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LA TRILOGÍA DEL DOLOR EN LEVI

“Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno u otro estado límite son de la misma naturaleza: se derivan de nuestra condición humana, que es enemiga de cualquier infinitud. Se opone a ello nuestro eternamente insuficiente conocimiento del futuro; y ello se llama, en un caso, esperanza y en el otro, incertidumbre del mañana. Se opone a ello la seguridad de la muerte, que pone límite a cualquier gozo, pero también a cualquier dolor. Se oponen a ello las inevitables preocupaciones materiales que, así como emponzoñan cualquier felicidad duradera, de la misma manera apartan nuestra atención continuamente de la desgracia que nos oprime y convierten en fragmentaria, y por lo mismo en soportable, su conciencia”. Esto es lo que escribía Primo Levi en su obra “Si esto es un hombre” en la que relata su terrorífica experiencia como prisionero en el complejo Auschwitz-Birkenau, sección de Monowitz, campo de concentración nazi al que fue deportado el 13 de Diciembre de 1943, luego de haber sido detenido por los italianos por ser combatiente de la resistencia antifascista en dicho país y judío sefardí.

Levi nació en Turín en 1919, y fue un destacado químico que luego de su espantosa experiencia de alrededor de 10 meses, decidió entregarse por completo a la literatura en 1977, logrando forjar una saga conformada por el relato ya señalado, considerado por muchos el libro más importante del siglo XX, “La Tregua” y “Los Hundidos y los Salvados”, denominada también en su conjunto como “La Trilogía de Auschwitz”.

Nada es blanco o negro y todo lo bueno tiene algo de malo y viceversa. Esto en situaciones extremas se hace más evidente y resulta ser difícil de concebir para los que nos desenvolvemos al amparo de la inercia de la mera vida o sumidos en burdas preocupaciones materiales, completamente superfluas al lado de quienes se encuentran padeciendo desesperadas necesidades, que ante el silencio institucional carecen de un espacio en el que se puedan recoger sus gritos, quedándonos para después como testimonio de su sufrimiento sólo los ecos de su miseria y las desteñidas manchas de lo que alguna vez fue su sangre. “Fueron las incomodidades, los golpes, el frío, la sed, lo que nos mantuvo a flote sobre una desesperación sin fondo, durante el viaje y después. No el deseo de vivir, ni una resignación consciente: porque son pocos los hombres capaces de ello y nosotros no éramos sino una muestra de la humanidad más común”. El primero de los libros configura el testimonio vivo del sobreviviente del campo de exterminio. Del que no vio alemanes en el lugar, sino que judíos y polacos que hacían las veces de policía, determinaba quienes serían exterminados y activaban la usina para eliminar a sus congéneres, para asegurarse los favores de los represores germanos y un día más de vida.

En condiciones extremas resulta ser insensato pretender aplicar los mismos cánones morales o las convicciones que sustentamos en un medio que consideramos normal para sobrevivir. En situaciones hostiles para seguir subsistiendo nos vemos en la obligación de consumar actos que ahora juzgaríamos como delictuales o antiéticos, pero que para soportar unos momentos más con vida podrían resultar indispensables, pensando en el ahora y satisfaciéndonos con respirar en el presente. Juzgar a otros con el estómago repleto, con calor y seguridad en el mañana resulta ser bastante fácil. Lo complejo es ser empático y ponerse en la situación desesperada del prójimo para poder siquiera tratar de comprender porque toman decisiones que a nosotros nos puedan parecer cuestionables o absurdas, pero que la fuerza de las circunstancias los empuja a llevar a cabo para seguir caminando. “Sucumbir es lo más sencillo: basta cumplir órdenes que se reciben, no comer más que la ración, atenerse a la disciplina del trabajo y del campo. La experiencia ha demostrado que, de este modo, sólo excepcionalmente se puede durar más de tres meses”. Todos estos individuos son los denominados “hundidos”, son la masa anónima del campo de concentración, “continuamente renovada y siempre idéntica, de no hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos: se duda en llamar muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla”.

En “La Tregua” el autor relata lo que ocurrió luego de la liberación del campo de concentración y todos los padecimientos sufridos por grandes grupos de desarrapados seres humanos que deambulaban sin destinos por Europa tratando de volver a reunirse con los suyos o de comenzar a continuar con sus tronchadas vidas. Sobre la tendencia al olvido o a manipular los recuerdos con el objeto de levantar gestas dirigidas a sustentar alguna propaganda para generar convicciones imaginarias en las masas, falsas proezas y víctimas, héroes de humo; con el objetivo de sacar un provecho del sufrimiento de otros dice: “Es una verdad sabida, y no sólo por lo psicólogos sino por cualquiera que haya dedicado alguna atención al comportamiento de los que lo rodean, o a su propio comportamiento. Los recuerdos que en nosotros yacen no están grabados sobre piedra; no sólo tienden a borrarse con los años sino que, con frecuencia, se modifican o incluso aumentan literalmente, incorporando facetas extrañas… Esta escasa fiabilidad de nuestros recuerdos se explicará de modo satisfactorio sólo cuando sepamos en qué lenguaje, con qué alfabeto están escritos, sobre qué materia, con qué pluma: hoy por hoy es una meta de la que estamos lejos. Se conocen algunos de los mecanismos que falsifican la memoria en determinadas condiciones: los traumas, y no sólo los cerebrales; la interferencia de otros recuerdos <<concurrentes>>; estados anormales de la consciencia; represiones, distanciamientos. .. Es verdad que el ejercicio (en este caso, la evolución frecuente) conserva los recuerdos frescos y vivos, del mismo modo que se conserva eficaz un músculo que se ejercita con frecuencia; pero es verdad también que un recuerdo evocado con demasiada frecuencia, y específicamente en forma de narración, tiende a fijarse en un estereotipo, en una forma ensayada de experiencia, cristalizada, perfeccionada, adornada, que se instala en el lugar del recuerdo crudo y se alimenta a sus expensas”. Los recuerdos suelen ser usados para construir renovadas historias que podrían incluso llegar a ser manipulados por los más espurios objetivos, generalmente políticos.

“Los Hundidos y los Salvados” es un ensayo sobre el ser humano que Levi construye a partir de las condiciones extremas que tuvo que soportar para vivir. Realiza una de sus más brutales y dolorosas de sus conclusiones en base a su experiencia como sobreviviente del infierno, de haber soportado en un medio ideado para quebrar y eliminar al prójimo, diciendo: “Los << salvados>> de Auschwitz no eran los mejores, los predestinados al bien, los portadores de un mensaje; cuanto yo había visto y vivido me demostraba precisamente lo contrario. Preferentemente sobrevivían los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los colaboradores de la << zona gris>>, los espías. No era una regla segura (no había, ni hay, en las cosas humanas reglas seguras), pero era una regla. Yo me sentía inocente, pero enrolado entre los salvados, y por lo mismo en busca permanente de justificación, ante mí y ante los demás. Sobrevivían los peores, es decir, los más aptos; los mejores han muerto todos”. En estos campos de exterminio, que han seguido construyéndose después de Auschwitz, tal vez con otros nombres y en condiciones más sutiles, tal vez como verdaderas máquinas a las que nos sometemos voluntariamente u obligados por las circunstancias, los sobrevivientes son una minoría anómala que vive a costa de la mayoría, de los hundidos. Que logran salir adelante por sus prevaricaciones, habilidades, o por suerte, por haber adoptado decisiones y ejecutados actos inmorales a la luz de los que juzgan, pero que sometidos a situaciones análogas tal vez replicarían para asegurarse seguir existiendo, aunque sea unos momentos más.

Primo Levi murió el 11 de Abril en la misma ciudad que lo vio nacer, en un extraño acontecimiento que para algunos fue un suicidio y para otros un accidente, al caer al vacío desde el hueco de una escalera en su casa.

En su última entrevista conferida a la Revistas española letras libres, recordó respecto a su llegada al recinto en tren: “A los niños y sus madres los mataron rápidamente. De los seiscientos cincuenta que íbamos en aquel tren, las cuatro quintas partes perecieron aquella misma noche o la siguiente, enviados directamente a las cámaras de gas. En aquel escenario siniestro, en plena noche, bajo los focos, con toda esa gente que gritaba –gritaban como nunca se ha oído gritar, gritaban órdenes que no comprendíamos–, bajamos de los vagones y nos pusimos en fila, nos hicieron poner en fila. Delante de nosotros había un suboficial y un oficial –después supe que era médico, pero al principio no lo sabíamos–, y preguntaban a cada uno si podía trabajar o no. Me dirigí a mi vecino, era un amigo, un muchacho de Padua mayor que yo y en mal estado de salud, y le dije: yo pienso decir que puedo trabajar. Y él me contestó: haz lo que quieras, a mí me da igual. Ya había abandonado toda esperanza. De hecho, se declaró incapacitado y no entró en el campo. No volví a verle nunca más, como a ninguno de los otros, por lo demás.”

De los más de 650 italianos que llegaron a Auschwitz con Levi, sólo sobrevivieron 20, asumiendo el autor su compromiso de no olvidar nunca lo que ocurrió, como un homenaje a todos los “hundidos” que por piedad o por haber perdido toda esperanza, o por haberse negado a dejar de ser seres humanos y abandonar sus convicciones, murieron, no por lo que hicieron, sino que por el odio de otros a quienes eran.

Andrés Cruz Carrasco.
Abogado. Udec
Magister en Filosofía moral.
Magister en Ciencias Políticas.

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