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NUESTRA JUVENTUD ACOSADA.

Maroto

Desde Canadá.

Los acontecimientos de los últimos días, el suicidio de un joven (hecho por cierto ni único ni aislado), nos obliga a detenernos un momento a pensar el modelo de sociedad que hemos construido y que le estamos heredando a nuestros hijos e hijas.

Está reflexión parte del supuesto de que la formación de los hijos debe darse ideal y principalmente en el seno de la familia y en conjunto con la comunidad escolar que los acoja. Son estos dos pilares, los que de manera corresponsable y conjunta, moldearán desde su más temprana edad a nuestros niños y niñas. Ambos tienen responsabilidades y tareas propias en la labor formativa, que indudablemente y con el correr de los años, se refuerzan y potencian unas a otras. Familia y comunidad escolar, comparten entonces, cada uno desde su propio rol, esa tarea fundamental; mostrarle a nuestra juventud la sociedad que queremos y entregarles las herramientas para construirla y desarrollarse en ella.

Y en esta labor compartida, ¿Cuáles son los valores que les enseñamos a nuestros jóvenes? ¿Qué motivaciones son las que les inculcamos? ¿Cuáles son las fuentes de inspiración que ponemos frente a ellos a través de nuestro ejemplo? ¿Cuál es el modelo de sociedad que les ofrecemos y les enseñamos a buscar?

Una mirada rápida nos permite constatar, que sin perjuicio de los genuinos esfuerzos realizados por muchas familias y comunidades escolares para formar una juventud consciente e interesada en la búsqueda del bien común, estos chocan diariamente con una sociedad que contamina y acosa el alma de nuestros jóvenes con al menos cuatro graves deformaciones.

El exitismo; esa necesidad, no de ser mejor, sino que de ser reconocido como EL mejor. Nuestros hijos ven a diario como lo que se premia es el éxito; ese éxito medido no necesariamente por el esfuerzo y compromiso puesto en el camino hacia un objetivo, sino que por la supuesta grandeza de lo logrado. Quien más logra es quien más éxito tiene; quien más éxito tiene, obtiene un mayor reconocimiento social; y quien más reconocimiento social acumula, tiene más estatus. El atesoramiento de medallas y estatus es realmente lo premiado; la experiencia y lo aprendido solo tienen valor si están coronados por esta noción de éxito, marcada por lo material y efímero de su contenido.

El consumismo; esa necesidad de tener, sin límites. Nuestros jóvenes constatan a diario como nuestra sociedad mide los niveles de éxito en la vida por lo que se tiene, y no por lo que los seres humanos realmente valen. Las medallas a colgarse al cuello no tienen relación con valores, principios y buenas acciones, sino que se traducen en un desenfrenado materialismo: la mejor ropa, la mejor casa, el mejor auto, las mejores vacaciones, el título profesional más vistoso, etc… Quien logre acumular más de estás medallas asegura supuestamente mejores niveles de felicidad en la vida; o por lo menos la posibilidad de ostentar de aquello.

El inmediatismo; y por supuesto que este éxito y necesidad de tener, deben darse de inmediato. Nuestra sociedad le enseña a nuestros jóvenes a esperar satisfacciones instantáneas. Todo aquello que requiere trabajo y esfuerzo y por lo tanto tiempo, es menospreciado. ¿Porqué esperar, si hay tantas cosas que podemos tener ya? No importa que este tener de manera instantánea genere satisfacciones que en la mayor parte de los casos se caracterizan por ser efímeras y acompañadas solo de una sensación de bienestar pasajera. La paciencia, constancia y perseverancia que usualmente acompañan los grandes logros, esos que marcan y acompañan en la vida, parecen ser cosas del pasado, más propias de un museo que de la sociedad actual.

El competitivismo; y para tener éxito, tener más y tenerlo ya, se requiere competir. No hay lugar en nuestra sociedad para el esfuerzo colectivo cuyos logros se comparten. ¿Porque compartir lo que puedo lograr y disfrutar solo? ¿Porque esforzarme colectivamente si el esfuerzo individual me permite gozar de un éxito que no tengo que compartir? ¿Porque trabajar de manera colaborativa, arriesgándome a tener que compartir el resultado de los esfuerzos realizados? La competencia en sí misma no es mala; sin embargo, la competencia desenfrenada, que nos lleva a mirar al otro no como compañero de ruta sino que como potencial amenaza, pervierte el espíritu de comunidad y nos transforma en seres esencialmente individualistas.

Solo un cambio de modelo de sociedad centrada en lo colectivo, la colaboración, la solidaridad y la búsqueda del bien común, que parta desde y permee hacía la familia e influya en los modelos educacionales implementados por la comunidades escolares, podrá cambiar el paradigma al que se ven enfrentados diariamente nuestros jóvenes. La responsabilidad de impulsar este cambio es un imperativo y una deuda para con ellos que no puede esperar.

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5 Comentarios en NUESTRA JUVENTUD ACOSADA.

  1. Me gustó esta columna, creo que refleja la realidad al menos en Chile.Creo que a los padres que tienen valores más profundos y no tan efímeros, les cuesta “luchar” (cambiar mentalidades) contra la presión y necesidad de ser ( y consumir) como sus pares que viven la mayoría de los adolescentes.

  2. Buena reflexión, totalmente de acuerdo. Esas cuatro “bestias” deben ser primero identificadas y luego extirpadas para una verdadera libertad del espíritu, a mi modo de ver, aunque probablemente siempre continuarán asechándonos. Competetivismo quizás es sinónimo de individualismo. Gracias.

  3. Qué buena reflexión…que buena orientación…
    Ser padre, debatirse entre deberes y derechos para educar y formar, tarea nada fácil.

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