Quienes postulan al crecimiento económico sin restricción, sin respetar el Medio Ambiente... Desprecian la vida!!!.
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Un ciclo archi agotado.

René Fuentealba Prado.

El movimiento motejado como “revolución pingüina” impactó en serio a la sociedad toda hace ya varios años. Ver a miles y miles de jóvenes de uniforme volcados a las calles demandando una educación pública  de calidad, implicaba un fuerte tirón de orejas a una elite dirigente anquilosada y poco atenta a lo que sucedía en el Chile real. Las respuestas fueron muy parciales. Una década más tarde, liceos y universidades viven un proceso anárquico que se traduce en tomas sempiternas en las cuales ni sus organizadores saben con exactitud qué están pidiendo. ¿Se está ante un proceso que llega a su fin?

El pensamiento conservador desea con vehemencia que en una sociedad prevalezcan “las aguas calmas”. Todo lo que pueda alterar el orden establecido o siquiera cuestionarlo, es mirado con reticencia y calificado de nefasto, de peligroso. Al contrario, una visión más abierta reconoce que las sociedades son organismos vivos, que las bases en que se sustentan son siempre cuestionables, que el “orden vigente” otorga a ciertos sectores privilegios demasiado cuestionables y que las dialécticas sociales permiten avanzar a estadios de nivel superior en los planos de la equidad y la convivencia civilizadas.

Dos ejemplos notorios: la “revolución pingüina” y las concentraciones “No más AFP”.  Diez años los separan. Los jóvenes en una punta del espectro. Los adultos mayores (y quienes caminan implacablemente hacia la mayoridad) en el otro extremo. Agitar las aguas, posicionar ciertos problemas en el escenario público, presionar en pro de soluciones, son actitudes lógicas que buscan romper las inercias de castas políticas y económicas que se desenvuelven en un mundo ajeno a las vivencias y problemas reales de las personas y quieren convencer de que todo está bien.

“Revolución pingüina” y “No más AFP” viven etapas diversas en su evolución. Mientras los segundos recién comienzan su tarea y ven con sorpresa como todos los sabios, tecnócratas y políticos, de la noche a la mañana proponen ingentes e ingeniosas soluciones (que, al parecer, por pura humildad hasta ayer mantenían ocultas),  los jóvenes (algunos ya no tan jóvenes) ven agotarse su lucha con resultados poco plausibles.

¿Qué les pasó a los míticos “pingüinos?

Sin duda, fueron exitosos en situar sus preocupaciones en un lugar preferente de la agenda pública y social.

Sin duda, también, fracasaron en la consecución de sus objetivos primordiales.

El movimiento juvenil perdió paulatinamente el rumbo. Sus dirigentes (y quienes les sucedieron) creyeron que esta era una lucha perpetua de marchas, tomas y eslóganes. Toleraron que gente ajena ensuciara su trabajo y mostraron que carecían de la claridad suficiente para avanzar en el diálogo y entrar al terreno de las propuestas concretas. Este campo,  más silencioso y menos publicitario, implicaba pasar del llanto adolescente a la madurez. Como consecuencia, se fueron enajenando el apoyo y la comprensión de la ciudadanía y hasta de los propios padres y apoderados. Mezclaron exigencias específicas  como infraestructura (techos, pisos, baños, edificios) con las demandas sustanciales (defensa, desarrollo, calidad de la educación). Angustiados por la pérdida de liderazgo, los supervivientes optaron por el peor camino: la radicalización del proceso. En la sola comuna de Santiago, causaron (o toleraron que se causaran) daños por casi 2.200 millones de pesos. Reducidos a una mínima minoría, eligieron el camino de la fuerza, de la presión y del desconocimiento sistemático de las decisiones democráticas. Angustiados por la pérdida de sentido de su esfuerzo, optaron, como puntualizara el psicólogo Ricardo Capponi, por el recurso a las emociones más primitivas : la agresión y la simplificación, la ideología mesiánica que divide al  mundo entre  “buenos” y “malos”, entre “leales” y “traidores”, logrando que sus compañeros más racionales y equilibrados juzguen sus posiciones como vagas y simplotas que insultan la inteligencia.

Lamentablemente, esos mismos dirigentes pretenden luego transportar sus liderazgos transitorios de la educación media  a la Universidad.  Se apropian con audacia de cargos dirigenciales (si pierden elecciones crean coordinadoras paralelas), pretenden conducir en base a eslóganes grotescos (“en toma hasta el socialismo”), avanzan en violencia (agresión a guardia, destrucción de escudo, quema de vehículo en la U.de Concepción…)  y muestran su absoluta incompetencia para racionalizar y calendarizar demandas, para asumir su viabilidad y oportunidad. La verdadera calidad de la formación que reciben no es lo suyo. Semestres inconclusos, postergación o liberación de evaluaciones, materias “por pasadas”, en suma déficits notorios en su formación técnica y profesional no constituyen problemas que les desvelen.

Poco a poco, las autoridades (en su sentido más amplio) han ido mostrando que no se molestarán en establecer barreras de contención. Erróneamente consideran que enfrentar activamente los problemas, activará los conflictos y les generará impopularidad. Como acusa Capponi, no hay nada peor que los liderazgos autoritarios, salvo los liderazgos condescendientes. Precisamente, al parecer las comunidades estudiantiles silenciosas lo que reclaman son liderazgos positivos: capaces de acoger, de racionalizar, de conducir hacia objetivos que una inmensa mayoría comparte.

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