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EXCESO DE MATERIAL HUMANO

Las calles centrales –que podría ser de cualquier populoso centro urbano de Chile- han sido invadidas por masas marginales que utilizan el espacio público como plataforma de venta fija y actividades lucrativas y aun cuando es móvil y esporádico han obtenido un derecho inamovible que los legitima como ocupantes permanentes. Es lo que sucede en calles como Freire, Maipú o Barros Arana en Concepcion, por ejemplo.

El expendio de todo tipo de productos al menudeo de manera informal es ya una legitimación económica. La línea divisoria entre pyme y pirata es difusa, pero la resultante nos informa de una ciudad en disputa en la cual el uso del espacio se subvierte, con la obstrucción de las aceras quedando la sensación de que el vacío contiene excesiva carga de ocupación. Hay zonas de la ciudad degradadas por este comercio informal que ya no resisten más.

La deficiente calidad de la oferta -sin autorización sanitaria, sin registro tributario, sin permisos de ocupación- es la condición de una marginalidad que quiere participar del mercado pero a la mala, que de paso degrada la calidad de vida de todos.

Existe una paradoja en la convivencia social urbana actual: la búsqueda de inclusión acerca a los desclasados y marginales al pleno uso de la ciudad, pero dispersa y expulsa a los ciudadanos históricos. El habitante consolidado –fundacional- no tolera lo invasivo que es la apropiación indebida de los espacios públicos y se va del centro. Crea otras plataformas más exclusivas, pero se subvierte el espacio que abandona. El problema se lo deja a la ciudad.

El vacío de autoridad -léase administración municipal- permite la disputa de la propiedad ejercida en espacios callejeros que son públicos, pero que son territorializados como espacios “sociales” para que “acogan” al marginal como una prioridad adquirida. Aun así, la repartición del territorio es forzada, pues en un mismo espacio se van agregando nuevos roles que demandan más usos

El filósofo Peter Sloterdijk menciona el problema de las masas periféricas que quieren participar desde una metáfora: “el exceso de material humano” solo evidencia  que el lugar del sujeto marginal que fuerza crearse un espacio en una sociedad opulenta es de apertura sin expansión, ahogando su capacidad instalada. Cada espécimen humano fuerza crear un hábitat  con un volumen equivalente, pero colocar más puestos a la mesa supone subdividir o más bien estrechar a los demás. Estorbar es sinónimo de sobrar.

Por lo mismo, queda la sensación que las calles ya no soportan más habitantes, y donde las obstrucciones son evidentes. El problema está ahí, latiendo.

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