Hijos Ilustres de Chillán, de acuerdo al libro que me facilitara de Domingo Amunátegui, constituyéndose en mi primera conferencia en marzo de 1984. Cuando supo de mi quehacer laboral en Puerto Montt, me pidió que fuera corresponsal del Grupo en esa ciudad, me compartiera sus Cauces y de vez en cuando, publicaba mis informaciones en el Boletín Cultural de nuestra institución. Grande fue nuestra alegría cuando el Grupo festejó sus primeros 20 años de vida, en donde con mínimos recursos y acosado por la celosa dictadura, hizo una gran celebración, con muchos escritores invitados, siendo costeado en gran porcentaje del bolsillo del señor Ibacache. Esto lo repitió varias veces, pero su magnanimidad era mayor, al igual que sus amigos que le colaborábamos desinteresadamente al ver sus altruistas objetivos, por ello, muy grande fue nuestra alegría cuando le fue concedido el Premio Municipal de Arte, por años negados y que tan bien merecido lo tenía.

Obran en mi biblioteca todos los libros, revistas y boletines por él publicados. Era muy emotivo visitarle y en un conjunto de trabajos a obsequiar, siempre había algo para este cronista y hasta autografiado que siempre agradeceré. Así era mi amigo que emocionado despedí en su velatorio y del cual atesoro gratas, amables y sinceras conversaciones. Cuánta razón tenía el padre Jara cuando de él decía: “don Carlos es un sacerdote laico ejemplar sin consagrar”.

El señor Ibacache siempre cultivó la libertad, igualdad y fraternidad al extremo de encarnar y hacer vida esos valores laicos que siempre los hizo una razón de vivir, como me lo demostró cuando despedí a mi padre en la Iglesia Católica de Pinto y el autor de Escritores Normalistas Chilenos, ahí estaba acompañándome por solidaria amistad. Sus amigos los tenía por decenas.

Siempre me ofreció los espacios de su revista Cauce y gracias a ello pude ver publicada varias de mis crónicas. También hoy rememoro emocionado su discurso de incorporación a la Academia de la Lengua, en donde hizo mención a mi persona por los comentarios al escritor Manuel Jesús Ortiz, base de su ponencia. Tuvo la generosidad de incluirme en su serie semanal Escritores de Ñuble, cuando apenas era autor de dos breves investigaciones y acogió con mucho cariño mi sugerencia de llamar Pentagrama Literario de Chillán, a un trabajo colectivo que hizo junto a cuatro escritores ganadores del Premio Municipal de Arte, así como entregar mi nombre, biografía y obras para el Diccionario de la Literatura Chilena y el Diccionario de Autores del Bío – Bío, de los investigadores Efraín Szmulewicz y Matías Cardal, respectivamente.

Al evocar al más maestro de mis amigos, agradezco a Dios y a la vida haberlo conocido y haber compartido tantos momentos de grata y cabal amistad, su constante estímulo a continuar investigando para escribir y sus asertivos comentarios periodísticos a mis trabajos. El señor Ibacache nos deja un legado de perseverancia y amor a la literatura y a la cultura como una lección permanente, como también su afán de mantenerse informado y acoger a las personas con respeto y afecto. 

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