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Juan Carlos Mestre o el elogio de la dignidad humana

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

El poeta, ensayista y artista visual, Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, España, 1957), acaba de publicar el poemario “La bicicleta del panadero” (Calambur, 2012).

Amable título que contiene dos sustantivos muy cercanos en los afectos. ¿Quién no recuerda la bicicleta de la infancia? ¿Y la llegada a la panadería del barrio con ese aroma a pan recién salido del horno? Esta es la primera entrada al libro: la cercanía de lo más propio y familiar y la nostalgia por lo perdido y lo por perder, pero siempre elogiando la dignidad humana. Y todo desde el lenguaje y por el lenguaje: celebración de la palabra desde su vibración más íntima hacia una conciencia social y civil de plaza pública.

La poesía de Mestre es ética y estética: por una parte es un llamado a la resistencia y a la solidaridad (frente a una nefasta sociedad mercantilista) y, por otro, a la pasión que, en arte, implica el goce y el gozo de una palabra que, en este libro en particular, se transforma en una respiración textual, cuyo significado nos llega a través de un verso mucho más largo, tipo versículo, que en muchas ocasiones se hace salmo, letanía, narración de la sombra y de la luz. Sin embargo, Mestre no ha abandonado ni el libre juego de sentidos, ni las asociaciones libres, ni las analogías profundas (las correspondencias de Baudelaire), tan propias del surrealismo; así como tampoco, ese lirismo inteligente y sensible que tan bien caracteriza a su poesía y lleva el signo de la mejor tradición abierta a un aire renovador de ritmos y motivos, oralidad y música honda en el callado oficio del poeta.

Libro torrencialmente intenso, emotivamente alucinado, con el desparpajo de la verdad a secas y la precisión de lo inefable, “La bicicleta del panadero” acaba de obtener el Premio de la Asociación Española de Críticos Literarios. Para Mestre, este galardón constituye “la reivindicación de los derechos civiles a la felicidad” y su libro argumenta en favor de la «resistencia» de la poesía «frente al secuestro de la democracia lingüística por los mercados.» Sabemos que la poesía no se vende (en las dos acepciones: la denotativa y la connotativa), es decir, muy pocos compran libros de poesía y la poesía es el único reducto de la verdadera libertad que nos va quedando: la poesía no tiene que rendirle cuentas a nadie, porque está por sobre todos los demás discursos que sin embargo y sin saberlo, la utilizan como el burgués gentilhombre, el famoso personaje de Molière, que solamente vino a saber que hablaba en prosa cuando el profesor que había contratado se lo enseñó.

Escuchar a Mestre poeta y a Mestre ciudadano, es tener entre las manos la misma moneda, una valiosa pieza de colección que brilla por ambas caras. Lo contrario de la poesía, es “la retórica política” que ha infectado el lenguaje, nos dice Mestre (habría que agregar a esto, la pobreza de la farándula y el estado crítico-catastrófico de nuestra televisión y qué hablar de la educación); el poeta debe, entonces, “volver a resemantizar la verdad de las palabras”.

480 páginas nos trae La bicicleta del panadero. En su texto “Una poesía” (p.329), Juan Carlos Mestre escribe: “Ya es hora de que resuciten los que sufren”. Así sea.

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