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Padres separados con hijos pequeños

Al separarse una pareja con hijos, se desintegra un sistema  para dar paso a una nueva realidad familiar.  La decisión de terminar con la relación, es un momento de profunda crisis, que por lo general viene antecedido de una carga significativa de estrés, que suele traducirse en discusiones y malos tratos, ya sean psicológicos, verbales e incluso físicos, con el consiguiente desgaste emocional.

Dependiendo de la edad de los hijos, la separación de los padres les afecta de diversa forma. Mientras más pequeños, están más expuestos al ambiente parental, por lo que los adultos hagan, tendrá una mayor repercusión en ellos.  En ese caso,  la díada parental  debe tener plena consciencia que el niño está atravesando por un importante conflicto emocional, lo exteriorice o no, ante lo cual se debe extremar el cuidado en el manejo de la separación.

De modo general, los niños experimentan sentimientos de cercanía y rechazo hacia sus padres, en situaciones “normales,” lo que es parte del crecimiento y la diferenciación progresiva  respecto a los adultos y se va dando en la cotidianeidad de la relación. Al producirse la separación, esa posibilidad se ve mermada, interrumpiendo la posibilidad de retroalimentación que entrega la crianza del día a día. El niño se  queda viviendo con unos de los padres, recibiendo el influjo de éste y comienza a distanciarse con el otro, cuya imagen cambia, pues los contactos son más fragmentados y el progenitor que no vive con el niño, tiende a mostrarse micho más “deseable”, producto del menor tiempo disponible para compartir.

De manera muy sucinta, frente a la separación de los padres,  el niño experimenta dos tipos de conflictos:

1.- Conflicto de lealtades: se suscita en torno al sentimiento de abandono por el progenitor que se va y sentimiento de apego hacia el progenitor que se queda, lo que genera una lealtad escindida. El niño se ve expuesto, y a veces presionado, a asumir lealtad por uno de los adultos, en detrimento del otro.

2.- Triangulación: es cuando el niño recibe mensajes contradictorios  desde los adultos que le generan desconcierto y angustia. El niño, en un vértice del triángulo, se siente tensionado por los otros dos componentes.

Ambas situaciones se relacionan el  cisma marital, en el que cada uno de los miembros de la pareja se dedica a desprestigiar al otro delante de los hijos, creándose dos bandos familiares enfrentados en los que los niños participan activamente.

De este modo, cuando una pareja toma la decisión de finalizar la convivencia, es imprescindible tener muy clara la aparición de estas situaciones, las que se pueden abordar de forma relativamente sencilla a nivel conductual, pues no se desconoce la existencia de dolor emocional que afecta a los padres y la animadversión que  por lo general aparece. Así, se recomienda lo siguiente:

1.- Jamás ventilar asuntos relativos a la ruptura en presencia de los hijos.  Parejas tienden a creer que los niños no se dan cuenta de la situación y son poco cuidadosas en el manejo de la comunicación  y/o discusiones. La separación es siempre una decisión de los adultos, pero que impacta a los hijos.

2.- Diferenciar la separación de la pareja, del rol parental.  El término de la relación implica el cese de un compromiso afectivo y ciertos compromisos que se contraen con el otro, lo que es independiente del ejercicio de la paternidad/ maternidad.  Los progenitores deben facilitarse la tarea, básicamente no entorpeciendo los contactos y hablando positivamente del padre/madre.

3.- Acoger al hijo/hija de manera especial en sus necesidades afectivas y de cercanía. No ahondar en explicaciones acerca de la ruptura y limitarse a asegurar que él o ella va a estar bien y que sus padres seguirán disponibles, pero de forma distinta. Responda a las preguntas del niño con la verdad, teniendo en cuenta su capacidad de comprensión. “El papá y la mamá siempre te van a querer”, es una respuesta suficiente, siempre y cuando se actúe en consecuencia a esa aseveración.

4.- El progenitor que se va, debe ser sumamente consistente con el sistema de relación que tendrá con el hijo/hija. En este sentido, cumplir con lo que se dice, es vital, pues debe generar certeza  de presencia cuando la compromete. Asimismo, comprender que indefectiblemente la crianza diaria  es ejercida en la práctica por el otro progenitor, por cuanto debe flexibilizar puntos de vista, en tanto esto no redunde en un daño para el niño/niña.

En estas reducidas líneas, se expone lo medular a tener en consideración frente a la separación de una pareja, con hijos pequeños, digamos en edad escolar.  El terminar una relación  en ese contexto,  necesariamente debe hacer énfasis en el bienestar de los niños y que resulten lo menos dañados posibles por la pérdida de un referente tan importante como es la díada parental, bajo el mismo techo.

Así como nadie enseña a ser padres, nadie enseña a separarse.

Por último, si se nota afectación sostenida en los hijos, se sugiere consultar a un especialista, por cuanto el primer cambio que debe operar, es el de la propia mirada de los padres.

Yerko Strika.

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