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O_163_wem_1360_comp_v003_01,1159 2 – L-R: Gwilym Lee (Brian May), Ben Hardy (Roger Taylor), Rami Malek (Freddie Mercury), and Joe Mazzello (John Deacon) star in Twentieth Century Fox’s BOHEMIAN RHAPSODY. Photo Credit: Courtesy Twentieth Century Fox.

La fiesta de los hipócritas: Sobre el efecto de Bohemian Rhapsody

Bohemian Rhapsody (2018), la película biográfica de Freddie Mercury, se llevó a casa cuatro hombrecillos dorados la semana pasada, en la 91° entrega de los Premios de la Academia: ganó ambas categorías de sonido, montaje (decir que esto me desconcertó sería poco), y Malek fue reconocido por su interpretación del cantante. Aunque este último premio se debió más, creo, a que Malek fue quien tomó las decisiones ejecutivas más importantes en cuanto a la producción: tuvo que hacer que el director Bryan Singer fuera despedido después de su irresponsable y difícil comportamiento en el set. Ergo, Malek es el verdadero autor de este taquillazo global; su Óscar es más o menos razonable.

Ahora bien, ¿es tan buena? Yo pienso que no. Tiene problemas profundos. Pero un punto que ya varios críticos han hecho, yo incluido, es que Bohemian Rhapsody siente tanta vergüenza y miedo a las vidas queer, que…, bueno, simplemente, no me lo puedo explicar. Todos hemos visto uno de los afiches oficiales. Ése del fondo violeta saturado, con la mitad de la cara de Rami Malek usando gafas. La primera vez que lo vi, advertí una abierta codificación gay: era como ver el afiche del remake glamuroso de Cruising (1980) de William Friedkin (el cual, por supuesto, no pasará jamás). El cartel, sin embargo, es un vil embuste: quien esperase una celebración de la diversidad sexual o un poco de respeto, se sentirá decepcionado. Que una película así sea la más premiada del año, en categorías en las que estaba lejos de ser la mejor, es una vergüenza para la Academia en varios sentidos, aunque sobre todo en uno moral. He aquí por qué.

Consideremos la secuencia en que Queen crea uno de sus más grandes éxitos, <<Another One Bites the Dust.>> La pantalla contiene escenas que se yuxtaponen: tenemos a los cuatro ingleses tocando la canción en vivo, y luego el vocalista recorre (siendo conducido por su mánager Paul Prenter) las dependencias oscuras de un bar de cuero gay. Se limita a miradas libidinosas con varios otros hombres ahí, sugiriendo que hubo actividad sexual después. Está la gloria musical, y también la perversión de los malvados homosexuales. Pero ¿qué hay de malo en esto?

Lo pregunto pues, exceptuando al protagonista, todos los demás personajes homosexuales en el filme o son villanos, o superficiales, o estereotipos, o símbolos de cierto peligro que el amado músico debiera evitar. Es un sesgo ridículo, pero así es el guion de Andrew McCarten.

Ahora consideremos la relación entre él y Prenter. Prenter lo introdujo a la escena gay londinense, no lo convirtió en gay. Prenter no es malo por ser gay, y, más o menos, ésa es la imagen de la homosexualidad y de lo queer que se mantiene hasta hoy: algo nefario. Y es la imagen que BoRhap nos ofrece del icono del rock. Cuando entra al bar, lleno de sombras densas (cómo no), la meta no es que entendamos el alivio que debió haberle significado encontrarse con gente como él en un ambiente seguro, sin las reconvenciones de nadie, y donde los hombres estaban ahí para ofrecerse aceptación y placer.

Freddie no podía elegir ser de otra manera. Ese bar era su única alternativa, y disfrutó esos momentos. ¿Por qué los realizadores insisten en que pensemos lo contrario? Porque, me figuro, los miembros de la banda que siguen vivos, y que produjeron el filme, no son homosexuales, y mostrar la orientación sexual de su líder como algo positivo habría sido comprometedor.

La sociedad, con sus prejuicios enfermos, férreos, dañinos, no les deja a los homosexuales espacio para una expresión libre y sana, y los relega a los márgenes de la sociedad; y éstos, en señal de protesta y de apropiación de su identidad, asumen conductas transgresoras. El objetivo de los realizadores (no voy a decir <<director,>> pues varios dirigieron esta cosa) es un público retrógrado.

Pues bien, ¿qué importancia tiene la sexualidad de un artista musical en su representación cinematográfica?, te debes estar preguntando. (Demasiada, de hecho.) Incluso podrías estar pensando que lo mejor es siempre separar el arte del artista; como muchos deben estar acostumbrados a hacer respecto de figuras del entretenimiento que han sido acusadas de abusos sexuales, por ejemplo. O sea que un abusador sexual debe ser tratado de la misma forma que un homosexual. Adelante, separa el arte del artista.

Bueno, yo decido no hacer eso. Y, es más, estoy seguro de que Mercury nunca lo hizo. En cambio, lo que siempre hizo fue canalizar los códigos de la homosexualidad a su música, desde las metáforas de liberación de sus letras, hasta su propia indumentaria, con las cadenas, los pañuelos, las camisetas, las gorras, las gafas, el bigote, el cuero, las púas. Para qué hablar de sus movimientos en el escenario. Jamás llevó una vida afín a un visionado familiar.

En cuanto a la propia <<Bohemian Rhapsody,>> suelen darle a su videoclip el crédito de ser el primero de la historia (dato nunca aludido en el filme). Es debatible. Mas, pensándolo bien, en los 80, cuando el videoclip floreció como una forma de arte autónoma gracias a cadenas de televisión como MTV y VH1, se volvió imposible separar la música de las imágenes que los artistas les asignaban en sus videos. Creo que en casos específicos podemos separar a cantantes, cineastas, pintores, etc., de su obra y no hay consecuencias; pero no podemos separar a Mercury de su música, y él nunca la separó de su sexualidad.

No puedo evitar pensar en lo que algunos conocidos me han dicho tras visionar BoRhap. <<¿Cómo no te gustó! A mí me encanta Queen.>> Bueno, si te gusta Queen, pues qué bien, te felicito; no quiere decir que estés obligado a gustar de la película. <<Hay un par de besos entre hombres, pero si quieres algo más, no lo muestran.>> Sí, porque la película está asustada de que espectadores homófobos la hagan fracasar en la taquilla. Hay un par de besos, sí, mas son desagradables, como si los personajes estuvieran besando, pues, una superficie fétida. Otro me dijo: <<Dan a entender que siempre estuvo enamorado de su mujer.>> OK, esto es peligroso: si eres gay, no puedes enamorarte de mujeres. Freddie quería a Mary Austin como parte de su familia, no como el amor de su vida, eso es imposible, le gustaban los hombres. Encima, quieren separar el amor romántico de la orientación sexual; buena suerte cuando el artista sea heterosexual.

Y ésta es mi opinión favorita: <<Yo no voy a ir a verla, no me gusta Freddie Mercury, no comparto su filosofía de vida.>> O sea que ahora la homosexualidad no es una enfermedad, ni una etapa transitoria del desarrollo vital, ni un castigo de Dios a tus padres. Es una filosofía. Déjame ahí nomás.

Lo que aquí hacen, en realidad, es retener a Mercury dentro del clóset; y después lo castigan con el VIH, por atreverse a saborear la libertad fuera de éste. Es un discurso más que conservador. Por lo tanto, es injustificado el miedo a que te inoculen una maldita ideología.

No obstante, lo peor es lo siguiente. Luego de recibir la confirmación médica de que tiene sida, Freddie se encuentra en un pasillo del hospital con otro paciente que espera el mismo diagnóstico: un hombre afeminado que lo reconoce, y es enfurecedor, por los estereotipos que supone; y porque al soslayar el posterior deterioro emocional del cantante, le roban su dignidad. Su historia fue la de una vida real, una vida humana; tiene valor y merece ser contada íntegramente.

El sesgo es cruel, acomodaticio para con hipócritas. Es su fiesta. BoRhap los autoriza a seguir negando la sexualidad de su ídolo; no es como que les gusten Madonna o Whitney Houston para avergonzarse frente a sus pares. Admiran a Mercury, un hombre, pero era un marica, y no es razón de sentir pena, y, como podrás ver, tu pene sigue en el mismo lugar, no se ha caído, así que ya basta con la histeria.

Si quieres saber cómo eran los bares de cuero en la época de <<Another One,>> revisa Cruising. Si te preguntas cómo habría sido la vida real de un rockstar gay en los 70, puedes recurrir a Velvet Goldmine (1998). Si buscas un retrato de la crisis del sida alrededor de cuando Mercury falleció, ve Filadelfia (1993) ó 120 latidos por minuto (2017). Su biografía se pudo hacer correctamente antes; ¿por qué no ahora? ¿Por qué no nos cuentan la verdad? En su lugar, BoRhap nos alienta a mutilar nuestro recuerdo de su personaje principal.

Además, nunca interpretan una canción completa de Queen en todo el metraje, ni siquiera la del título. No, si la Academia olvidó que la calidad aquí es escasa.

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