
La Universidad de Concepción y el Medioambiente. La obvia consecuencia
En la celebración de sus 104 años, la Universidad de Concepción, a través de su rector Dr. Carlos Saavedra presentó un plan de desarrollo que comprende cuatro grandes proyecciones o líneas de trabajo. Una de ellos me sorprendió, y de manera luminosa y alegre, ya explicaré por qué. Se trata del Proyecto Campus Naturaleza Universidad de Concepción, proyecto que “sella el compromiso institucional con el medio ambiente y la biodiversidad”.
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En el lenguaje del señor rector “el proyecto busca mitigar el impacto medioambiental producido por el ser humano, y reconocer a la ciencia como articulador de la conservación, la restauración ecológica y la investigación, entregando a la comunidad además un espacio educativo y de recreación”. He copiado textualmente la expresión del objetivo del proyecto por su profundidad, claridad secuencial y dicho de un modo simple, directo y sólido.
Creo que no cabe más que felicitar a la Universidad y al señor Rector por esta idea fuerza que relaciona creativamente institucionalidad, ciencia, territorio, medioambiente y comunidad, formulada adicionalmente en un periodo ya claramente crítico para nuestro planeta, nuestro país y nuestro territorio regional y, básicamente, para el ámbito pencopolitano donde orgullosamente habitamos.
En este proyecto el rector se refiere al área adyacente al campus de la Universidad, comprendida por los fundos de su propiedad La Cantera y El Guindo, ubicados en la parte alta del predio universitario, que geográficamente es parte de la cadena de cerros Alto Caracol, que es la que le da definición espacial y carácter a la ciudad toda. Es un territorio aun silvestre o rural, compuesto por los cerros altos que a la vez tienen una topografía muy compleja, con muchas irregularidades y quebradas, cursos de agua, y bastante vegetación nativa, alguna de gran valor. Morfológicamente y en su naturaleza se relaciona con el ahora Parque Nacional Nonguén, magnífica naturaleza con la que de algún modo se funde mediante lo que, quienes lo conocemos, hemos llamado un “corredor natural”, porque tanto la flora como la fauna y la microfauna son continuas entre las dos partes.
Pero por otra parte, dentro de los planes reguladores vigentes, que son los instrumentos de la planificación física territorial oficial, estos cerros de la Universidad están considerados como ‘área urbana’, o de extensión urbana, y pese a su casi inaccesibilidad, el Plan Regulador Metropolitano vigente (manejado por el MINVU) considera el uso del antiguo y rústico camino del Alto Caracol como una conexión con la comuna ciudad de Chiguayante, con un “aterrizaje” de llegada en el campus actual de la Universidad (y que más que favorecerlo, a mi juicio lo perjudicaría, así como también al barrio La Toma).
En la rectoría anterior, aprovechando esta última circunstancia de planeamiento oficial descrita, las autoridades de entonces formularon en esa naturaleza, casi escondida aún, el proyecto Parque Científico y Tecnológico (PACyT). Un tanto oscura y cuidadosamente (sin mayor conocimiento de la comunidad universitaria), lo gestionaron durante varios años, pese a haberse encontrado con pocas o casi nulas oposiciones. Estuve entre los opositores, cuando era docente en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía (habiendo sido inicialmente uno de los dos fundadores de la carrera de Arquitectura en la Universidad, invitado en 1991 para ello por el primer rector elegido después de la dictadura militar, don Augusto Parra Nova). Curiosamente, desde el año 2005 y por iniciativa personal del suscrito, un grupo de docentes formulamos y trabajamos duramente en un plan de desarrollo físico del campus, para lo cual logramos el auspicio y hasta un financiamiento especial solicitados a la rectoría. Y digo curiosamente porque nunca supimos los comienzos de ese otro proyecto Parque Científico y Tecnológico, hasta que obviamente nos enteramos y exigimos opinar e incluso trabajar en su diseño, si ello cabía. Nuestro estudio, era un plan físico que incluía por principio todo el territorio universitario, más allá del campus actual, y para nosotros esa idea del PACyT, tal como estaba concebida, simplemente NO CABÍA. Dimos razones múltiples, aunque la principal era porque la localización elegida se trataba de un “nicho ecológico”, y otras razones hasta más potentes. En una de las primeras oposiciones documentadas por escrito al rector Sergio Lavanchy, el suscrito le planteaba textualmente: “la Universidad debe recuperar ese lugar frágil y valioso, nunca para urbanizar y venderlo, ni para crear un ente artificioso, sobredimensionado y pretencioso. Pero sí para reforzar el parque natural que aún es, con vegetación, flora y fauna nativas, ejemplo de una universidad de verdad ecologista. Eso la prestigiaría ante el mundo”.
Así fue como entonces, ese grupo interdisciplinario que planteaba la reformulación y actualización del plan de desarrollo físico del campus, se constituyó en el principal opositor al PACyT dentro de la universidad. Aun así, formulamos un diseño alternativo, en otra ubicación, con tamaño razonable, con arquitectura simple y ecológica, un conjunto armónico de urbanización y arquitectura respetuosos del lugar natural. Pero nunca fuimos escuchados, sino más bien “baipaseados”. Por ser yo el director de ese estudio para el campus, obviamente era el opositor principal a las ideas ya decididas por la autoridad de entonces, lo que significó que el entonces rector “me invitara a retirarme” de la universidad, lo que finalmente sucedió. Y así entonces, estando el suscrito fuera, el equipo fue disuelto, nuestro estudio integral para el campus fue detenido, se le dio un corte y, en la práctica, fue anulado, como si nunca se hubiese hecho, no obstante estar casi terminado.
Cosas de la vida, digo yo. No obstante, desde fuera de la Universidad seguí opinando públicamente en contrario al proyecto PACyT. Aun así, “académicamente exiliado” asistí a la Universidad como expositor a varios eventos preparados por los estudiantes para discutir ese proyecto, y en los medios de comunicación que me dieron espacio (muy pocos, entre ellos el principal, este medio digital donde ahora se publica este artículo) siempre opiné negativamente. Fue una larga y quijotesca lucha, hasta que 14 años después, el Parque Científico y Tecnológico fue sacado de los tapetes universitarios y los del Gobierno por el actual rector, don Carlos Saavedra (se habían comprometido con su concreción el Gobierno Regional y su Consejo, más el Ministerio de Obras Públicas que administró las primeras obras).
En sus finales, el PACyT se fue desacreditando paso tras paso: porque se demostró que la idea principal era una gran urbanización en un gran terreno imposible, en la práctica un negocio inmobiliario, probablemente para rellenar las alcancías de la propia Universidad, pero que claramente predominaba sobre el parque científico, y se vio que éste fue una “excusa” atractiva (un volador de luces, dijo alguien). Por otra parte, luego de recibir un generoso financiamiento estatal, las obras de ejecución iniciales (con el apoyo del Ministerio de Obras Públicas) terminaron en un desastre ecológico que llevó al retiro voluntario de la empresa contratada para la primera etapa.
En los últimos avatares, un buen día el rector Saavedra, con quien no nos conocíamos, me llamó, invitándome a una reunión con él y con dos altos colaboradores, para conversar sobre el Parque Científico y Tecnológico. Concurrí gustosamente y, con su consentimiento, me acompañó el ingeniero Carlos Bonifetti, ex alumno de la UdeC, reconocido ambientalista con quien hemos trabajado colaborativamente en varias de esas luchas imposibles por la sustentabilidad y el medio ambiente en su más amplia acepción.
Conversamos largas horas con el rector y sus asesores sobre el ya entonces bullado y público tema. De partida, el rector me dijo que conocía muy bien mi posición y todos mis artículos al respecto, que no son pocos. Intercambiamos posiciones en un diálogo amable, muy franco y técnico, también profundo. Después del largo análisis conjunto, con Carlos le expusimos nuestra idea de lo que debía ser ese valioso territorio universitario, más allá de una gran urbanización inmobiliaria y un parque científico-tecnológico casi agregado: una recuperación ambiental, territorial y botánica, casi como una continuación del vecino Parque Nacional Nonguén, una joya natural rematando en lo alto una ciudad demasiado fría y con falta de “sabor”. Algo que diera prestigio adicional a la Universidad, y más allá del ámbito local nacional, derramara bondad e interés ecológico por la vida en todas sus manifestaciones, un ejemplo de recuperación científica y sustentabilidad natural, de esos que no se encuentran. Y desarrollado por una universidad que demostraba así ser verdaderamente ambientalista.
Es la primera vez que hago público, y tangencialmente, este affaire sobre el PACyT. Transcurridos ya años desde que aceptara la “invitación” a dejar la Universidad, y habiendo pasado un buen tiempo desde que se planteara el proyecto en ese lugar por la anterior rectoría, y el actual rector don Carlos Saavedra decidiera hacer “un borrón y cuenta nueva”, creo que es bueno y sano dar a conocer el trasfondo de las “cosas”. Si antes dije “cosas de la vida”, ahora agrego: pero así se tejen “las cosas” …
Para la Universidad fue un buen y sano final para esa trama un tanto oscura. Para la ciudad, para el campus universitario y para el rector Saavedra el Proyecto Naturaleza será un broche de oro. La Universidad derivó inteligentemente la idea reenfocando su estructuración y el sentido, …otra cosa. Enhorabuena.
AZE
26/05/2023
Fuente de figura:
https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/a-universidad-de-concepcion-por-cerro-caracol-2194566







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