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La caravana y la cruzada de los niños.

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

A Rafael, mi hijo, se le ocurrió una buena comparación entre la cruzada de los niños, en el  año 1212, y la caravana de inmigrantes hondureños, actualmente. El Papa Inocencio III prometía un pasaje seguro al cielo a quienes lucharan por liberar a la Ciudad Santa, Jerusalén, en manos de los herejes musulmanes. Como con el dinero de los ricos no bastaba, había que incorporar a los pobres a través de las ventas de indulgencias, es decir, el reparto de “certificados” que evitaban días de purgatorio.

Enrolarse en las Cruzadas era muy oneroso y suponía, además, una preparación de años, y todo sacrificio era poco con tal de asegurar el cielo por medio del “certificado” del Papa. En la primera Cruzada llegaron a Jerusalén, pero en la segunda fracasaron en manos de Saladino.

Al comprobar que la Cruzada de los caballeros, aún con Ricardo “Corazón de León”, no había fructificado en el objetivo de la recuperación de la Ciudad Santa, creyeron necesario incorporar a las Cruzadas a los pobres, esta vez en forma activa, no pasiva.

En esa época estaban de moda las apariciones: dos niños, Esteban, en Francia, y Nicolás, en Alemania, recibieron la aparición de Jesucristo, quien les confió la misión de liberar la Ciudad Santa. Con gran mística, estos niños lograron reunir más de 80.000 personas entre ancianos, mujeres y niños, quienes comenzaron la masiva marcha hacia Jerusalén, (de más está decir, que carecían de mapas, por lo tanto, no conocían el camino a seguir).

Los franceses, de Esteban, se dirigieron hacia Marsella, pues Jesús le había prometido, al igual que a Moisés, que abriría el mar Mediterráneo a su paso, pero esperaron largos días con sus noches y el milagro no se produjo. Al final, unos dueños de barcos ofrecieron encaminarlos hacia Tierra Santa, pero terminaron vendiéndolos como esclavos.

Los alemanes, dirigidos por Nicolás, se dirigieron a Roma y se entrevistaron con el Papa, quien les ordenó el regreso a sus casas.

Los historiadores han interpretado de distintas maneras las Cruzadas de los niños: en latín, la palabra niño puede tener la acepción de inocencia y de pobreza; para los cristianos los niños y los pobres eran los predilectos de Jesús. Hubiese sido real o mitológico, la Cruzada de los niños significó un cambio histórico-demográfico de grandes proporciones, dando lugar al crecimiento de la población del sur de Europa (así como la peste bubónica permitió el Renacimiento).

En el otoño de la Edad Media siempre hubo un quiebre entre el cristianismo de los ricos, es decir, la iglesia y los señores feudales, y el de los pobres. Las  primeras herejías, la de los valdenses, optaban por la pobreza para seguir el evangelio de Cristo. Posteriormente, los cátaros –llamados “los puros”– eran estrictos seguidores de las enseñanzas de Jesús. Una de las Cruzadas fue dirigida contra los albigenses –los cátaros-, razón por la cual la Cruzada de los niños puede ser interpretada como la de los pobres.

En los inicios de la segunda década del siglo XXI, en que hasta los esquimales se comunican entre sí por ‘WhatsApp’, y en que los empleados de  supermercados y restaurantes son reemplazados por robots –nunca se equivoca ni en la entrega del producto, ni en el vuelto-, en que algunos advertidos ya tienen comprado su predio en Marte, pues saben que Dios podría morir asesinado, pero la propiedad privada jamás, las creencias, las utopías, el aspirar a tocar el cielo con las manos, está muy lejos de desaparecer.

Honduras es, hoy por hoy, peor que el infierno en la tierra: tienen un presidente, Juan Orlando Hernández, que se robó una elección en vista de todos, su hermano está preso en Estados Unidos acusado  de narcotráfico, el país es el más pobre de América Latina –incluso más miserable que Haití– que las maras atentan cotidianamente contra la vida de las persona. Vivir hoy en Honduras siendo pobre y con miedo permanente es mucho peor que caminar más de 7 mil kilómetros para atravesar Guatemala y México (solo en México 4 mil km) para alcanzar “el cielo”, un paraíso regido por un multimillonario.

En el fondo, Dios es el Dinero, y como el gran inquisidor de Dostoievski, el gran error de Jesús fue no haberle hecho caso a Satanás en el desierto, y haber convertido las piedras en pan, y tal vez hubiera ganado el amor de los humanos.

La caravana, al igual que la Cruzada de los niños y de los pobres, fue  impulsada por un sueño despierto en la búsqueda de un paraíso que se encontraría al fin del camino, en tierras de Donald Trump, es decir, sabían que sin esperanza, sin horizonte utópico, es imposible el soportar la vida, y lo único que restaría sería el suicidio, un gran suicidio egoísta (en las categorías de Durkheim).

La mayoría de esta “nueva cruzada de los niños” son creyentes en una fe, muy radical y propia de los canutos, y permanentemente repiten la frase bíblica  “mirad las aves del cielo que no tejen ni hilan, pero el Padre Celestial las alimenta.” Por desgracia, los milagros no son frecuentes, tienen que recurrir a la limosna –como los seguidores de Francisco de Asís– y, sobre todo, al corazón solidario de gobiernos y personas en Guatemala y México, en su larga peregrinación, a fin de tener el sustento diario.

Para los maniqueos y seguidores de Zaratustra el bien no puede existir sin el mal, razón por la cual es necesario que exista el demonio y el miedo al infierno, pero el día en que se les ocurra eliminar a ambos, y veamos, además, el absurdo  de la existencia humana de frente, el paso de la nada a la nada, el carácter ilusorio y utópico que nos permite sobrevivir, terminará.

Los miembros de la caravana hondureña en búsqueda del “Reino de Dios”, empezaron a sufrir todo tipo de ataques del demonio logístico, (hay que suponer que Belcebú fue el ángel más inteligente de los que estaban en el Paraíso).

En las redes sociales  actuales han aparecido varios videos los cuales  muestran a los pobres “peregrinos” como abusadores, malhechores y criminales, a quienes solo les gusta la buena vida y el poco trabajo, y que desprecian los frijoles que les regalan las almas caritativas y que, incluso, destrozan y queman la bandera del país que los ha acogido en su travesía.

Para los ingenuos que creían que el nazismo había desaparecido de la faz   de la tierra, la realidad de Tijuana, frontera del ‘paraíso norteamericano’, lo desmiente, pues hay tijuanenses que se muestran mucho más racistas que los blancos protestantes que siguen a Trump, en Estados Unidos: piden que el gobernador y el alcalde los deporte a su país.

Ser pobre y descendiente de los mayas es equivalente a basura humana. El alcalde de Tijuana, un militante del PAN, Juan Manuel Gastelum, dice que sólo le queda dinero para un día más para financiar a los inmigrantes  hondureños.

Los peregrinos ya llegaron a un muro del “paraíso”, y se atrevieron a franquearlo, pero fueron expulsados por el cruel Dios y millonario Trump, a base  de balas de goma y de gases. Y parece que hasta este punto les llegó la esperanza en el alcance del ‘paraíso perdido’, y ahora sólo les queda la realidad infernal de la Tierra o bien, el infierno de Dante, en que hay que abandonar toda esperanza.

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