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Leer a la Escuela de Fráncfort

Los clásicos del pensamiento nunca dejan de perder vigencia, más aun en tiempos donde la incertidumbre, la falta de certezas, de tiempos líquidos y de carencia de mirada proyectual se han convertido en los mejores síntomas del vacío o abismo que observamos en nuestra sociedad; por ello, retomar la lectura, análisis y mirada crítica que hicieron determinados intelectuales a la sociedad de la época parece ser un buen ejercicio para ir superando la insignificancia y el pensamiento único.

Uno de aquellos casos, que cuestionó lo establecido y puso en tela de juicio lo aceptado como verdadero y único, fue la Escuela de Fráncfort. Surgido en Alemania en 1923, el Instituto para la Investigación Social tuvo un desarrollo significativo en sus años de existencia; sin embargo, tuvo que enfrentar dos obstáculos. Por una parte la hegemonía del marxismo soviético liderado por Stalin y por otra la amenaza que significó el nazismo, de ahí que su influencia intelectual estuvo limitada durante muchos años al exilio, no obstante aquello, desde fines de los años cincuenta y con mayor propiedad en los sesenta, los francfurtianos pasaron a ocupar un papel central a la hora de teorizar sobre la sociedad occidental industrial y sus dispositivos de control y dominación.

En esa y otras tareas del pensamiento crítico de la sociedad existente, las contribuciones de Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Walter Benjamin o Herbert Marcuse entre otros fue fundamental. Los temas que abarcó el trabajo de la Escuela de Fráncfort fueron diversos, desde aspectos políticos hasta de musicología, siendo la perspectiva de la Teoría Crítica el factor más decisivo y llamativo de ellos, particularmente de Horkheimer y Adorno.

A partir de la crítica a la Ilustración como proceso histórico que en su objetivo de dominar la naturaleza terminó por cosificar las relaciones personales, éstos intelectuales se adentraron en las formas de dominación de la sociedad industrial por medio de la tecnología. De esta forma a la razón objetiva, vinculada a los grandes sistemas de pensamiento filosófico, se ha terminado por imponer una razón subjetiva o instrumental que tiene como objetivo o centro la preocupación por todo aquello que sea necesario para servir los intereses de los seres humanos, con lo cual ha instalado una cultura de alienación que se reduce a la técnica.

En medio de este proceso, la sociedad industrial ha terminado por racionalizar y planificar la vida de las personas. La industria cultural se encarga de manipular la sociedad de masas, con lo cual el tiempo de los individuos está sometido a la mercantilización y estandarización que no hace otra cosa que servir al sistema. A una cultura del consumo. En otras palabras la industria cultural, léase el cine, televisión, radio promueven individuos pasivos y acríticos; es decir induce al conformismo generalizado.

Por eso mismo es tan importante leer en estos tiempos las contribuciones de la Escuela de Fráncfort, ya que nos lleva a pensar las formas que tiene el sistema económico de ejercer su dominación. Ya Marcuse lo señaló en su momento, de como el capitalismo acrecentó dicho proceso, incrementando la producción y el consumo en las personas. Por un parte se sitúa el gozo de la vida y por otra la productividad del trabajo. En otras palabras, la sociedad industrial pasa a constituirse en un gran productor de necesidades y al mismo tiempo ofrece la solución o mejor dicho la satisfacción de aquellas. Es ahí donde deberíamos poner (hoy en día) la atención, en los dispositivos culturales de dominación del sistema.

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