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JORGE ALESSANDRI Y LA VISIÓN POLÍTICA.

Del Presidente Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964) suele tenerse presente que fue hijo del también Presidente Arturo Alessandri Palma (1920-1925; 1932-1938); que destacó tempranamente por su talento y preparación; que fue profundamente independiente, contrario a los malos hábitos políticos, austero y activamente honrado.

Su elección encarnó una esperanza colectiva de contar con un gobierno en que el Presidente lo fuera de todos los chilenos, a lo que dio cumplida satisfacción.

Gobernante realizador y con sentido social, reconstruyó el sur, después de los terremotos de 1960, sin incremento burocrático alguno; en su gobierno el Plan Habitacional de viviendas económicas (DFL 2), los establecimientos educacionales, partiendo desde el desarrollo de la enseñanza básica, la construcción de hospitales y la red caminera del país representaron  avances muy superiores a los de su época.

Obtuvo, así, sin demagogia ni espíritu propagandista el respeto ciudadano y terminó su período en medio de una gran popularidad, desconocida entonces. La primera encuesta de opinión, en 1963, dio como resultado que la mayoría del país deseaba su inmediata reelección. Un estudio similar, del año 2002 y publicado por el diario “La Nación” le dieron la mayor evaluación (5,7) entre los presidentes de la segunda mitad del siglo XX.

En este año en que recientemente se han cumplido 30 años desde su muerte, tiene interés analizar su característica de tener una extraordinaria visión política,  propia de los ciertamente estadistas. Así, tuvo “la intuición de la crisis” diez años antes de que ocurriera.

Alessandri, reunía la agudeza con la experiencia y se acercaba a la percepción de los hechos futuros, no sólo por el razonamiento lógico, sino que también por la vía de una aguda sensibilidad. Aplicando, luego, un criterio realista y objetivo solía formarse criterios que atinaban. A la vez, le irritaba “la miopía política”, que consideraba dañaba al país.

Como uno de sus razonamientos era el de no aplicar conceptos ideológicos o teóricos a la ocurrencia de los hechos, creía que de persistir la forma en que los partidos políticos se alejaban de las personas se podría desencadenar una crisis social y política mayor.

Como factor desencadenante de la futura crisis, que de no rectificarse a tiempo sería inevitable, daba especial importancia a “la demagogia…degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.”

Estimó que la acentuación de tal ocurrencia traería primero, grandes ilusiones, poco duraderas y que con su secuela de promesas incumplidas sería seguida por una no menos grande desilusión. Y de allí la crisis y su desenlace.

En efecto, las corrientes ideológicas, con sus ascensos y caídas, y que gobernaron después de Jorge Alessandri no la evitarían. La Democracia Cristiana, anunciada por uno de sus líderes principales, para treinta años, ya a los cuatro años de gobierno había disminuido en su apoyo a la mitad de los electores, perdiendo la elección presidencial de 1970, dando paso a la experiencia socialista marxista, que sucumbió en tres. Generándose, por consecuencia, una desilusión colectiva.

Dos citas lo confirman. Una, del Mensaje Presidencial de 21 de mayo de 1964:

“Un hondo imperativo patriótico me impulsa a prevenir a los sembradores de ilusiones y quimeras porque pueden tener más tarde una amarga y tal vez trágica cosecha. ¡Tengan cuidado!, porque ante la imposibilidad de ir más de prisa que este gobierno no faltarán quienes, para aquietar las expectativas defraudadas, piensen o propicien lanzarse por la pendiente del despojo, que si bien satisface el más hondo y negativo sentimiento de los hombres, que es la envidia, produce efectos que no sólo son efímeros sino que por entero contraproducentes para hacer más rápida la pronta satisfacción de los explicables anhelos de una vida más holgada para todos, aparte de la mancha indeleble que ello pondría en la limpia tradición de juridicidad, de la cual con razón Chile se enorgullece”.

Y, otra, de una carta, del mismo año, dirigida al Embajador ante la Santa Sede,  Pedro Lira:

“Mucho me temo que estemos caminando hacia un golpe de estado, que nos haga abrir los ojos a la realidad. Es por eso que estoy tan interesado en presentar el proyecto de reformas constitucionales que, por cierto, no lograré hacer aprobar, pero que podría servirle de tabla de salvación a mi sucesor, o a quien, o a quienes, le reemplacen”.

Años más tarde comentaría con laconismo: “No fui oído”.

Sergio Carrasco D.

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