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Gonzalo Rojas: el sol es la única semilla

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

En el marco del centenario de la Universidad de Concepción, la Escuela de Verano ha inaugurado una exposición titulada “Somos otro sol”, la cual muestra sinóptica y visualmente, una visión de la trayectoria de nuestro poeta mayor: Gonzalo Rojas (1916-2011). Libros, portadas, fotografías, personajes, programas, afiches, poemas manuscritos, documentos, entrevistas; acompañan y guían al espectador en un emotivo viaje que convoca y hace memoria, es decir que trae de nuevo algo al corazón para revivirlo con gracia, inteligencia y caricia. Gonzalo Rojas fue un verdadero maestro en el sentido clásico del término: de mérito relevante y digno de imitar. Ya sabemos lo que él significa para la Universidad de Concepción, por eso no es extraño entonces que esta exposición rinda un homenaje al poeta y maestro.

“Somos otro sol” es un verso del poema “Oficio mayor”, e implica una apuesta plural y dual por lo otro, la otra voz que nos enseñó Octavio Paz, la poesía, que más que estruendo, vitrina y maquillaje, es callamiento y parto “de un solo cuerpo” que es luz, realidad y semilla, sobre todo germinación y resurrección. Sin embargo, ese “somos” implica también una búsqueda, una fascinación por la otra mirada. En otro bello poema, en el cual también aparece el sol como símbolo, el poeta escribe: “Vivo en la realidad./Duermo en la realidad./Muero en la realidad./ Yo soy la realidad./ Tú eres la realidad./ Pero el sol/ es la única semilla.”

Hubiera podido ser en cualquier parte, pero fue en Leufü, Lebu, “torrente hondo” en la voz primigenia nuestra, un 20 de diciembre de 1917. Hijo de Juan Antonio Rojas, el “minero inmortal” de “Carbón”, que siempre viene “sobre un caballo atravesando un río”, y Celia Pizarro, la madre, que en su silencio (el suyo y el de él), oyó todo sin decirle nunca nada y eso es ya decirlo todo: “sola con la ceniza/ de tu belleza/ que es tu resurrección”. Alabado sea su vientre, su parto, su nombre para siempre.

“Sagitario condenado al viaje, como la flecha al espacio, al vuelo”, según sus propias palabras, no fue poeta “del villorrio ni para qué decir del vecindario”, sino del mundo, y nunca le tuvo miedo al miedo. A esa escala y en plazos diversos y por distintas circunstancias, el loco que necesitaba cumbre en la sentencia de Huidobro, se fue al desierto de Atacama a enseñarle a leer a los mineros en el mismísimo silabario de Heráclito, y a encontrar el amor en un aire que no acaba. Y oyó la voz del silencio y las hermosas, la única voz que en su prodigio lo dice todo y es aire, asma y aire, tartamudeo en las sílabas que inventan y leen al Mundo cómo hay que leerlo: “de la putrefacción a la ilusión”. Y fue profesor en Alemania (1973-1975), Venezuela (1975-1980), Estados Unidos (1980-1994) y diplomático en China (1970-1971) y Cuba (1972-1973), entre exilios y ventiscas. Llegaron los premios, los honores, los reconocimientos: Premio Nacional de Literatura de Chile, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, ambos en 1992; Premio José Hernández de Argentina (1997), Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo de México (1998); Premio Cervantes (2003), entre otras distinciones. Pero ojo, en carta a Hugo Zambelli, fechada el 25 de febrero de 1995, leemos: “Total escribí por la fascinación del aire y no por la ventolera de los premios que tanto emputecen y envenenan.”

¿Y cómo se llama el libro? Poeta en el “ostinato rigore” de Leonardo, Gonzalo Rojas fue autor de un único gran libro: su obra toda. Gustaba construir cada uno de sus textos haciendo dialogar poemas de antigua data con los más recientes, los de ayer mismo y el resultado es siempre un diálogo fresco, lozano, genuino, en la urdimbre y plasmación de su palabra poética, diálogo que no cesa, imantación del pensamiento. Si “hombre es baile, mujer es igualmente baile”, sus poemas son tambien baile, la danza del fornicio sagrado en el suyo ejercicio de diamante. ¿Y cómo se llama el libro? ¿“La miseria del hombre”, el primero, allá en 1948? O “Contra la muerte” (1964), “Oscuro” (1977), “Transtierro” (1979), “Del relámpago” (1981, 1984), “El alumbrado” (1986), “Materia de testamento” (1988), “Antología de aire” (1991), “Río turbio” (1996), “Del loco amor” (2004)? Póngale usted nombre a la mayor poesía de todos los tiempos.

El diálogo fue siempre su instrumento de trabajo como poeta y hombre libre, “Porque dicha o desdicha, todo es mudanza para ser, y más ser; y en eso andamos los poetas. Tal vez por ello mismo no funcionemos bien en ningún negocio; ni del Este ni del Oeste. Y nuestro negocio único tenga que ser la libertad”, dice el poeta. Y la poesía se le ha dado “como un ejercicio claro y sostenido de la palabra y del pensamiento.”

Si hay algo que admiramos en él es habernos enseñado la poesía como conducta, una moral del lenguaje, en palabras de Roland Barthes, lo que él llama “poesía activa” y Eduardo Anguita llamó “poesía práctica”; el rigor para conducirse en el Oficio Mayor de la palabra; su reconocimiento a la tradición, a los grandes poetas; su visión de la originalidad; su desapego a la vitrina, a la “publicidad vergonzosa”; la lectura de su poesía que, según Gonzalo Sobejano, tiene una “corrección emocionante”. Y es que Gonzalo Rojas no va al lector, sí al oyente, y ejecuta cada texto poético, cada partitura, cada poema suyo, cada respiro-asfixia, como quien tensa y afloja una cuerda para arrancarle su ritmo interior, su melodía significativa, su imagen del mundo. “Se me da parpadeante el ritmo, dice, y parpadeante se me dan el mundo y la luz; la luz no sólo en su vibración física, óptica, sino la luz del pensamiento, la luz del logos, la luz de la luz.”: “Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando/ como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza/ para pasar por el latido precioso/ de la sangre, fluye, fulgura/ en el mármol de las muchachas, sube/ en la majestad de los templos, arde en el número/ aciago de las agujas, dice noviembre/ detrás de las cortinas, parpadea/ en esta página.”

Y ahora repito algo que dije en otra parte, ahora que se quiebra la palabra en el instante del recuerdo, que solidifica su río primordial de sílabas, que adquiere asma y sollozo la sintaxis, pienso en algunos de los últimos versos que me obsequiara en una de mis últimas visitas a su casa de alfombras coloradas (yo mandé a teñir una de ellas con manos de mapuche noble y vegetal): “Este cuerpo era cuerpo hasta ayer, ahora come mármol,/ cumple otro oficio.” Oficio que algún día sabremos. Gonzalo Rojas ya lo dijo, el muerto no está allí, “va remando despacito.”

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