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LA TEORÍA DEL EMPATE O LA CRISIS DE LA MEDIOCRIDAD.

Maroto

Desde Canadá.

El empate en el deporte se produce cuando en una confrontación ninguno de los participantes gana; después de una justa deportiva, con mayor o menor esfuerzo, ambos contrincantes obtienen la misma cantidad de puntos, por lo que ninguno puede declararse victorioso ni perdedor.

En política el empate no es muy diferente, pero sí mas dañino. A diario vemos como los actores políticos, autoridades de nuestro país, y los sectores de la ciudadanía más politizados y de las más diversas tendencias, recurren al empate como mecanismo para diluir la responsabilidad que les corresponde en las consecuencias de sus acciones.

Frente a resultados económicos insatisfactorios, se busca el empate arguyendo que en gobiernos anteriores los resultados fueron aún más negativos; frente al mal manejo de Televisión Nacional hoy, se replica diciendo que el manejo en gobiernos anteriores fue aún peor; frente a los malos resultados en una encuesta, se discute afirmando que los resultados de administraciones anteriores fueron aún más bajos;  frente a las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, se recurre a los muertos en atentados terroristas; frente a la trágica muerte de un joven mapuche y la reacción que ésta genera, se argumenta apelando a la lamentable muerte de  los Luchsinger; y así podríamos citar una infinidad de ejemplos que ocurren a diario en la política de nuestro país.

Lo anterior, el uso reiterado del empate como mecanismo de justificación, nos confirma la crisis de mediocridad que afecta a diversos sectores de nuestra sociedad; el esfuerzo permanente por empatar una situación negativa asociada a acciones propias con otra, que se estima aún peor, asociada a acciones de otros (generalmente alguien que defiende ideas distintas), deja en evidencia la decadencia que afecta la actividad política en nuestro país.

Siendo diversos los factores que contribuyen a esta mediocridad, valdría la pena referirnos brevemente a algunos de ellos:

La falta de relato político, aquella capacidad de conducir hacia una idea o visión de país. Claramente, los últimos gobiernos en Chile han carecido de un relato claro y motivador; y frente a este vacío, echar mano al empate es el camino fácil al que recurren permanentemente nuestras autoridades para justificar la pobreza de sueños, ideas y proyectos.

La falta de liderazgo político, aquella capacidad de liderar con autoridad y legitimidad basados en la credibilidad, honestidad y consistencia. Nuestros políticos y autoridades, con contadas excepciones, no exhiben realmente cualidades propias de un líder. Las vacilaciones y errores permanentes que lo anterior genera, se esconden utilizando el empate como artilugio para camuflar las falencias propias.

La falta de responsabilidad en el ejercicio de la actividad política y la función pública. Hoy, pareciera ser que la mayoría de quienes se embarcan en la política y las funciones de gobierno, lo hacen sin entender que el ejercicio de ambas actividades involucra lo que Weber llamaba la “ética de la responsabilidad”.  Cuando una acción es realizada sin esta ética de la responsabilidad , según lo planteado por Weber, y sus consecuencias son negativas, “quien la ejecutó no se siente responsable por ellas y tiende a responsabilizar al mundo que lo rodea, a la estupidez del ser humano, a la voluntad de Dios” y finalmente, a justificarla a través del empate con gobiernos anteriores.

La falta de compromiso social real. En el Chile individualista en que vivimos hoy, existe la tentación permanente por disfrazar decisiones basadas en el cálculo político con el traje de políticas sociales; un claro ejemplo de lo anterior se observa en los vuelos de retorno de inmigrantes, que son presentados como un esfuerzo de responsabilidad social, cuando en realidad expresan con crudeza sentimientos discriminatorios existentes en nuestra sociedad. Cuando iniciativas basadas en este pseudo compromiso social fracasan, surge nuevamente el empate como razonamiento para justificar lo injustificable; los fracasos ya no se deben a las decisiones propias, sino que son consecuencia de aquellas tomadas por otros en administraciones anteriores.

La falta de capacidad para analizar críticamente. La sociedad líquida en la que vivimos hoy, utilizando el concepto acuñado por Zygmunt Bauman, “genera condiciones de cambio e incerteza constantes; en este entorno, las instituciones sociales, entendidas como reservas de sentido socialmente objetivado y procesado, enfrentan la incapacidad para consolidarse, dificultando la producción de sentido en la acción social y, en definitiva, en la vida social”.  Esta pérdida de sentido social incide en que los individuos pierden paulatinamente la capacidad de analizar críticamente la realidad que los rodea; y frente a ello, recurrir al empate resulta el recurso fácil para explicar lo que, por falta de análisis crítico, resulta difícil de entender. Lamentablemente, esta superficialidad se observa hoy a diario en un sector no menor de nuestros políticos, autoridades y la ciudadanía.

Así las cosas, la teoría del empate y la crisis de mediocridad que esta refleja, nos hace a todos perdedores.

Al ser incapaces, por un lado, de asumir la responsabilidad que nos corresponde por nuestras acciones, y por otro, de cuestionar y criticar las justificaciones mediocres que basadas en el empate se nos ofrecen, perdemos todos. Al conformarnos cada vez con menos y relativizar cada vez más las exigencias para con quienes hemos elegido para representarnos y gobernar nuestros destinos, nos vamos condenando gradualmente a un país mediocre y de mediocres.

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