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LAS MATEMÁTICAS Y LAS DIFERENCIAS DE GÉNERO.

El Colegio Cardenal Raúl Silva Henríquez, ubicado en la comuna de Puente Alto, no sólo debe batallar con los desafíos que sus alumnos enfrentan por encontrarse insertos en un medio social y económicamente complejo, afectado por altos niveles de delincuencia; sino que además, debe lidiar con las diferencias de género que se manifiestan a temprana edad entre sus estudiantes.

Según señala un reciente artículo publicado por el diario La Tercera, la directora de este establecimiento comentó que “en este país se cree que los niños son mejores en matemáticas y las niñas son aptas para el área humanista”; y esta creencia se transforma a nivel país en una especie de profecía autocumplida, que se ve confirmada en este establecimiento al observarse  que los resultados de los niños en matemáticas son significativamente más altos que los de las niñas en la misma asignatura. Esto se identifica también con claridad en los resultados nacionales del Simce. Desde el año 2004 en adelante se ha podido constatar que a partir de octavo básico la brecha de género comienza a acrecentarse, siendo los hombres los que, en la última década, obtienen en forma consistente los mejores resultados en matemáticas.

Evidentemente, las áreas humanistas y científicas del conocimiento aportan de igual forma al desarrollo de nuestra sociedad; no pretende este artículo denostar una en favor de la otra. Por el contrario, reconociéndoles su valor, esta reflexión intenta entender cómo las diferencias de género afectan las preferencias de nuestros niño(a)s, y enfatizar la importancia de generar igualdad de condiciones y oportunidades en el proceso educativo, independiente de cualquier prejuicio de género.

Sin lugar a dudas, niños y niñas nacen con las mismas aptitudes. Numerosos estudios han confirmado que el ambiente social, económico y cultural influye significativamente en el desarrollo potencial de los menores y adolescentes; sin embargo, expuestos a un medio ambiente similar, la brecha de género detectada por el colegio Cardenal Raúl Silva Henríquez, se confirma no solo en Chile sino que a nivel mundial.

En los últimos 20 años, diversas investigaciones se han enfocado en determinar si existen diferencias en las habilidades de aprendizaje entre hombres y mujeres. Estos estudios han estado motivados por la baja proporción de mujeres que estudian ciencias y matemáticas a nivel universitario o que optan por profesiones asociadas a las ciencias naturales. Según señalan Halpern y Hyde, estas investigaciones han concluido de manera inequívoca, que aún cuando hay algunas diferencias entre niños y niñas, estas son insignificantes y no permiten justificar diferencias en sus capacidades cognitivas.

Habiendo descartado entonces las diferencias cognitivas como fundamento para las preferencias científicas de hombres y mujeres, qué hace que los niños desarrollen mejor su potencial en las matemáticas que las niñas? Qué hace que llegada la adolescencia, los jóvenes hombres obtengan en general mejores resultados en las áreas científicas que las jóvenes mujeres? Qué hace que en el ámbito universitario, profesiones como ingeniería sean mayoritariamente escogidas por hombres en lugar de mujeres?

La respuesta es simple y compleja a la vez; cuestiones de género.

El concepto de socialización (diferente al concepto de socializar) se refiere al proceso por el cual las personas aprenden a ser miembros competentes de la sociedad. Este proceso establece la manera en que las personas llegan a entender las normas y expectativas sociales, aceptando las creencias y reconociendo los valores que la sociedad determina como apropiados.

De manera simplificada, este proceso de socialización se da fundamentalmente en tres esferas distintas: la esfera de la familia, que entrega los primeros elementos acerca de las relaciones entre individuos en nuestra sociedad; la esfera de la educación, que se extiende desde la familia hasta las instancias de educación formal, y que se encarga de la transferencia del bagaje cultural de una sociedad de una generación a otra; y la esfera cultural, que constituye el entorno que facilita la creación, aceptación y preservación de valores culturales.

Según señalan Kimmel y Holler, la escuela es considerada la segunda institución de socialización primaria en el esquema de sociología tradicional. Cuando nuestros niños a muy temprana edad tienen su primera experiencia escolar, lo hacen ya como sujetos de un género, que ha sido expuesto e influenciado por las diferencias e inequidades de género que permean la familia, la relación con sus pares, la religión y los medios de comunicación. Desde esta perspectiva, el salón de clases los recibe y, consciente o inconscientemente, tiende a reproducir, profundizar y perpetuar estas diferencias y desigualdades.

Podemos entonces afirmar que la brecha de género entre niños y niñas surge en primer lugar en la esfera familiar. Nuestros hijo(a)s nacen y se desarrollan en ambientes familiares que les entregan directa o indirectamente, voluntaria o involuntariamente, mensajes de género carentes de neutralidad. Ya sea en la forma de vestirlos, los juegos que se les enseñan o los roles que se les asignan, desde muy temprana edad nuestros hijos reciben reiteradamente mensajes que establecen roles de “hombre” para nuestros niños y roles de “mujer” para nuestras niñas, entendiendo por ello estereotipos de lo que nuestra sociedad conservadora e históricamente patriarcal ha entendido como aceptable para unos y otros. Y esta constante repetición tiene como resultado que nuestros hijos llegan al colegio con una carga y predisposición acerca de lo que la sociedad espera de ellos como sujetos de un género en particular.

Esta falta de imparcialidad de género, se profundiza con la entrada al colegio; es allí donde la autoestima de nuestras hijas sufre un segundo golpe, que las relega poco a poco a los roles que la sociedad patriarcal considera aceptables para ellas. Imperceptiblemente, las jóvenes van recibiendo a diario y aceptando casi como algo natural, que su rol social está más asociado a la familia y el cuidado de esta, que al desarrollo educativo y profesional en igualdad de condiciones y con igualdad de oportunidades. Y esto ocurre en un ambiente educacional que en muchas ocasiones agudiza en lugar de combatir las diferencias; desde las actividades escolares deportivas, los trabajos manuales, la enseñanza de las artes, humanidades y las ciencias; en la mayor parte de nuestros colegios, los programas educativos y la educación en sí misma, están influidos por una visión de género y roles profundamente patriarcal.

Indudablemente, en el ambiente descrito, el esfuerzo realizado por el colegio Cardenal Raúl Silva Henríquez, es no sólo valioso sino que digno de destacar. Sus esfuerzos por mejorar la autoestima de sus alumnas, apoyar sus niveles de participación, reforzar su rendimiento en las asignaturas de matemáticas y  promover el reconocimiento y aceptación pública, van por el camino correcto.

Como señalara el secretario ejecutivo de la Agencia de Calidad de la Educación, estas iniciativas contribuyen a “desmantelar patrones culturales tan arraigados”; sin embargo, estos esfuerzos aislados no tendrán resultados a nivel sociedad sin un compromiso por parte del gobierno (actual y futuro), en el sentido de revisar nuestro modelo educacional, sus programas y contenidos, cambiando sus énfasis, de manera que la educación se transforme en una herramienta efectiva que combata y termine con las diferencias de género, abriendo oportunidades, en igualdad de condiciones, para nuestros hijos e hijas.

Como señalara Saldaña Diaz, solo en la medida en que desarrollemos un modelo de educación en igualdad y para la igualdad, que rompa con los límites impuestos por las categorías de género, potenciando el valor del conocimiento por sobre los estereotipos estructurales que diferencian entre sexos, podremos realmente avanzar en una educación de calidad, en condiciones que hagan posible la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Este modelo de educación inclusiva, no sexista, respetuoso de las diferentes identidades y potenciador de la personalidad e individualidad de nuestros hijo(a)s, permitirá el pleno desarrollo de sus potencialidades, sin los límites impuestos por las arcaicas restricciones de género.

Tarea difícil; tarea de todos.

 

Maroto, Canadá.

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