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Roberto Bolaño: más allá del mito

por Tulio Mendoza Belio
Academia Chilena de la Lengua
Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción [2009]

Roberto Bolaño (1953-2003), qué duda cabe, se ha ido transformando, sobre todo a partir de su muerte, en un escritor cuya vida y obra, ha concitado el interés de especialistas y el entusiasmo de ávidos lectores en las más diversas latitudes. Sin embargo, también ha habido ecos disonantes en los cuales surgen el encono y el ninguneo de algunos. Con todo, Bolaño ya forma parte de la mitología literaria contemporánea. ¿Qué tiene el autor de Los detectives salvajes que es capaz de producir y suscitar tanta lectura incondicional y admiración como si se tratara de una estrella de rock?

Lo primero que habría que observar son sus lecturas: Macedonio Fernández, Borges, Arlt y Cortázar, entre otros, nos marcan ya una seria ruta de preferencias que, en el autor de Nocturno de Chile, se traducirán en el rigor del oficio y en la productiva imaginación que se puede apreciar en toda su obra. Hay que ir a buscar más allá del mito y su figura póstuma.

En uno de sus poemas, podemos leer: “Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones./ Sólo el amor y la memoria.” Bolaño se definía como “poeta y vago”, tal ironizando con el “poeta y mago” de Huidobro, lo que no es menor. Ya la palabra “poeta” lo involucra todo y en su caso particular con un claro sentido de videncia, en la línea de los poetas malditos como Rimbaud, Lautréamont, Verlaine o Baudelaire, en el canto de acción y la actitud de vida que implica reconocerse poeta y también y sobre todo, en la línea de la “poesía situada” que estableció Enrique Lihn, en la cual existe una estrecha relación y correspondencia entre literatura y vida, entre lo enunciado y el contexto de lo dicho. Fiebre, poesía, amor, memoria, son los elementos que provocan visiones.

Y “vago”, una suerte de “flâneur” (paseante, callejero, que vagabundea de un lugar a otro), el tipo literario de la Francia del siglo XIX, ese personaje que a partir de Baudelaire, Walter Benjamin descubrió como figura importante y de interés para muchos artistas y creadores. El poeta de Las flores del mal, lo describe así: “…, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida.” Y Susan Sontang, admiradora de Bolaño, en su ensayo Sobre la fotografía (1977), escribe: “El fotógrafo representa una versión armada del paseante solitario que explora, que acecha, que cruza el infierno urbano, el caminante voyerista que descubre la ciudad como un paisaje de extremos voluptuosos.”

Maestro en el gozo de observar, avezado en la empatía, el flâneur encuentra el mundo “pintoresco”. (pág. 55) Gracias a este carácter siempre en fuga y en observación, la obra de Bolaño posee un cruce de géneros y tiene esa tendencia que Ignacio Echevarría, editor responsable de sus escritos, denomina la “poética de la inconclusión”. Esa imposición externa de la realidad de lo no terminado (obra abandonada, diría Valéry), se transforma en Bolaño en una situación que lo beneficia y que hace dialogar y apreciar su obra como en una constante transformación que no termina, una obra abierta.

Paradojalmente, según la periodista argentina radicada en México, Mónica Maristain, Roberto Bolaño “era el tipo más sedentario del mundo”. Sin embargo, ese espíritu “flâneur” que lleva todo verdadero artista, tiene alcances denotativos y connotativos, lo cual hace que no siempre sea necesario el desplazamiento físico. La imaginación es viaje y regreso, invención y deseo, movimiento y creación de mundos, escritura y seducción. Un ejemplo de ello es, precisamente, el llamado “Archivo Bolaño, 1977-1993”, el cual se ha transformado en una exposición itinerante que, en palabras de su viuda y heredera, Carolina López, “documenta su cronología creativa e intenta reflejar su sistema de trabajo: a partir de una idea o de una noticia, luego las notas, una primera estructura o breve síntesis de la narración, el borrador en bruto, un segundo borrador y finalmente el mecanoscrito.”

Es increíble la cantidad infinita de proyectos en los que trabajó: exponemos aquel laboratorio, la cocina del escritor. El intento de Bolaño por crear un lector cómplice, está plenamente confirmado en sus cuentos y novelas, en sus poemas que tienen la impronta narrativa; en el carácter polífonico de su escritura, con guiños a la novela policial, al thriller, a la famosa “serie negra” francesa, a la figura del laberinto novelesco, al estilo “novela-río” [ciclo narrativo de varios tomos]. Y, evidentemente, a la literatura dentro de la literatura y a la intratextualidad. “El policía es el lector, que busca en vano ordenar esta novela endemoniada”, declara el autor de 2666, brillante obra póstuma que condensa magistralmente lo que acabamos de afirmar.

La conciencia del oficio y la voluntad de transformarse en escritor (algo que vuelve a emparentarlo con Rimbaud), queda de manifiesto en el siguiente apunte de unos de sus cuadernos (apreciemos que hay también una ética y una estética que tanta falta le hace a muchos creadores): “Este cuaderno sólo me ha servido para soltar la mano. Debo, voy a escribir por lo menos otros dos cuadernos de doscientas páginas cada uno, a ver si allí, desde allí salga algo que valga la pena, que no esté escrito ya y que respire amor, piedad y deseos de ser piel roja.” Esto de “piel roja” hace referencia a la cacería, a los llamados “premios búfalo”, acertada expresión acuñada por Bolaño para esos escritos camaleónicos especialmente diseñados para cuanto concurso pudiera presentarse y que, en suma, pudieran reportar una ayuda económica. Sin embargo, pienso además en esos “pieles rojas” de “El barco ebrio” de Rimbaud que toman prisioneros a los remolcadores y hacen que el viaje ya no sea del todo seguro: constatación, invitación, presagio y riesgo. Bolaño admiraba a Rimbaud y a Lautréamont y en una entrevista en el programa “La belleza de pensar”, afirma: “La poesía es un gesto, más que un acto, de adolescente, del adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es y que, generalmente, pierde.”

En otro de los cuadernos que forma parte de la exposición “Archivo Bolaño”, podemos apreciar la presencia del humor, del horror y del carácter experimental que tiene la curatoría de la muestra, en el sentido de mostrar los juegos de sentido que propone y genera la puesta en escena de diversos materiales de su creación y propiedad: recortes de diarios, manuscritos, objetos, textos intervenidos, fotografías, cartas, folletos, el discurso del Premio Rómulo Gallegos con notas al margen, materiales específicos sobre la escritura de Los detectives salvajes y 2666. Un ejemplo ilustrativo del humor es la conformación de este equipo de fútbol con escritores de sus afectos: “1. Macedonio Fernández, 2. Martín Dron, 3. Neruda, 4. Lezama, 5. Girondo, 6. Borges, 7. Paz, 8. E Cardenal, 9. Nicanor Parra, 10. Huidobro, 11. Vallejo. Entrenador: Rubén Darío. En la banca De Rokha, López Velarde, Enrique Lihn”.

Respecto del horror, recordemos las fotografías que son indicio, seña y guiño de que algo ha sucedido, denotación y connotación, otra vez, sugerencia, metáfora de un sentido mayor para nuestro tiempo, para nuestras geografías, para Latinoamérica.

En fin, la obra de Roberto Bolaño es todo un mundo por descubrir (todavía hay bastantes inéditos), una escritura que seduce porque ella misma tiene un entramado (una forma de ser), que es siempre aventura, viaje, descubrimiento y complicidad.

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1 Comentario en Roberto Bolaño: más allá del mito

  1. Usted, como Bolaño también tiene una beta afinada en torno al rigor y gran apego al oficio de escritor.
    gracias por su regalo, grande Bolaño… mas allá de todo mito

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