«Mister Monroe ha dicho: Se reconoce que la América es para los americanos…¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra! Hay que desconfiar de esos señores, que muy bien aprueban la obra de nuestros campeones de liberación sin habernos ayudado en nada. ¿Por qué ese afán de Estados Unidos en reconocer la independencia de América sin molestarse ellos en nada? Yo creo que todo esto obedece a un plan concebido de antemano, y ese sería hacer la conquista de América, no por las armas sino por la influencia en toda esfera. Eso sucederá tal vez no hoy, pero mañana sí»

Diego Portales (1822)

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La urgencia que nadie quiso discutir

Rafael Rosell Aiquel

Rector de la Universidad del Alba

Miles de familias siguieron el último debate presidencial con la expectativa —más bien la necesidad— de escuchar una señal clara sobre el futuro educativo de sus hijos. El momento era propicio: luego de años marcados por brechas, rezagos de aprendizaje y un sistema tensionado por desigualdades persistentes, la ciudadanía buscaba respuestas que iluminaran un camino posible. Sin embargo, esa claridad nunca llegó.

La educación reapareció como un tema más dentro de un guion saturado de diagnósticos repetidos, pero escaso en soluciones concretas. Se mencionaron problemas estructurales, sí, pero sin explicar cómo se fortalecerá a los docentes, cómo se abordará la recuperación de aprendizajes que aún golpea a los sectores más vulnerables ni qué medidas garantizarán que el lugar de nacimiento no siga condicionando el destino educativo y laboral de cada niño.

El debate omitió también un punto crucial: la urgencia de reconstruir confianzas en un sistema que necesita estabilidad, planificación y políticas sostenidas más allá del ciclo electoral. En un país donde la educación ha sido históricamente un motor de movilidad social, esta falta de definiciones no solo frustra a las familias, sino que empuja a Chile hacia una peligrosa incertidumbre estratégica.

Mientras otras urgencias ocupan la agenda —legítimas, sin duda— cuesta comprender que la educación siga relegada a un segundo plano. El país parece olvidar que en este terreno no se discuten solo reformas sectoriales: se define la calidad de vida futura, la competitividad, la cohesión social y la capacidad de innovar en un mundo cada vez más exigente.

La ausencia de propuestas sólidas no solo desnuda la falta de visión; deja en evidencia que aún no asumimos que ningún proyecto de país es sostenible si no ponemos la educación en el centro. Y mientras esa convicción no se traduzca en políticas robustas y medibles, seguiremos debatiendo sobre síntomas sin enfrentar la causa. Chile puede discutir muchas urgencias, pero ninguna es más decisiva que la educación. Cuando un país deja de ponerla en el centro, lo que está en juego no es una reforma: es su futuro.

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