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Oscar Francisco Sepúlveda Bunster: “Los muchachos de antes no usábamos iPhone”

Remijio Chamorro Rodríguez

Club AM de Periodistas y Amigos de la Prensa de Concepción

Si alguna de las personas que conoce a Pancho Sepúlveda quisiera encontrarse con él no tiene para qué averiguar su dirección en la Villa San Pedro, de San Pedro de la Paz. Bastará con que un día se pasee por Pinto, pleno centro penquista, por debajo del portal de la Gobernación Provincial (ex Intendencia). Lo encontrará ahí o en el circuito del entorno de la Plaza de la Independencia.

 Los años transcurridos algo dirán del paso del tiempo en Oscar Francisco Sepúlveda Bunster. Pero él siempre camina firme, seguro, casi elegante, haciendo con la mirada –como los antiguos reporteros– un permanente “barrido”visual de todo su alrededor, del panorama a su alcance. Siempre formal, terno y corbata. A veces con un fino chaquetón si el tiempo amerita.

Él reconocerá fácilmente a cualquier amigo que se le acerque y va a pronunciar su nombre completo y agregará un “¡qué tal muchacho..!”. Todo, ya acosando los 91 años de edad (nació el 17 de enero de 1928), de los cuales compartió 68 con su esposa Marta Careaga Pincheira (88), con quien fue padre de 4 hijos varones y 2 mujeres.

Partió en 1947

El reportero gráfico de muchos diarios penquistas del siglo pasado, y de algunas ex corresponsalías santiaguinas, como la de la ex “La Nación”, en suma se mantiene casi en perfectas condiciones físicas y con memoria impecable. Casi, porque a los días de un primer encuentro tuvo una descompensación por la cual fue a dar al Hospital, volviendo después de unos días a casa.

Está muy claro que se inició en 1947, en el “Diario Austral de Temuco”, en el Fotograbado, donde se hacían los “clichés” metálicos en el cual iban estampadas las fotografías.

Estas planchas –bueno es recordar de paso– se iban a la “rama” o armado metálico de cada página del  diario en base al cual se grababa en bajo relieve un cartón especial que al ser rellenado con plomo daba lugar a un cilindro que finalmente llegaba a la rotativa para la impresión de las páginas de una publicación. Todo, antes que apareciera el sistema off set, estrenado en Concepción en el “Diario Color” (1971), y en “El Sur” en 1982, al cumplir éste sus 100 años.

Al “Austral” lo llevó el periodista Emilio Sierpe, iniciando carrera rápidamente como reportero gráfico que se prolongó por 49 años y que incluyó el fenecido “La Patria” y la antigua “Crónica”. En “La Patria” trabajó con el editor Jorge Cornejo Bravo y con un referente de los antiguos de la prensa penquista: Ernesto Rodríguez Landaeta.

Jubilado con harto trabajo

Gran parte de su tiempo lo trabajó como jubilado por cuanto fue uno de los beneficiarios de una antigua ley que permitía que por el trabajo en ambientes tóxicos, como ocurría en los diarios, por los químicos de los laboratorios fotográficos (ácido nítrico, entre otros), y en los talleres, bastaban 20 años laborales para el retiro.

Éste fue en 1968, pero siguió trabajando a vales (u honorarios) hasta comienzos de este siglo, incluyendo una pasada de 3 años por la desaparecida revista policial “VEA” (“su temática principal eran los crímenes”). También estuvo en “La Tercera”y en “La Tribuna” de Los Ángeles.

En tanto sus últimas funciones las cumplió a inicios de este siglo en Relaciones Públicas de la Municipalidad de Talcahuano, bajo las órdenes de otro viejo lobo de mar: el ex alcalde Leocán Portus Govinden.

El diario bajo el brazo

Especial recuerdo guarda de la ex alcaldesa penquista Ester Roa de Pablo. “Era una persona muy gentil, amorosa en el trato con los periodistas, atendía muy bien a la prensa”. También recuerda a un director de “El Sur”, Armando Lazcano, cuya lección-orden para quienes hacían turno vespertino era “El periodista tiene que irse a la casa con el diario bajo el brazo, si no, no es periodista”.

Y así lo hacía muchas veces a las 2.30 AM, con el agregado de que en sus tiempos juveniles no había locomoción colectiva a esas horas, por lo cual se iba caminando a su domicilio en Barrio Norte…Afortunadamente eran otros tiempos en que el delito no era tan  abundante.

Igualmente dice que aprendió muchas lecciones con Hernán Bernales Hinojosa, El Tata, reportero gráfico de excelencia. Como que Bernales Hinojosa llegó a ser Premio Nacional de Periodismo.

Fusilamiento

¿Los casos  más impactantes que cubrió? “Muchos, el de un misterioso crimen en una galería céntrica de la capital regional que obligó a traer detectives de Santiago para la investigación. Muchas tragedias de tránsito, especialmente en caminos tipo carreteras”.

“Pero el más impactante, sin dudas, fue el fusilamiento del Chacal de Nahueltoro, José del Carmen Valenzuela, un jornalero o peón de campo analfabeto que, bebido, mató a 6 personas. Claro que ese hombre cambió del cielo a la tierra mientras estuvo preso, ya que aprendió a leer, buenos modales, algo de religión. Era otra persona al morir. Pidió que el Presidente de la República (años 60, Jorge Alessandri Rodríguez) le diera el indulto, Pero eso no ocurrió. Fue todo un caso muy fuerte, finalmente murió fusilado”.

Así recuerda este reportero gráfico de los tiempos en que muchos aspectos del trabajo periodístico tenían una cuota de heroísmo. Nada de teléfonos móviles, solo existían los fijos antiguos, de magneto. Entonces los llamados enviados especiales a cubrir un caso periodístico grande, lejos, usualmente solo viajaban en micro. En su juventud en todo caso Pancho dice que todo el mundo se asimilaba a estas condiciones y aún a otras más sencillas.

Quizás en su caso porque era hombre sureño, temucano por el lado Sepúlveda y angolino por el de Bunster, con familiares asociados a la propiedad del industrioso fundo El Vergel de la capital de Malleco.

Al promediar la centuria pasada nadie siquiera soñaba en Chile con los computadores ni menos con los IPhone.

Han bastado unos 20 minutos, o quizás un poco más, para repasar muchas de sus vivencias. Pancho se despide como si al otro día nos fuéramos a ver de nuevo y sigue caminando por el centro penquista. Con su formalidad y la vista haciendo nuevos “barridos” visuales, que, claro, como ayer, también comprenden a transeúntes mujeres, penquistas y hermosas.

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