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OJO CON LAS FALACIAS

Fernando Arriagada Cortés

Investigador y escritor.

En clases de filosofía, el profesor nos enseñaba que las falacias eran aquellos argumentos falsos que aparentaban ser verdaderos y los cuales se originaban en errores del lenguaje, como producto de una falta de coordinación de tipo lógico. Un texto nos aclara que “las falacias son una forma de razonamiento que parece correcto, pero resulta no serlo cuando se analiza cuidadosamente”.

Sin entrar en las divisiones propias de los estudiosos del problema, es conveniente señalar que estas abundan en el hablar cotidiano y de no estar preparados para ellas podemos caer en sus redes y aceptarlas como veraces debido a su desconocimiento.

Un ejemplo de estas, es la autoritaria frase de preguntar al otro ¿quién eres tú para decirme eso?, Expresión muy socorrida en altercados. Ahí está presente la falacia ad hóminen, en donde nuestro interlocutor, abandonando su defensa ya deteriorada, procede a descalificar ofendiendo a quien le ha formulado un cargo que le duele o molesta  y posiblemente sea verdad. Lo correcto debería ser que se refute con sólidos y bien ordenados argumentos.

“Si usted no cumple con pagar sus deudas, me veré en la obligación de tomar otras medidas, como demandarlo” es otra falacia muy conocida y socorrida, propia de situaciones de apremios económicos. En filosofía se conoce como ad báculum, en donde se apela a la fuerza para lograr el objetivo. El argumento correcto debería de ser las ventajas de pagar a tiempo lo adeudado, pero como vivimos en Chile, es muy fácil encontrarla y verla aplicada. Generalmente es muy usada cuando fracasan las razones y doblegar la voluntad del otro. Esta falacia está grabada en el escudo nacional.

Solicitar a alguien que demuestre científicamente que Dios hizo el mundo es otra conocida falacia, muy socorrida entre libre pensadores y ateos. Es conocida como la falacia de la ignorancia, debido a que nadie ha sido capaz de demostrarlo, el que hace la pregunta cree tener la verdad a partir de la ignorancia del otro. Además aquí hay una mezcla de niveles del conocimiento. La ciencia y la teología son dos maneras diferentes de conocer, que tienen  métodos distintos de aprehender la realidad.

“Pido para mi defendido la absolución de sus cargos debido a que es hijo de madre viuda y es el mayor de varios hermanos, todos los cuales dependen de él para vivir”, puede ser la hipotética defensa de un condenado, conocida como la falacia de la piedad, en donde, olvidando faltas sociales, se implora misericordia por situaciones laterales ajenas al  origen de la sanción. El juicio de Sócrates es un clásico ejemplo en el uso de estos argumentos.

Los fanáticos religiosos generalmente apelan a los libros sagrados para defender sus ideas. Como muchos sentimos respeto por la divinidad, resulta fácil argumentar eso de “palabra de Dios”,  “si en la Biblia está  escrito”,  “lo dijo el Papa”,  “así lo dice la ley” y varios ejemplos más que van constituyendo la falacia de la autoridad, basados en el respeto y hasta afecto que muchos sienten por personas famosas, especialmente cuando el citado poco o nada tiene que ver con el meollo del tema. Un ejemplo claro es cuando un político cita al Papa o las elecciones se pretenden transformar en purgas teológicas.

Muchos son los argumentos falaces que circulan por todas partes, como los aquí presentados, que demuestran la necesidad de cuidarnos de ellos, corrigiendo estos vicios del  lenguaje, que todos tenemos y debemos de evitar.

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