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La soledad de Hermann Hesse y la tensión en curso

Rafael Galdames Fuentes

Sociólogo CEUR- Universidad del Bío-Bío

Dice Herman Hesse en su “Lobo estepario”, que la soledad suya es como las estrellas, independiente, fría, pero tranquila, como el macro espacio en que ellas se mueven. Cabe pensar que en el ensayo poético cada cual tiene su metáfora. O bien, todo ser es un filósofo.

Nos cuenta, también, sobre su día a día de intelecto solitario, distanciado en las letras o el arte, diferente a la mayoría de los seres de la vida real – de su tiempo – al volver a su casa; a éstos, dice: “los esperan la madre o la mujer, los hijos, las criadas, los perros y los gatos”. Tiempo pasado en tanto el actual, frente a soledades diversas como aquellas crecientes centradas en una especie de materialidad de riqueza o bienestar relativo, junto a mascotas revestidas, instruidas y afectuosas emocionalmente interactivas.

Respecto a su vida pensante y erudita suma, que: “ninguna idea le era más odiosa y horrible que la de tener que ejercer un cargo, someterse a una distribución del tiempo y obedecer a otros”. Realidad de muchos, en especial en la burocracia pública y privada actual, de la que no se excluye la educación tarea esencialmente creativa y ahora normada y vigilada por indicadores de crudo empirismo abstracto a cargo de funcionarios expertos que pocos saben de ella y su inmensa diversidad. La robótica quizás sea una posibilidad de liberación, pero siempre que mentes pensantes la cuestionen en beneficio de la vida.

Luego, nos habla del yo diverso, compuesto por millares de seres distinguiendo entre cuerpo y alma. El primero es uno, pero el alma jamás porque la vida no oscila entre dos polos únicos, sino millares entre santo y liberto, noble y villano; y así, cuantos más si intentamos sincerarnos. Alfonso Mora, abogado y poeta tomecino escribió un poema que título “la bestia mágica”, el polo instintivo de su amor por la justicia. Algo propio del ser individual y también social (o grupal), según la circunstancia como diría Ortega y Gasset.

Solo, “amado de nadie”: una suerte de manifiesto solitario de Hesse. Al respecto, escribió en 1927, post primera Guerra Mundial y Pre Crisis del 29: “mirada desde el punto de vista burgués, mi vida había sido, de una a otra de estas sacudidas, un constante descenso, una distancia cada vez mayor de lo normal, de lo permitido, de lo saludable. En el curso de los años había perdido profesión, familia y patria; estaba al margen de todos los grupos sociales, solo, amado de nadie, religión, patria, familia, Estado, habían perdido su valor para mí y no me importaban ya nada; la pedantería de la ciencia, de las profesiones, de las artes”. Reflexión de alcance perenne en el trasfondo de una realidad entre guerras, no ajena a las nuevas formas de guerra a nivel de lugares cercanos, nacionales y mundiales, y de expansiva individualidad y falta de fe, donde es marginal que: “una palabra sea una palabra digna de fiar”. Suena quizás horrendo, pero tiene el mérito de invocar la reflexión y a la recuperación.

Somos medio humanos y medio lobos. Hipótesis o metáfora señera de Hesse y vale su mensaje sobre nuestra parte en lo que sucede: todo pueblo y hasta todo hombre y mujer aislados, en vez de soñar con mentidas “responsabilidades” políticas, debía reflexionar dentro de sí, hasta qué punto él mismo, por errores, negligencias y malos hábitos, tiene parte también en la guerra y en todos los demás males del mundo; éste acaso sea el único camino de evitar la guerra en curso. Es preciso, entones, meditar y sincerarse.

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