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La confianza como sentimiento en la arquitectura de la fe.

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

Uno de los factores más queridos a la hora de construir una relación con  persona o institución humana es la confianza. Vista en sí misma refiere a un sentimiento que está  a la base de un acto comunicativo, comportándose en los hechos  como sentimiento practico de apertura a otras realidades que invitan a ser conocidas. Bajo este entendido se podría establecer el paralelo con el principio de la libertad en su significación de apertura y en su sentido referencial que reconoce a la persona siempre como fin,  nunca como medio según la enseñanza kantiana. Imprescindible, por tanto,  es el hecho que se la entienda al modo de una virtud humana, ya que  participa de un proceso de humanización que dignifica tanto a quien confía como en quien o en quienes se confía.

Caminar sostenido en ella tiene el efecto de desplegar su influjo en un horizonte vital que contamina positivamente a quienes son sus depositarios,  vale decir: sujetos que construyen la comunidad humana con ese material espiritual descubierto en un diálogo armado en la confianza. Su influencia  alcanza, por tanto, al tiempo común, lugar y cosas que componen las circunstancias desde las cuales cada uno construye su historia que  nunca es puramente de uno sino de varios. Por cierto la confianza sólo se mantiene y crece en la medida que se cumplen las expectativas puestas en uno. Se puede, nos dirá Victoria Camps en su libro El gobierno de las emociones (2011, Herder, Barcelona),   relacionar la confianza con la responsabilidad. Camps ve en ella ciertas condiciones que la certifican, por ejemplo: no defraudar la palabra que habla de acogida.

Todo lo escrito refiere mínimamente a algo que claramente no se agota en las líneas precedentes. Es materia de largo y paciente trabajo. Pero lo quise poner para comprender algo de la sensación que me embarga respecto de la confianza en la jerarquía eclesial católica. No es menor que la confianza remita a la fe con la promesa de salvación. Confiar en Dios “significa esperar una redención que ninguna realidad humana puede proporcionar” (Camps, El gobierno de las emociones, 2011, p. 194). Sabido es, por tanto, que la fórmula de fe remite a la gracia, su explicación y canalización dentro de tantas otras materias observadas como misterios e  indescifrables desde una lectura que quiera ver en ello objetividad. En ello se concentra la confianza, pero como se precisa comprenderla existencialmente en un entorno histórico con características complejas -hoy nada de la realidad se explica desde sí misma sólo  se entiende en vínculo relacional con otras realidades, en particular en un mundo secular-globalizado- se confía en las instituciones religiosas. Estas se presentan en sus relatos como el lugar o depósito efectivo de la confianza. De ahí que en cuanto aceptada y adscrita a aquella, la persona acepta que las instituciones son las adecuadas para canalizar los mecanismos comprensivos de la esperanza que lo anima. Por ello en las instituciones de este tipo la persona deposita muchas de sus expectativas y en sus líderes la personalización de aquello. Pero ¿qué ocurre si todo aquello se ve traicionado por un acto individual o colectivo? Sucede simplemente que  desaparece la confianza y aflora su contrario el temor, el miedo. Camps,  citando a Spinoza,  dirá que “el miedo es un efecto triste, la esperanza  es una alegría” (p. 193). Aristóteles en la Retórica, dice que la confianza es “lo contrario del temor, de modo que ella es una esperanza acompañada de fantasía sobre que las cosas que pueden salvarnos están próximas y, en cambio, no existen a están lejanas las que nos provocan temor”.

Para los creyentes este mes de enero resultó ser la síntesis de un movimiento excéntrico si cabe tal calificativo, pues por palabras se afirma la esperanza y por palabras se instala la desconfianza. No son meras palabras, son construcciones de realidad que encapsulan las relaciones. Ya no hay diálogo, pues no hay reconocimiento a raíz que se esconde la memoria o se la tacha como invalida ya que responde a la suma de constructos propios de la imaginación sin fuente de realidad, por tanto, quien hace el relato es persona no creíble, no  confiable.

En la excentricidad del movimiento verbal -no hay pruebas, y sin ellas  calumnias dijo en Iquique el Papa Francisco- se expone  lo contrario a la fe: miedo, persecución, descrédito, poder, abuso, egotismo,  diría el heterodoxo Unamuno, ceguera, silencio, y complicidad en la falta a la caridad para con quienes denuncian en primera persona: los abusados.

Esquizofrenia entre el discurso y la acción,  exclama Cristián Warnken en su columna del día 18 de enero en El Mercurio. Duro calificativo pero en este caso resulta certero. Alguien podrá argumentar en contrario,  pero en este caso la refutación no elimina la prueba del relato de abuso, también paradójicamente acusa la ceguera de quien exige pruebas.

No hay mayor frustración que la que tiene por efecto la desesperanza, pues es del tipo que fecunda al momento de invalidar el testimonio de quienes sufren y sufrieron el atropello a lo esencial de la esperanza: confiar en que es posible un mundo mejor. De ahí que se justifique  preguntar ¿qué sucede en la persona que ve que el responsable de explicar y acompañar la vida de quien espera ser acogido no se traduce en un acto conforme a su necesidad? La respuesta en una de sus caras revela que la confianza que legitima toda relación en el campo del creer se rompe. De ahí un paso a la frustración, a la tristeza por las expectativas de respuesta no resuelta.

El tiempo presente es el punto de encuentro entre  lo pasado y lo  que viene. El presente tiene la facultad de permitir interpretar el significado de lo vivido y a la vez proyectar futuro. En ello no existe determinismo, existe libertad puesta en ejercicio por y desde la memoria. Barros y el colegio que lo acompaña es parte de esta memoria, de una que contamina la confianza; los otros, los violentados, deben ser parte principal de la memoria de la Iglesia, pero de la buena, de aquella que ofrece esperanza en que sí es posible confiar en que hay verdad y justicia para los perseguidos.

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