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LA PASIÓN DE FRIEDRICH HÖLDERLIN

Andrés Cruz Carrasco

Abogado. Magister en Filosofía moral. Magister en Ciencias Políticas.

En “La muerte de Empédocles”, Hölderlin escribía: “Difícilmente los mortales reconocen al hombre puro”.

Un loco o un ser humano tocado por el genio de la clarividencia, quien pudo ver mucho más allá de lo que todos los otros constataban, en sus limitados y sumisos espacios de desenvolvimiento rutinario. Según Stefan Zweig, este poeta es de aquellas figuras excepcionales en la historia de la humanidad, que, como Nietzsche, fue arrancado de su propio ser por una fuerza poderosísima y en cierto modo ultramundana. Fue arrojado a un calamitoso torbellino de pasión, con el espíritu destrozado y un mortal enervamiento de los sentidos. Hölderlin vivió 36 años recluido víctima de una fecunda demencia. Según Zweig, pasó por el mundo cuál rápido y luminoso meteoro, ajeno a su época, incomprendido por su generación, para sumergirse después en una misteriosa noche como consecuencia de su misión. Se ignoraba cuál era su dirección, pero salió del Infinito para hundirse de nuevo en el infinito y, al pasar, rozó apenas el mundo material. Dominó en él un poder superior a su propia voluntad, un poder no humano en el que se sentía aprisionado.

Pero tal vez Hölderlin fue nada más que uno de muchos seres humanos excepcionales, que son tan de este mundo como cualquiera de nosotros y que simplemente tuvieron el coraje y la aptitud para quebrar con las murallas de lo que todos dicen en un momento y tiempo determinados que debe ser y que es lo que hay que hacer, para alzarse a señalar que hay algo mucho más trascendente, no necesariamente divino, a lo que se puede acceder con la voluntad. Aquella de la que nadie está privado, pero parece vivir aletargada dentro de todos nosotros, esperando que la pasión la encienda y nos ilumine por la senda que nosotros mismos determinemos. “Poetas, es nuestra misión permanecer/ con la cabeza descubierta en medio de las tormentas de Dios,/ coger con la mano el mismo rayo del Padre, y transmitir al pueblo/ envuelto en canción el don celeste.” Era un rebelde eterno, un sublevado que se amotinó contra el orden de las cosas, que prefirió romperse antes que entregarse a las prescripciones establecidas y a las que todos, cabeza gacha, mirando al suelo, debían someterse. “He sido expulsado de la belleza del mundo por vuestras escuelas, donde me volví tan razonable”, impidiendo disfrutar del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía. Dice: “el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa”. Se aniquiló por su intransigencia a ceder, por ir más allá de las fronteras de lo que las enseñanzas tradicionales imponen como límites. La humanidad requiere del advenimiento de estas figuras temerarias, que, poco a poco, vayan forzando las cerraduras y empujando para abrir, o, porque no, derribar las puertas de los prejuicios, tabúes, imposiciones, reglas que le ponen márgenes a la fuerza de la voluntad del ser humano. Así escribe. “El frío y la noche cubrirán la Tierra, y el alma se hundiría en la miseria, si los buenos dioses no enviaran de vez en cuando al mundo a tales adolescentes para rejuvenecer las marchita vida de los hombres”. Escribió también: “Nuestra generación peregrina en eterna noche, como sumergida en el Orco, ausente de todo lo divino. Los hombres están como atornillados en su propia actividad, y en el estruendo de los talleres sólo oyen su propia voz. Como salvajes, trabajan incansablemente y con brazo duro, pero su labor queda siempre infructuosa, estéril, como la de las Furias”.

En Hiperion dijo: “No sabe cuánto peca el que quiere hacer del Estado una escuela de costumbres. Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo lo ha convertido en su infierno”, que constituye una lúcida premonición de lo que ocurriría con los totalitarismos del siglo XX y lo posicionaron como un referente de la libertad individual, como aquella en la que la búsqueda de cada uno de nosotros, a su ritmo, pero con convicción y pasión, puede conducirnos a la felicidad, sin pasar por burocráticos y centralizados intermediarios, que vengan a imponernos desde fuera o desde sus ideologías filosóficas, políticas, religiosas, de elite o morales que es lo bueno o lo malo para cada uno. “El filósofo tiene que poseer tanta fuerza estética como el poeta con el objeto de construir una mitología de la razón para que, al fin, ninguna fuerza sea ya oprimida: ¡Entonces reinará universal la libertad e igualdad de los espíritus”. Esto constituye un reconocimiento de la pasión, como inseparable de la razón, para la construcción de un nuevo mundo, inspirado en Spinoza. No en vano en sus ensayos sostenía que después de haber descubierto a Spinoza, no valía la pena seguir leyendo filosofía. En Spinoza encontró el todo y el uno, “ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza”. Sostiene: “Si tuviera que titularse del nombre de alguien, no conocería otro que el de Spinoza. Cuando se lo conoce del todo, no hay nada que hacer. Hay que ser totalmente amigo suyo. No hay otra filosofía que la de Spinoza”. Porque el poeta reconoce que nos perdemos en los marasmos del materialismo exacerbado y nos creemos dueños de la naturaleza, la miramos hacia abajo, cuando somos parte de ella, somos ella misma y esta perspectiva dualista es la que nos impide ver que hay algo más allá de las cosas, del tener, hacer y parecer, que nos impide ser y convivir, “una única, eterna y ardiente vida”. Para Martin Heidegger “la poesía de Hölderlin está sustentada por el destino y la determinación poética de poetizar propiamente la esencia de la poesía…es el poeta del poeta”. El poeta entendió que es el lenguaje el que hace la realidad a partir de la fundación de lo que puede conocerse, “por eso le ha sido dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que creando, destruyendo y sucumbiendo y regresando a la eterna madre y maestra, dé fe de lo que él es: haber heredado y aprendido de ella lo más divino, el amor que todo lo sostiene”.  Para dar testimonio de sí mismo y reconocerse necesita del lenguaje, siendo indispensable otro para comunicarse por intermedio de éste, por cuanto la palabra supone la existencia de alguien que escuche. Esa realidad que se va gestando a partir del lenguaje. Si éste se hace fútil, banal o superficial, vulgar será la realidad que iremos creando y nuestra comunicación irá perdiéndose en la falta de contenido. “Mucho ha experimentado el hombre/ A los celestiales, a muchos a nombrado,/ desde que somos habla/ y podemos oír unos de otros”. Es a partir de la palabra que somos acontecimiento, historia y nombramos a nuestros dioses. A partir del lenguaje decidimos en que creer y en que no, ya que a través de él logramos conocer. Es el lenguaje el que nos permite ver, hasta donde ver, que se puede decir y hasta donde se puede seguir diciendo. Resultando indispensable romper con las ataduras y librarse de lo que nos enseñan se puede decir y hasta donde se puede llegar, con la voluntad de ser mucho más, de brillar, con contenido y fuerza, con pasión y no con sumisión, no con pereza, con altura: “Por eso, porque es piadosa, honro a los celestiales/ por amor a la voz del pueblo, la callada,/ pero, por amor a los dioses y los hombres,/¡ojalá no se complazca siempre en su silencio!”

De él se ha dicho que más que un poeta, fue un emisario, un vidente, un vate con oficio religioso, tal como lo fueron Esquilo, Píndaro o Dante. Fue uno de aquellos hombres junto con Byron, Leopardi, Schopenhauer y el mismo Nietzsche que recibieron la misión de penetrar en las sombras profundas y trágicas de la existencia. De hecho, fue escasa la repercusión que tuvo su poesía en vida del autor, y sólo en 1826 se publicaron las primeras colecciones con sus trabajos. Nacido un 20 de Marzo de 1770 en Suabia, su padre fue un administrador eclesiástico que murió al poco de haber nacido, casándose nuevamente su madre que enviudó rápidamente. Su infancia transcurrió entre los más bellos paisajes alemanes: “Cuando era muchacho/un dios me libraba a menudo/del griterío y del castigo de los hombres;/ jugaba yo entonces confiado y feliz/ con las flores del bosque”. Esto lo marcaría profundamente, más aún cuando tuvo que abandonar esos parajes: “No hablemos más del pasado/¡Silencio! Que desaparezca, profunda,/ más profundamente sepultado/ que lo haya sido mortal alguno”. Es la nostalgia, aquella que engendra la angustia, el pesar y la melancolía, que nos coge del corazón y quiere que volvamos, sin poder hacerlo, porque allí se quedó sepultado el recuerdo, que subyace como ruinas en lo que la memoria puede o bien quiere reconstruir. Estudió en la Facultad de Teología de Tubinga, lugar en el que trabó amistad nada más y nada menos que con Hegel y Schelling. Terminó sus estudios en 1793, pero nunca ejerció, viviendo de la enseñanza privada. Tan humano se sentía que escribe: “La cercanía de espíritus verdaderamente grandes y la proximidad de almas grandes en verdad por su fervorosa espontaneidad, me deprimen y elevan alternativamente; tengo que esforzarme por salir de un penumbroso ensueño y despertar y configurar suavemente y con energía las fuerzas a medio desarrollar y medio muertas, para no verme obligado a buscar refugio en una triste resignación”. Sufrió penurias por un rechazo amoroso, de la que sería su gran musa (Sussette-Diotima Gontard) y por falta de empleo, que lo llevó a dejar su patria y partir a Francia, desde dónde volvió caminando, circunstancias todas que habría gatillado su locura. En 1806, delirante, ya nada se podía hacer por tratar de ocultar su condición, viviendo al cuidado de un sencillo sillero de Tubinga, Ernst Zimmer, quien impresionado por su magna obra “Hiperion”, lo acogió en una torre junto a las aguas del Neckar. Consciente de su situación escribió: “Entra, pues, genio mío, desnudo de vida/ y no te preocupes de nada/ lo que ocurra, ¡todo será en buena hora!/ Armonízate con la alegría, pues, ¿qué podría/ afrentarte, corazón, qué podría/ sucederte donde debes ir?” . Según Karl Jaspers, su locura exaltó sus facultades en lugar de turbarlas, permitiéndole llegar mucho más allá de los límites de la razón. Nadie lograba entenderlo, ya que escribía y se expresaba en latín, griego y alemán. “Sólo quien actúa con toda el alma no se equivoca nunca. No necesita argucias, pues ninguna fuerza se le opone”. Murió en 1843, pero antes de morir escribió: “Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,/ sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,/ mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días/ y lejana yace la oscura pregunta de la duda”, dándonos a entender que al parecer encontró lo que tanto buscaba, para sí, poco importaba lo que pensaran los otros. Según Heidegger: “Desde el momento en que el poeta permanece de esta suerte (…en pie en la nada de la noche…), recluido en el mayor aislamiento y cumpliendo su determinación y destino en sí mismo, así es como consigue realizar en calidad de representante, y por eso de modo verdadero, la verdad para su pueblo”.

En Hiperion, este poeta decía: “¿Sabes lo que lloras? No lloras algo que haya desaparecido en tal o en cual año, no se puede decir exactamente cuándo estaba aún aquí, ni cuándo partió; sino que estaba aquí, que está aún aquí, está en ti. Tú buscas una época mejor, un mundo más hermoso”, pues todo esto depende de ti, no de lo que otros quieren que hagas o pienses para aceptarte, deviniendo un maniquí vestido a la medida de alguien que intenta imponerte como debes ser.

 

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