El Poder del dinero, no debe ni puede prevalecer ni estar por sobre la ética, los valores ni el bien común.
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UNA PARTIDA ANUNCIADA

Maroto

Desde Canadá.

A nadie debiera sorprender la partida de Mariana Aylwin y su grupo “Progresismo con Progreso” de la Democracia Cristiana; ella y sus amigos llevan ya meses, sino años, en una cruzada por inclinar al que hasta hace unos días era su partido, hacia la derecha política.

Este esfuerzo se hizo cada vez más evidente en la medida que la elección presidencial se tomaba la agenda nacional, exigiendo a los partidos y cada uno de sus militantes una definición en relación a qué plataforma programática y candidato apoyar. En este clima electoral, las posturas en temas económicos, sociales y valóricos de Mariana Aylwin y sus seguidores se distanciaron cada vez más de aquellas que la Democracia Cristiana asumía institucionalmente. Estas diferencias, cada vez más evidentes, fueron estratégicamente publicitadas por Mariana Aylwin, quien para ello contó con el más amplio respaldo de aquellos medios de comunicación manejados por los grandes grupos de poder económico.

Los partidos políticos debieran ser instituciones esencialmente democráticas, en cuyo seno debe fomentarse el debate ideológico y programático, ambos fundamentales para una sana convivencia interna. La promoción de este debate por las vías institucionales es una responsabilidad compartida entre quienes oficialmente dirigen un partido, sus líderes naturales y sus militantes. Todos quienes voluntariamente se afilian a una organización partidaria tienen el derecho a exponer responsablemente sus ideas y ser escuchados en un ambiente de democracia interna, tolerancia y respeto. La crítica constructiva, el intercambio de ideas y el disenso son elementos primordiales de los cuales se nutre la vida partidaria; la falta de ellos transformará inevitablemente una comunidad partidaria pensante en un club de borregos al servicio del cacique de turno. Sin embargo, este derecho a disentir va acompañado de una obligación; quienes con libertad optan por afiliarse y permanecer en un partido político deben respetar su   institucionalidad y los resultados que emanen de esta. La democracia intra-partidaria requiere de esta dualidad: libertad para opinar y disentir y el respeto a las decisiones partidarias tomadas por los conductos regulares. Quienes, habiendo participado del debate político intra-partidario, no estén dispuestos a respetar y cumplir con las decisiones que de él emanen, debieran repensar su pertenencia a un partido, ya sea porque requieren de una libertad que el régimen partidario restringe o porque deben buscar un nuevo horizonte partidario que los represente de mejor manera.

La partida de Mariana Aylwin y sus compañeros de aventura, es la manifestación del ejercicio de este derecho; no sintiéndose ya representados por el partido al que voluntariamente se habían afiliado, y probablemente preocupados por la decisión que el Tribunal de Disciplina partidaria pudiera tomar, deciden con libertad dejar de pertenecer a él.

Puede llamar la atención la oportunidad en que se hace uso de este derecho y el aprovechamiento comunicacional del mismo. Puede generar preocupación la magnitud que esta decisión tendrá en las filas de este partido; será sólo Mariana Aylwin y sus 30 seguidores, o veremos acaso un éxodo masivo de militantes demócrata cristianos supuestamente insatisfechos con la conducción partidaria y sus lineamientos políticos. Puede generar inquietud el impacto que esta decisión tenga en la Democracia Cristiana y en las definiciones políticas que este partido pueda tomar hacia el futuro. Sin embargo, esta decisión no debiera ni sorprendernos, ni causar escándalo.  Esta decisión, precedida por una serie de desavenencias políticas manifestadas interna y públicamente, es el resultado del ejercicio del derecho a pertenecer a una determinada orgánica partidaria. Ni más ni menos.

Siempre es lamentable la partida de militantes de un partido político y más aún cuando algunos de quienes parten han tenido un significativo nivel de influencia sobre sus bases; sin embargo, cuando esta partida es el resultado de un largo y mediático proceso de discernimiento y de una decisión voluntariamente tomada, probablemente beneficiará a quienes se van y quienes se quedan, a avanzar con mayor claridad y coherencia por el camino de la política.

Es de esperar que la Democracia Cristiana aproveche esta oportunidad para realizar un profundo proceso de reflexión interna, que le permita reencontrarse con la claridad de ideas y coherencia política tan necesaria en estos tiempos y recuperar aquellas prácticas políticas guiadas por el genuino interés en el servicio público y la cercanía con aquellos que históricamente fueron su electorado, los marginados y postergados en nuestro país.

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