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LO INCIERTO DE LO OBVIO

Maroto

Desde Canadá.

Dos peces jóvenes se encuentran con un pez mayor que nada en dirección contraria a ellos. ¿El pez mayor los saluda y les pregunta: “¿Cómo está el agua, chicos?” Los tres peces siguen su camino. Finalmente, uno de los peces jóvenes mira al otro y le pregunta: “¿Que carajos es el agua?” (David Foster Wallace)

La anécdota contada por Wallace en el 2005 tiene hoy una vigencia indiscutible y nos llama a reflexionar acerca de aquellas cosas que damos por obvias o consideramos evidentes y que hemos dejado de apreciar y cuidar.

La democracia, es un claro ejemplo de lo anterior. En los últimos años hemos observado el surgimiento de movimientos, partidos y líderes políticos cuyas ideas y propuestas contradicen elementos centrales de la democracia como sistema de gobierno. Discursos de tono mesiánico basados en la intolerancia, la división entre buenos y malos y la segregación de la sociedad entre patriotas y antipatriotas, son cada vez mas comunes; y lo que es más grave aún, logran concitar el apoyo de sectores de la ciudadanía que ven en ellos una reacción a años de frustración acumulada o una oportunidad para imponer agendas que por su carácter sectario e intransigente, habían sido previamente consideradas como inaceptables.

Frente a este paulatino deterioro en la salud de nuestra democracia, nos encontramos con una respuesta marcada por la indolencia y la apatía.

La gran mayoría de nuestros líderes, políticos y de gobierno, continúan enfrascados en discusiones y disputas de escasa relevancia, demostrando una negligencia inexcusable frente al progresivo deterioro de los valores y principios que sustentan nuestro sistema de gobierno. La indolencia se manifiesta en este caso como una flagrante falta de interés y responsabilidad para hacerse cargo de denunciar y efectivamente corregir aquellas conductas que atentan contra la salud de nuestra democracia. Cuando nuestros líderes, a través de su actuar,  permiten que diferencias políticas, socio-económicas o religiosas se manifiesten en una polarización política y partidismo extremo, que hacen difícil sino imposible un diálogo honesto, transparente, fluido y fructífero, se transforman en responsables ellos del debilitamiento de los equilibrios necesarios para la existencia de un sistema democrático de calidad.

La ciudadanía reacciona, en general, con una mezcla de estupor y apatía. Si bien nos encontramos hoy frente a un cúmulo de demandas sectoriales de importancia, que parecen movilizar temporalmente a sectores significativos de la sociedad, no parece existir una preocupación ciudadana permanente y profunda por la solidez del sistema democrático. La ciudadanía se presenta como un cuerpo social activo frente a demandas relacionadas con necesidades individuales, y sin embargo pasivo frente al deterioro del sistema que le permite expresarlas. Estamos hoy frente a una ciudadanía que parece asumir un rol de espectador crítico frente a una democracia que se observa disfuncional, pero que reniega de su rol protagónico en la atención de los conflictos que reclama y denuncia en relación al funcionamiento del sistema democrático; y la falta de participación política es una clara prueba de ello.

La democracia como sistema de gobierno puede parecernos hoy como algo obvio. Sin embargo, la historia nos demuestra que su supervivencia está marcada por la incertidumbre y depende en gran medida de la atención y cuidado que como ciudadanos pongamos en su diario ejercicio.

Como aquellos dos peces que inadvertidamente deben su vida al agua, la ciudadanía debe su capacidad de ejercer derechos y deberes a la democracia.

Frente a esta incertidumbre de lo que parece obvio, nuestro deber de atención y cuidado para con la democracia requiere de un compromiso ciudadano activo, que se traduzca en que nos informemos apropiadamente, ya que es la información la que nos permite actuar como seres pensantes, con espíritu critico y propositivo; que aportemos activa y positivamente para mejorar aquello que es mejorable; que nos comprometamos, no sólo con aquellas causas que responden a beneficios individuales, sino que con aquellas que interesan a la comunidad y sociedad; que participemos dejando de lado la indiferencia para transformarnos en protagonistas de nuestra historia; y que vivamos nuestra responsabilidad ciudadana bajo los valores esenciales de la solidaridad, tolerancia, diálogo, y respeto a la diversidad.

Los males que afectan a la democracia no se resuelven con la ignorancia, indolencia y apatía, sino que, por el contrario, con un esfuerzo responsable y consciente por profundizarla.

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